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EL CAFÉ DE LAS ARTES España

Javier Alvarez

Rafael Alba / 07-10-2016
Cuentan las crónicas que en la década de los setenta, el público, ávido de nuevas sensaciones, abarrotaba los locales de cantautores, como el emblemático Libertad 8, que en estos días celebra su aniversario número cuarenta, con un impresionante ciclo de conciertos. Una cita a la que, por supuesto, no podía faltar Javier Alvarez.

En aquellos tiempos, en que los artistas de club cobraban un ‘fijo’ de 20.000 pesetas por noche (120 euros), los trovadores del desasosiego sentimental como el propio Alvarez se abrieron hueco en unas discográficas que vivían el momento más alto de su particular burbuja. Hasta que el gratis total de Internet se lo llevó todo por delante.

O casi, porque hubo quien supo seguir a flote agarrándose a un salvavidas de madera y cuerdas de nylon. Pero también hubo otros que, como Javier, decidieron volar lejos de las líneas estilísticas básicas que le habían permitido obtener su éxito inicial. Gente sin miedo al riesgo tan imprescindible que, probablemente no seamos capaces de merecernos nunca.

Mucho antes de que los cantautores ‘indies’, anglófilos, pastorales y virtuosos del Myspace, escondieran sus guitarras acústicas en los armarios para gozar de los placeres de la música electrónica, Alvarez ya había buscado inspiración por esos caminos procelosos. Pero en este mundo en el que todo se etiqueta, hay demasiadas cosas que no se entienden.

¿Fue aquello demasiado y llegó demasiado pronto? Ya saben, como el título, ¿autobiográfico?, que le pusieron a uno de sus discos más celebrados esos antecesores del punk neoyorquino que se llamaban The New York Dolls. Tal vez. Pero lo peor de todo es que, la escena madrileña dejó pasar una oportunidad de oro.

Por fortuna, Alvarez siguió, y sigue, por ahí, metido en cientos de proyectos, reconvertido en ‘bailaautor’ o reivindicando a Abba en conciertos llenos de luz. Ese es él, un tipo duro de verdad que no se rinde para pasmo de los ‘bienpensantes’ seguidores de la estricta obediencia purista al canon ‘cantautoril’ marcado por tipos adustos que empuñan una guitarra retrógrada.