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Europa en el mundo del G 20
Enrique Barón Crespo
A continuación reproducimos el texto íntegro de la conferencia impartida el pasado día 20 de junio por el exeuroparlamentario del PSOE, Enrique Barón Crespo, en el marco de la Biblioteca Palafoxiana, en el Estado de Puebla (México), invitado por de la Secretaría General Iberoamericana y el Gobierno del Estado de Puebla, en la que analiza la situación actual de Europa e Iberoamérica. Para Barón el G 20, grupo de países que concentra 2/3 de la población y el comercio mundial y un 90% del producto, se ha convertido en menos de 10 años en el “gran protagonista de la historia”…

Agradecer esta invitación tripartita de la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB), el Gobierno del Estado de Puebla y el Colegio de Puebla, eficazmente organizada por D. Miguel Hakim Simón para dictar esta conferencia sobre “Europa en el mundo del G 20” en el solemne marco de la Biblioteca Palafoxiana, Patrimonio de la Humanidad. Obra del obispo Juan Palafox y Mendoza, importante personaje en la Historia de la Nueva España al que incluí en un libro sobre la época entre Europa y América cuya redacción entretenía mis noches de hotel de eurodiputado. También Palafox recorrió tierras europeas como confesor de Ana de Austria, hermana de Felipe IV y madre de Luis XIV.

No es mi propósito platicar sobre historia, pero convendrán conmigo que estamos en un momento en que se cruzan muchos acontecimientos históricos: el bicentenario de la independencia de México, con tantos otros países en lo que fue la América Española, el primer proceso de emancipación política con valores modernos en la historia a escala de un continente al que he dedicado mi ensayo “Las Américas insurgentes”, con su paralelo acceso de España a la modernidad en la Constitución de Cádiz, vigente en estas tierras en las que participaron algunos de sus próceres, como José Miguel Guridi y Alcocer, que estudió en esta casa y fue presidente tanto de las Cortes de Cádiz como del Congreso Constituyente Mexicano o Lucas Alamán, con similar trayectoria,

Este mes se ha firmado la constitución de la Alianza del Pacífico como organización subregional americana y se acaba de celebrar la Cumbre del G 20 en Los Cabos. Precisamente, esta reunión es la mejor introducción para hablar del momento actual de Europa, de su crisis y de su salida.

Para introducir el tema, me permitirán que comience con un recuerdo-homenaje a un gran mexicano que acaba de dejarnos: Carlos Fuentes. Hace ahora casi 20 años, iniciamos un diálogo con motivo de la publicación de otro ensayo mío “Europa en el alba del milenio” cuyo prólogo le solicité. Desde entonces, cuando nos veíamos a ambos lados del charco, Carlos siempre me comentaba o preguntaba sobre la construcción europea. Permítanme resumir las tesis fundamentales de su visión de Europa: retomando un ejemplo de mi libro, comparaba nuestra construcción política con la de una catedral que “puede tardar” y recordaba la pérdida de la unidad romana (hace 2.000 años teníamos una Unión Europea política, económica y monetaria, ciudadanía incluida). Afirmaba el surgimiento del derecho internacional, precisamente en relación con América a partir del debate Sepúlveda-Las Casas para, acto seguido, mencionar el proyecto de comunidad hispánica del Conde de Aranda y preguntarse ¿podremos recuperar nuestro tiempo perdido con España mediante Europa y con Europa mediante España?

Su respuesta inmediata era que “la unidad de Europa, por todo ello, tiene una importancia capital para Latinoamérica”, tras vivir juntos el año admirable de 1989, que llevó precisamente al nacimiento de la Unión Europea. En el libro yo contaba precisamente como viví y participé en calidad de presidente del Parlamento Europeo el paso de la Comunidad a la Unión Europea desde la caída del muro de Berlín hasta el Tratado de Maastricht, concebida como una Unión Política, Económica y Monetaria fundamentada sobre la ciudadanía común y la moneda única. En paralelo, “en América Latina, la celebración de los triunfos de la democracia y prematuramente, de la economía de mercado”, con “el modelo supuestamente universal con que se nos ha encajonado en América latina”. En su argumentación llamaba la atención sobre el modelo europeo como economía social de mercado y su mayor eficacia y sobre el federalismo a partir del debate del Federalista en la creación de los Estados Unidos. Concluía con un mensaje cargado de actualidad: “federalismo europeo y federalismo latinoamericano, acaso, a partir de esta experiencia paralela, logremos reunirnos muy de acuerdo con Einstein, donde las líneas paralelas convergen…” Un colofón oportuno para los teóricos de la globalización actual, “las hermosas y proféticas palabras del Inca Garcilaso de la Vega:” Mundo solo hay uno”.

Permítanme detenerme en este punto porque si bien es cierto que la década perdida de América Latina no lo fue para la democratización, no es menos cierto que entonces la aplicación de la terapias del consenso de Washington a la crisis económica -los efectos tequila en México, tango en Argentina, los tigres del sudeste asiático- colocaron a su país y a gran parte del mundo en una aguda crisis.

Dos lecciones se pueden extraer de esta experiencia útiles para la situación actual: a pesar de su menor grado de integración, la gestión de la salida de la crisis financiera se hizo con un elevado grado de solidaridad e inteligencia como nos recuerda a los europeos con razón Enrique V. Iglesias que la vivió en directo; la segunda es que la humillación ante las imposiciones de las potencias capitalistas del G 7 generaron una sana reacción que en menos de 20 años ha llevado al G 20 actual. Los países afectados aprendieron la lección, sanearon sus finanzas y acumularon reservas de divisas incluido el euro además del dólar.

El G 20 es un Club que nació precisamente de las reuniones de los ministros de Hacienda y los banqueros centrales para tratar de la deuda. Pues bien, este foro de un grupo de países que concentra 2/3 de la población y el comercio mundial y un 90% del producto, se ha convertido en menos de 10 años en el gran protagonista de la historia

En el 20 Aniversario de la caída del muro de Berlín, el nuevo multilateralismo no es simplemente una apelación de moda. Basta un simple vistazo a la agenda de la Presidencia Mexicana en la cumbre de Los Cabos para comprenderlo: estabilidad económica y reformas estructurales para el crecimiento y el empleo, mejora de la arquitectura financiera internacional, promover la seguridad alimentaria y frenar la volatilidad de la materias primas, alentar el desarrollo sustentable (y sostenible) con impulso al crecimiento verde y enfrentar el cambio climático. Una agenda muy europea.

Tras la implosión de la URSS, el triunfo del capitalismo liberal como modelo incuestionable parecía asegurado, con los EEUU como potencia unipolar. Era, para algunos, el fin de la historia. Sin embargo, esta se ha acelerado espectacularmente con cambios geopolíticos de envergadura tectónica.

También para los europeos de la actual UE, que a mitad del siglo pasado representábamos el 25% de la población mundial y ahora somos apenas el 7%. Ciertamente, seguimos siendo la primera potencia comercial con un 20% del total, mantenemos en una relación equilibrada con el resto del mundo y hemos creado el euro, la segunda moneda de reserva en la que se hacen un 40 % de las emisiones de deuda. Nos consideramos un poder blando, “softpower” más próximo de Venus que del Marte de nuestros pasados imperialismos. Han desaparecido los mercados cautivos por la generalización en el dominio de las tecnologías productivas y de comunicación. El mayor productor de acero actual es indio y el de PCs, chino. La globalización es una realidad para bienes y servicios, que se negocia en el marco de la OMC en la inacabable Ronda de Doha. Es especialmente salvaje en el terreno financiero, como hemos tenido ocasión de sufrirlo en carne propia.

Tras los ataques del 11 S y los que siguieron en Madrid, Londres, Bali… que cambiaron la historia a comienzos de siglo, superado el frenesí pretoriano unilateral de la Aministración Bush Jr., en la que estalló la crisis, la propuesta de Obama de G 2 en Pekín mostró un nuevo estado de cosas: el deudor es el capitalista y el acreedor el comunista. En esta situación la pregunta básica es cómo se organizará la gobernanza mundial. El nuevo multilateralismo ¿será una Santa Alianza o actuará dentro de la lógica de las Naciones Unidas?

En sí, el G 20 no es un nuevo orden mundial, sino un exclusivo Club creado entre países autoconvocados por autoproclamarse como potencias necesarias para decidir sobre el destino del planeta a partir de su peso político, económico y demográfico. De modo fulgurante, ha desplazado al anterior club del G 7 de las democracias capitalistas desarrolladas occidentales. Su membresía es: en América los EEUU, Canadá, más tres países iberoamericanos (México, Brasil y Argentina); en Europa (Alemania, Francia, Reino Unido, Italia, la Comisión Europea y el presidente del Consejo Europeo); en Asia, además de Turquía, Japón, Corea del Sur y Arabia Saudita, retornan al primer plano de la escena India y China; por África se incorporan, Egipto y Sudáfrica; por Oceanía, Indonesia y Australia. España y Holanda asisten como invitadas. También participan organizaciones como el FMI, el Banco Mundial, el Consejo de Estabilidad Financiera, la OMC y la OIT, relevantes a la hora de definir y gestionar la agenda.
Hoy, algunos de los pacientes de la purga de los 90 están en el G 20, sin embargo, el G 20 no ha sido muy eficaz a la hora de prever y gestionar la crisis desencadenada en el corazón mismo del mundo capitalista desarrollado, el sistema financiero en EEUU. Reaccionó en las cumbres de emergencia de Washington, Londres y Pittsburgh, aunque cuando el peligro se aleja, parece relajarse la tensión.

Con todo, el G 20 no es un nuevo orden mundial sino un foro de discusión sin base jurídica constituyente ni medios propios. De hecho, los únicos instrumentos operativos de que dispone son las organizaciones especializadas como el FMI, el Banco Mundial o la OMC por lo que solo podrá afianzar su legitimidad en la medida en que se articule con el sistema de las Naciones Unidas. En sus resoluciones, que tienden a emular las del Consejo Europeo tanto por el número de participantes como por lo abstruso y genérico, lo concreto es asignar tareas a estas organizaciones

La limitación de este enfoque en relación a lo que puede representar la UE como proyecto de gobernanza regional con vocación global proviene de su misma esencia. Se parte de que cada uno de los miembros participa porque tiene su propia casa en orden y negocia con los demás para defender sus intereses, no en función de un interés común. Y como decía Jean Monnet, existe una diferencia abismal entre negociar entre partes y hacer frente a un problema en común.

Pasemos ahora a Europa y su crisis. Para introducir el tema, citaré de nuevo a Jean Monnet, el vendedor de coñac francés que con perseverancia coordinó la logística aliada en las dos guerras mundiales y fue el impulsor decisivo de la Declaración Schuman “Por una Federación Europea” de 1950. «Siempre pensé que Europa se haría entre crisis y que sería la suma de las soluciones que diéramos a estas crisis». Reflexiones utópicas entonces, hoy en día parte de nuestra vida cotidiana.

En cuanto a las crisis, permítanme una breve digresión etimológica “crisis” viene del verbo griego que significa decidir, por eso lo utilizamos para expresar mutaciones importantes en la vida del ser humano (crisis de pubertad, madurez, senectud). El ideograma chino para designar la crisis indica oportunidad en su parte superior y riesgo en la inferior. La cuestión es saber tomar decisiones a tiempo.

El dilema esencial de la Unión Europea hoy consiste en elegir entre romper la Unión monetaria o reforzarla con una mayor unión económica y fiscal. Optar por la segunda solución requiere avanzar en la Unión política, lo cual plantea la salida de la crisis como un desafío democrático. La historia enseña que no hay uniones monetarias duraderas si no se traducen en uniones políticas. También que la democracia, creada en la Atenas de hace dos mil quinientos años, es más actual que nunca, lo cual no conlleva pagar derechos de autor a sus descendientes por usar palabras griegas para debatir nuestra situación: economía, democracia crisis, y… ¡ caos ¡ Si forma parte de su identidad como pueblo el mensaje siempre actual contenido en el Elogio Fúnebre de Pericles a los caídos en la guerra del Peloponeso: “Tenemos un régimen político que no se propone como modelo las leyes de los vecinos, sino que más bien es él modelo para otros. Y su nombre, como las cosas dependen no de una minoría, sino de la mayoría es democracia”. Esta frase abría el texto de la Constitución europea aprobado por la Convención. Otra podría ser el lema del G 20 “A causa de su grandeza entran en nuestra ciudad toda clase de productos desde toda la tierra, y nos acontece que disfrutamos los bienes que aquí se producen para deleite propio, no menos que los bienes de los demás hombres”. También es actual la descripción que hacían los griegos clásicos del dinero: “tiene corazón de conejo y patas de liebre”.

Resulta un tanto ridículo pretender que una Unión de 27 estados y 500 millones de ciudadanos se vea abocada al desastre por la situación de un país de 11 millones de ciudadanos que supone el 2 % de su producto. Los griegos actuales acaban de ratificar su voluntad de ser miembros de la UE por abrumadora mayoría. El debate está en los esfuerzos que deben hacer para cumplir con sus compromisos. También los demás debemos contribuir, incluidos los Bancos alemanes, franceses u otros que han sacado jugosos y seguros réditos de invertir en su deuda.

Los datos fundamentales de la economía europea sobre endeudamiento y competitividad están entre los mejores del G 20. La prueba es que a pesar de los mercados, algunos Premios Nobel (con Robert Mundell y Thomas Sargent como defensores del Euro) y los medios al borde del ataque de nervios. El euro funciona y sigue sobrevaluado a pesar de su reciente baja. Gestionado, por cierto, por una institución federal, el Banco Central Europeo (BC), a la altura de las circunstancias en medio de tanta turbulencia. El debate entre dos ilustres miembros de su Consejo es ilustrativo de cómo salir de la crisis: el añorado itálico Tomasso Padoa Schioppa defendía la necesidad de la unión política para asegurar la solidez de la moneda única frente a lo cual el riguroso teutón Otmar Issing respondía que de acuerdo, pero que había que tirar para adelante sin ella. Ambos tenían razón.

En el fondo, el debate sobre la Federación europea se inició con la aventura comunitaria y está abierto desde Maastricht con el salto al Euro y la ciudadanía. Poner en común una moneda significa dar un paso cotidiano federativo fundamental concretado en la creación del Banco Central que entonces no se vio acompañado por un paso político paralelo. Ciertamente, el éxito de la Unión monetaria ayudó a comportamientos de cigarra en algunos países mientras los alemanes financiaban la reunificación y reestructuraban su industria como hormigas. El resultado es que son los primeros beneficiarios del mercado interior.

El caso de España es ilustrativo: un país que utilizó bien su plan Marshall europeo y cumplió regularmente con las condiciones del Pacto de Estabilidad hasta la crisis. Al mismo tiempo, aumentó su población de 40 a 47 millones de habitantes en apenas 7 años (2000/7), sobre todo por la inmigración extracomunitaria, construyendo tantas viviendas cada año como Alemania, Francia e Italia juntas por la espectacular bajada del precio del dinero, gracias precisamente a la Unión Monetaria que desplazó ahorro de Alemania a España. Proceso que llevó a un desmesurado endeudamiento privado, fomentado por el sistema financiero y en especial por algunas cajas de ahorro. El problema se planteó con el frenazo que supuso la crisis y la lógica pretensión de los inversores externos de recobrar su dinero.

La burbuja inmobiliaria no ha sido un fenómeno específicamente español. La han vivido en estos años Estados Unidos, Irlanda, Gran Bretaña y Francia. El problema ha sido su dimensión, probablemente solo superada en el G 20 por China con su acelerado y gigantesco proceso de urbanización. El problema de fondo de este tipo de procesos es que “cuando la construcción va, todo va”, como dicen los franceses. Hay actividad, grúas y edificios que surgen del suelo a la vez que se crea en la sociedad un clima de enriquecimiento colectivo con proyectos faraónicos de urbanizaciones y fraccionamientos para los promotores o la ilusión de hacer negocio para los adquirentes con solo contraer una hipoteca. Incluso la atracción de buenos sueldos multiplicó el abandono escolar de jóvenes que ahora vuelven a los estudios.

Por otra parte, la gestión de la crisis europea se ha caracterizado por la sistemática adopción de decisiones tardías en relación con los problemas, generando un continuo agravamiento de la misma. Las cosas iban tan bien que no parecía necesario reforzar la Unión Económica y menos aún debatir sobre la Unión Política, actitud de bloqueo compartida por los Estados miembros en el debate constitucional. Hubo oídos sordos a las advertencias de Jacques Delors, arquitecto del proceso, de que había que aplicar y desarrollar las normas establecidas en Maastricht. Cuando llegaron las vacas flacas, la cuestión de cómo repartir las cargas, es decir la solidaridad y la defensa del activo común, se empezaron a acumular los problemas.

La UE funciona sobre la base de unas instituciones que parecían eclipsadas por el método intergubernamental propugnado en la escena de la playa de Deauville en octubre de 2010. Resultó sorprendente la propuesta de la Canciller Merkel de introducir el método de la Unión como alternativo al comunitario, posición más comprensible en el caso del soberanista Presidente Sarkozy. Su esencia era aplicar la terapia de la austeridad para pagar los excesos pasados sobre todo entre los países llamados periféricos. Su razón era la penitencia del riesgo moral para los protestantes o del pecado mortal para los católicos, confesiones que se reparten la población alemana.

En la disyuntiva tratamiento de choque o terapia prolongada, el tratamiento fue optar por la vía ortopédica. Desde el comienzo de la crisis, esta terapia ha sido intensa con participación de las instituciones comunitarias: semestre europeo, con orientaciones presupuestarias comunes para los Estados miembros; pacto “euro plus” para reforzar la coordinación de sus políticas económicas; paquete de 6 leyes para asegurar un mayor nivel de vigilancia y coordinación y medidas de saneamiento de la banca, insuficientes en opinión de Gordon Brown. Sobre todo, la creación del Fondo de Estabilidad Financiera (FESF), utilizado en los rescates de Grecia, Irlanda y Portugal, cuya dotación se ha elevado a un billón de €. El próximo 1 julio entrará en vigor el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MES)

Tras muchas vicisitudes, se aprobó en diciembre de 2011 el Pacto fiscal como modificación del Tratado de Lisboa. El llamado Tratado de Estabilidad, coordinación y gobernanza en la Unión Económica y Monetaria fue firmado por 25 de los 27 Estados miembros, nació por tanto con el defecto congénito de no ser un Tratado comunitario al no hacerlo Gran Bretaña y la República Checa. En esencia, refuerza y actualiza reglas existentes desde Maastricht. Tiene el valor de suponer un propósito de la enmienda de los dos países que más contribuyeron a hacer saltar el anterior Tratado de estabilidad, Alemania y Francia.

La negociación del Pacto fiscal consistió en esencia en tratar de hacer compatible un Tratado intergubernamental con el marco comunitario existente. Situación parecida a la del viajero que se encuentra con que el enchufe de su computadora no es compatible en otro país. La negociación entre Gobiernos, Comisión y un activo Parlamento Europeo consiguió introducir criterios de crecimiento: reforzamiento del Eurogrupo e integración del pacto fiscal en el marco comunitario en el plazo de cinco años,

Con todo, la modificación más importante, sin duda, es fijar su entrada en vigor el próximo 1 de enero si 12 Estados de la zona euro lo han ratificado. Esto significa el fin de la unanimidad, es decir del veto que ha convertido la ratificación de los Tratados en rehén al albur de lo que decida el más reticente o remolón.

De hecho, equivale al paso que se dio en la ratificación de la Constitución de Estados Unidos, planteando su entrada en vigor si dos tercios de los Estados la ratificaban, proporción similar. La batalla la ganó el Federalista, la magnifica serie de artículos de Publius en el Estado de Nueva York. Su autor principal fue Alexander Hamilton. Después, como primer secretario del Tesoro con Washington puso en pie el sistema fiscal, asumió las deudas de guerra de las 13 colonias, creó y emitió bonos federales con interés más bajo, fundó el primer Banco federal y la Ceca para acuñar moneda y definió el dólar en 1792 sobre la base del “spanish milled dollar”, el peso español y más tarde mexicano que tuvieron curso legal en EE.UU. Hasta 1857. Existió, pues, una Unión monetaria EE.UU- México aunque la evolución de las respectivas deudas fue muy diferente: en el caso mexicano la deuda perpetua condicionó hasta 1880 al país, hasta el punto de que su pago fue motivo de la invasión por potencias europeas -Gran Bretaña, Francia y España- en una desgraciada aventura que había de rematar Napoleón III con el Imperio de Maximiliano.

Sin negar que la ortopedia más la cirugía podrían ser útiles a largo plazo, el problema actual que nos sitúa al borde del abismo es más bien el infarto circulatorio, que debe ser atacado prioritariamente para que el organismo sobreviva. Si las decisiones del Consejo Europeo duran sólo hasta la apertura al día siguiente de los mercados de capitales, es que el tratamiento no es lo suficientemente enérgico. Permítanme decirlo con la autorizada opinión de un paisano suyo, D. Guillermo Ortiz que gestionó la crisis mexicana de 1994/96. “En una crisis financiera, el objetivo central es evitar que un problema de percepción se convierta en un problema de liquidez y este, a su vez, en un problema de solvencia. La respuesta: “diseñar un programa que esté excedido tanto en las medidas de ajuste como en el financiamiento disponible” (Alejar el espectro de la intervención, El País, 8/6/12). Es mejor pasarse que quedarse corto.

El problema principal de la gestión de la crisis europea es precisamente el rezago y la timidez en tomar medidas. No basta con criticar la perversidad de las agencias de calificación, aves carroñeras que se alimentan de sus clientes, o quejarse de los mercados. Sobre todo, cuando los datos fundamentales de la economía europea son mejores en conjunto que los de nuestros socios y competidores.

El problema no es de solvencia, es de liquidez. La decisión del Consejo de que el Banco Central preste a los bancos a tres años para tratar de ayudar al sistema circulatorio es buena. Pero si ese dinero se pone a renta fija, los bancos no se prestan entre ellos y no circula el crédito, sangre de la economía, no hay recuperación posible.

Tenemos una Unión monetaria federal, necesitamos con urgencia una Unión bancaria y un salto federal en la Unión Política. En la Federación a medio hacer en Europa, hay voces como el ministro Schaüble que proponen el salto federal. Parece haber convencido a la canciller Merkel. El Consejo de Sabios alemán, citando a Hamilton, ha propuesto la mutualización de la deuda por encima del 60% en un fondo de amortización con condiciones. La Comisión está trabajando en la propuesta de eurobonos, así como el Parlamento Europeo. Algunos proponemos desde hace tiempo este instrumento como forma de cooperación reforzada y arma solidaria. Su creación permitiría que el pacto fiscal sea de verdad compacto, con un Tesoro europeo y tipos de interés razonables.

Estos temas no se resuelven solo a nivel europeo. Las grandes decisiones como la solidaridad, el freno a la deuda o el impuesto sobre transacciones financieras necesitan la ratificación de los Parlamentos nacionales. No son decisiones que puedan ni deban ser tomadas sin más por funcionarios, analistas o mercados de la noche a la mañana. Un elemento clave de la democracia es que no se pueden imponer gravámenes sin que los representantes elegidos del pueblo los aprueben. En la historia, la defensa de este principio, consagrado en la Atenas de Pericles, ha estado en el origen de grandes revoluciones. En la Europa actual tal regla de oro se debe aplicar también.

Tras las elecciones presidenciales francesas de mayo de este año, el diunvirato Merkel-Sarkozy pertenece a la Historia y ahora el debate impulsado por el presidente Hollande es austeridad más crecimiento.

Es de esperar que el próximo Consejo Europeo los días 28 y 29 de junio adopte medidas decisivas para sacar a Europa del atolladero. Una parte significativa de sus mismos ha participado en la cumbre del G 20 de Los Cabos y ha podido comprobar cómo la situación europea está en el centro de la atención.

Los Presidentes del Consejo Van Rompuy y de la Comisión Barroso, representaron a la UE y fijaron la posición europea en Carta del 25 de mayo pasado en relación con el orden del día propuesto por la Presidencia Mexicana, haciendo hincapié en la necesidad de hacer oír un mensaje firme y creíble sobre el crecimiento”, y “ un mayor compromiso y acción concretada por parte de todos los miembros del G 20”.

Además de la sintonía con la Presidencia Mexicana, especialmente por su protagonismo en un tema tan sensible para Europa como el cambio climático, cabe destacar como puntos fuertes: Una respuesta global a la deuda soberana, la salvaguardia de la estabilidad financiera con la voluntad de que Grecia permanezca en la zona euro, respetando sus compromisos , una política de crecimiento con fomento de inversiones en el mercado único con refuerzo del Banco Europeo de Inversiones (BEI) y los bonos de proyectos ( variante de los eurobonos), la lucha contra el desempleo juvenil, el mensaje a Estados Unidos y Japón para que apliquen planes a medio plazo de consolidación presupuestaria y la preocupación por el acantilado presupuestario norteamericano, (para que no se convierta en despeñadero), y a China para que establezca redes de seguridad social, reformas y liberalización del remimbi, el importante papel del comercio el fortalecimiento del FMI y el avance en la reforma de la regulación del sector financiero, así como garantizar la seguridad alimentaria en el mundo.

Las conclusiones más relevantes de la cumbre de la cumbre son su apuesta por el crecimiento y el apoyo al libre comercio, que son afirmaciones de principios compartidos por todos y que para no quedarse en meras proclamas deben verse contrastadas por la práctica. En efecto, los firmantes de esta declaración son responsables de un 80% de medidas proteccionistas, la Ronda de Doha sigue pendiente de cerrarse y la cumbre de Rio +2 no se anuncia con buenas perspectivas. Más concretos y precisos son tanto el aumento de recursos del FMI en 450 mil millones de dólares como el llamamiento a la Unión Europea para que supere su crisis, con especial énfasis en el caso de España.

Permítanme, para concluir volver a la profética definición del Inca Garcilaso de la Vega tras vivir en los dos hemisferios: “Mundo solo hay uno”. Ahora está más de moda “la aldea global” de Mc Luhan. Lo que estamos haciendo los europeos con la construcción de la Unión “no es ni más (ni menos) que un estadio intermedio hacia un gobierno mundial” como afirmó Monnet. ¿Es aventurado preguntarse si plataformas como el G 20 son nuevos escalones en este noble camino?
 
2012-06-29
 
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