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18 de noviembre de 2005

"Si hubiera más mujeres gobernantes, habría menos guerras en el mundo"
Americaeconomica.com / 17-07-2017
Bandera de Nicaragua

Bandera de Nicaragua

Después de 10 años de guerra civil, en 1990 Nicaragua afrontó una complicada transición hacia la democracia de la mano de la presidenta doña Violeta de Chamorro. Su ministro de la Presidencia y yerno, Antonio Lacayo, acaba de publicar un libro en el que relata esa apasionante etapa de la reciente historia nicaragüense. Lacayo destaca la figura de doña Violeta y los retos internos y externos a los que tuvo que enfrentarse un Gobierno de concertación, que no pertenecía a ningún partido político y que tuvo que afrontar lo que nuestro protagonista denomina una “triple transición”. Lacayo está convencido de que si hubiera más mujeres al frente de los gobiernos, habría menos guerras en el mundo.

- Antes que nada enhorabuena por su libro, que presentó recientemente con mucho éxito. ¿Cuál fue su objetivo cuando lo escribió?

- Son varios objetivos a la vez. Partiendo en primer lugar del deseo de rendir cuentas de mi gestión como ministro de la Presidencia del Gobierno de doña Violeta Chamorro del año 90 al 95. Considero que en una democracia, todo funcionario público en cargo de alta responsabilidad sería bueno que rindiera cuentas de su gestión ante el pueblo porque un funcionario público es un servidor de los electores, del pueblo, como lo es el dirigente de una empresa con respecto a los accionistas de la misma. En este caso el pueblo es el dueño de la democracia del país, de Nicaragua. Yo estuve en una posición de mucho relieve durante esos años, cuando gobernó Nicaragua doña Violeta Chamorro, la madre de mi esposa, y me pareció importante dejar consignado cómo encontramos el país, en 1990 después de diez años de guerra, con un manejo centralizado de la economía, después de 50 años de dictaduras de derecha e izquierda y me pareció importante dejar reflejados también los retos con que nos enfrentamos, lo que nos impusimos hacer, los escasos recursos de que dispusimos en aquellos años, los aliados que tuvimos en ese proceso, los adversarios, las dificultades objetivas, tanto en el ámbito interno como internacional, en el campo político, en el económico, en el campo de lo que podríamos llamar el fin de la guerra... y dejar consignado cómo entregamos el país al siguiente presidente democráticamente electo en 1997. Es decir, una perfecta rendición de cuentas. También me motivó a escribir el libro el hecho de querer dejar constancia para la historia las horrorosas consecuencias de una guerra civil. El libro no describe la guerra, pero sí relata las consecuencias de la posguerra con que nosotros nos encontramos a raíz de asumir el poder en abril de 1990, es decir, no sólo las vidas perdidas en esos años, sino la cantidad inmensa de lisiados de guerra, los daños en la infraestructura, la economía por el suelo, el endeudamiento externo por habitante al nivel más alto del mundo, la fibra social desgarrada, la polarización... todo lo cual significó para Nicaragua un costo tan inmenso que espero el libro sirva para que en el futuro los nicaragüenses nunca, nunca, nunca volvamos a creer que un enfrentamiento armado entre nosotros puede llevar a algo bueno. En tercer lugar me pareció importante rendir un homenaje a doña Violeta de Chamorro y a su equipo de gobierno. Es decir, relatar lo que podía llamar yo la forma tan especial en que ella dirigió este país, apoyada en un equipo de hombres y mujeres que junto con ella compartíamos esos ideales de construir la democracia en Nicaragua, lograr la paz, darle las oportunidades de desarrollo al país y dejar ese legado para la historia. Y en cuarto y último lugar, me motivó mucho ofrecer algunas reflexiones sobre las transiciones. Considero que cada vez que hablamos de cambio en el mundo, de pasar de un sistema a otro, de gobierno o de modelo económico, estamos hablando de una transición. Y en este sentido, las transiciones pueden ser muy suaves o muy traumáticas y después de ver y vivir la nuestra, en la que nos tocó transitar simultáneamente a lo largo de una triple transición, es decir, de la guerra a la paz, del totalitarismo a la democracia y de la economía estatal a una economía de libre mercado, en el caso nuestro creo que aprendimos, muchas veces por las duras, algunas reflexiones que pueden servir para futuras transiciones que inevitablemente vendrán en nuestro continente; Cuba es evidente que en algún momento tendrá que enfrentar una y quizá este libro sirva para que el costo de esas transiciones futuras sea menor. Si eso se lograra yo me sentiría muy contento porque sin lugar a dudas a lo largo del libro se reflejan cosas buenas que se hicieron en esos años que facilitaron la transición y errores que se cometieron en el ámbito nacional, que cometimos también los del Gobierno, que dificultaron la transición. Y quien lo lea podrá sacar de ahí algunas cosas que hay que garantizar en toda transición y otras que hay que procurar evitar.
Entonces fue una mezcla de todo eso lo que me hizo llegar a la conclusión de que había que escribir y después de cinco años de trabajo, aquí está libro.

- De esos años de gobierno, ¿cuáles fueron los momentos más difíciles?

- Lo más difícil fueron aquellos momentos en los que parecía que hablábamos no con ciudadanos con los cuales uno puede discrepar o no, sino con seres de otro planeta, es decir, cuando llegábamos a la conclusión de que nuestros argumentos y nuestros puntos de vista no tenían absolutamente nada que ver a veces con los de la oposición, el Frente Sandinista, a veces con los de nuestros mismos aliados, los partidos de la UNO en la Asamblea Legislativa que en algunas ocasiones pasaron a ser oposición abierta a nuestro Gobierno, algunas veces también tuvimos dificultades con el Gobierno de EEUU que a los dos años de que asumiéramos el poder cortó el flujo de ayuda económica a nuestro país. En algunos momentos también tuvimos problemas con los organismos financieros internacionales, el Fondo Monetario (FMI), el Banco Mundial, a los que les costó muchísimo entender que nosotros cabalmente estábamos en una transición muy parecida a la de los países de la Europa del este y que nos tenían que ver con ojos, diríamos, de la Europa del este y no con ojos de América Latina para poder comprender que nuestro proceso de ajuste económico tenía que ir por camino un tanto no ortodoxos, en cuanto a las políticas del FMI. Entonces, en muchas ocasiones con los diálogos con estas fuerzas políticas o económicas o con rearmados que volvieron a tomar las armas después de uno o dos años de paz, tanto por parte de la Contra, es decir de la resistencia nicaragüense, como de los retirados del Ejército y del Ministerio del Interior, no encontrábamos puntos de consenso, elementos de unión y eran quizás los momentos más desesperantes. En alguna de esas ocasiones, en el orden interno incluso se llegó al uso de la violencia por parte de los rearmados contra nosotros, a veces los sindicatos del Frente Sandinista también usaron la violencia contra el Gobierno, contra la población, trancando las calles con barricadas inmensas que paralizaron la actividad dos-tres días seguidos en todo el país..., pero bueno creo que cabalmente esos momentos son típicos de las transiciones porque toma tiempo para distintos sectores de la sociedad que no hay más alternativa que navegar en el mismo barco para poder llegar a algún destino que en el fondo tiene que beneficiar a todos. Y las transiciones son así.

- ¿Y de lo que se siente más orgulloso de aquella época?

- Creo que todos los que trabajamos con doña Violeta de Chamorro en su gobierno sentimos un profundo orgullo primero por haber contribuido al establecimiento de la democracia en nuestro país después de 170 años de vida como nación independiente, desde 1821 que nos independizamos de España, en que nunca habíamos logrado vivir en democracia, nunca. Siempre tuvimos gobiernos producto de la violencia, de los golpes de Estado, de las intervenciones extranjeras, de las revoluciones o de las contrarrevoluciones, dictaduras de izquierdas, dictaduras de derechas, de vez en cuando algún periodo de presidentes elegidos, según se decía antiguamente, en el siglo XIX, “democráticamente” pero únicamente votaban los ciudadanos que tenían un determinado patrimonio, era una elite muy pequeña, razón por la cual era una democracia muy sui generis , pero incluso esas “democracias” duraron muy poco tiempo. No es sino a partir de 1990, a raíz de la elección de doña Violeta de Chamorro, cuando Nicaragua incursiona en la democracia, y hoy tenemos 15 años de estar en ese régimen, con muchas imperfecciones, con mucho por hacer por delante, pero al fin y al cabo somos una democracia. Y lo otro que nos llena de mucho orgullo a los que trabajamos en ese Gobierno es que estuvimos en él con el concepto de servidores públicos, muchos de nosotros no militábamos en ningún partido político en aquella época, doña Violeta misma nunca militó en ninguno, por lo que definitivamente pudimos darnos –diría yo- el lujo de gobernar por encima de intereses de partido. Lo que quiero decir es que gobernábamos únicamente guiados por el interés de la nación y creo que eso fue fundamental para que los ciudadanos comprendieran que aquel Gobierno en medio de aquellas infinitas dificultades económicas, sociales, internacionales y hasta derivadas de la guerra, era lo mejor que se podía aspirar a tener. Porque era un gobierno que no era una amenaza para nadie.

- Don Antonio, ¿eso explica las repetidas y calurosas ovaciones que recibió doña Violeta en el acto de presentación de su libro? A mi me impresionó mucho ver a toda la gente puesta en pie aplaudiendo a la ex presidenta, personas de muy distintas ideologías y todos le rindieron un homenaje espontáneo y muy cálido.

- Mira, en las últimas encuestas de opinión, en los últimos años, doña Violeta aparece con una aceptación popular que alcanza el 82% (y eso que salió del Gobierno hace ocho años). Eso no lo tiene ningún gobernante, ni ningún ex gobernante en América Latina y creo que ni en todo el continente americano. Nunca jamás un ex gobernante ha llegado a un 82% de aprobación popular. Obviamente ella es considerada en Nicaragua pues prácticamente, diría yo, como la madre de la democracia –y tú lo pudiste apreciar el día de la presentación del libro- porque ella paró la guerra, logró traer la democracia a este país y logró iniciar un proceso económico que hoy nos permite estar mejor que ayer y con más posibilidades de desarrollo. Doña Violeta pasará a la historia de Nicaragua, sin duda alguna y como lo señaló el doctor Ernesto Fernández Holmann, el presidente del grupo financiero Uno que patrocina mi libro, como la mejor presidenta (y presidente, por supuesto) del siglo XX. Y ojalá tuviéramos más como ella en el siglo XXI, pero será un reto inmenso para los próximos presidentes el emular o el superar a doña Violeta.

- Ya nos ha contado antes de lo que más se sintieron orgullosos durante ese Gobierno, ¿y qué es lo que más lamenta de aquella época?

- Yo ciertamente lo que más lamento es que no hayamos podido asegurar las condiciones políticas para continuar la transición. Es decir, nosotros gobernamos siempre por el centro pero no pudimos convertir nuestro gobierno en una fuerza política que le diera continuación al centro como opción política electoral. Después de nuestra administración, las fuerzas políticas tradicionales se fueron agrupando por la izquierda, alrededor del Frente Sandinista, que tuvo sus divisiones internas durante nuestro gobierno y terminó quedando en su seno con la gente que en aquel tiempo llamaron los “ortodoxos”, la línea más dura, anquilosada, aún diríamos añorante de la Unión Soviética, de aquellos sistemas de la China antes del 79 y cosas de esas; y los partidos que apoyaron a doña Violeta para llegar al poder fueron aglutinándose alrededor de un partido liberal (mal llamado liberal, que había sido el partido de Somoza, de la dictadura somocista) que fue cerrando filas en torno al alcalde de Managua, el doctor Arnoldo Alemán, que ofrecía una opción de derecha un poco cavernaria, estilo siglo XIX, incapaz de comprender que ya estábamos en otra época y que lo que había que ofrecer era la continuación y la consolidación de la transición. Yo, en lo personal, me retiré del Gobierno en 1995 para conformar una fuerza política nueva que tomó el nombre de “Proyecto Nacional” y que comenzó a unir a gente proveniente de la derecha, de la izquierda, de sectores de la contrarrevolución, de retirados del propio Ejército sandinista..., una mezcla muy abierta, muy amplia, de ciudadanos que se identificaban con el estilo de gobierno de doña Violeta y quisimos ofrecer una tercera opción electoral de centro, pero no pudimos en buena medida porque era casi incompatible hacer una buena labor de gobierno y a la vez convertirnos en una fuerza política porque así generábamos más rechazo por parte de estas opciones de derecha e izquierda duras y eso me obligó a mí a no retirarme del Gobierno muy temprano, porque hubiera dañado al mismo Gobierno, lo dejé para muy al final, pero al final ya era quizás un poco tarde y además de eso, estos partidos, mayoritarios en la Asamblea Legislativa, pasaron unos cambios constitucionales que impedían a parientes del presidente (hasta de segundo grado, como era mi caso) a postularse a la Presidencia del país. ¿De quién fue la culpa de todo aquello? Pues la historia lo tendrá que ver a la vuelta de más años, pero el hecho está que no pudimos, como nación, darle una continuidad a la transición y siento que a raíz de la toma de posición del doctor Alemán en enero de 1997 la transición entró en lo que inglés llaman “call on hold”, cuando uno dice, deja esa llamada y toma otra. Y ahí está, el teléfono haciendo la señal de que ahí está esa llamada pendiente de ser retomada, así visualizo yo la transición democrática en mi país: quedó retenida en el 97, cinco años perdidos por una derecha que nunca comprendió lo que era la democracia ni asumió su obligación de continuar el proceso democrático y se dedicó a la corrupción. Y luego tres años y medio que llevamos de un gobierno, presidido por el ingeniero Bolaños, que trata en buena medida quizá a retomar la transición, pero su propio partido, el Partido Liberal de Arnoldo Alemán, le impide avanzar porque desde el primer día le quitó el apoyo y el presidente Bolaños no ha gobernado con apoyos ni de su partido ni de la oposición, aunque a veces ha contado con el apoyo de la oposición. Razón por la cual en estos tres años y medio poco se ha podido avanzar por otras consideraciones. Yo espero que del proceso electoral de noviembre del año que viene salgan electos tanto un presidente de la República, como una mayoría de diputados de la Asamblea Nacional, que retomen esta transición democrática y la quieran continuar. Hay una buena oportunidad para que eso sea así, pero también corremos el riesgo de que estas fuerzas de derecha corrupta y de izquierda anquilosada sigan dominando el país. Estamos entonces abocados a una especie de encrucijada en la que o Nicaragua a raíz de las elecciones de 2006 retoma la transición o sigue estancada en una política que no debería ser ya parte de la modernidad del siglo XXI en el que estamos.

- ¿No cree usted que las profundas divisiones internas del Frente Sandinista y del PLC sumadas a los numerosos cambios constitucionales provocan buena parte de la inestabilidad de Nicaragua?

- En buena medida lo que sucede es que al negarse estos partidos tradicionales a asumir una democracia interna en su seno, al negarse a elegir sus candidatos por medio de elecciones primarias, ya sea a presidente, a diputado o a alcalde, lo que han hecho es dañar a la democracia del país. Es decir, estas fuerzas políticas, si ellas mismas no abrazan la democracia como la mejor forma de avanzar, resultan incapaces de darle democracia al país. Lo que ha sucedido es que en el seno de cada uno de estos partidos han surgido personalidades con una mentalidad más fresca, más moderna, más comprometida con los conceptos democráticos que no encuentran la posibilidad de progresar dentro de ellos. Entonces, estos políticos terminan siendo expulsados de estos partidos, como ha sido Herty Lewites en el Frente Sandinista y Eduardo Montealegre en el Partido Liberal, ambos candidatos cuentan con una extraordinaria aceptación popular y que los cabecillas de sus partidos, es decir Daniel Ortega y Arnoldo Alemán, respectivamente, se encargan de expulsar por temor a perder el liderazgo, diríamos, ‘caudillesco' que tienen en el interior de sus propios partidos. Esto genera inestabilidad, no hay duda, pero quizá ese es el precio que tenga que pagar el país para ver si estos elementos de modernización en ambas fuerzas políticas acaban por dominar a los elementos tradicionales. De tal suerte que en las próximas elecciones de 2006 pareciera que vamos a estar ante cuatro opciones electorales: dos de izquierda y dos un poco más de derecha, pero en cada sector, una más interesada en el futuro que en el pasado y otra más tradicional, más anquilosada. Si eso fuera así, veremos si el pueblo de Nicaragua se inclina por las opciones modernas o por las tradicionales.

- Y qué nos puede decir de la Constitución, si se cambian casi continuamente los cimientos constitucionales, pues el edificio no acaba de consolidarse, ¿no? Esto a mí me recuerda al convulso siglo XIX en España, cuando se alumbraron demasiadas constituciones...

- Cuando comento que la democracia en Nicaragua se inicia realmente en 1990, lo que estoy diciendo es que posiblemente a efectos democráticos estamos como estaba España en el siglo XIX. Estamos apenas comenzado a caminar en este sentido. Antiguamente, cada dictador se hacía su propia constitución a la medida, el Frente Sandinista, que triunfa en una revolución en 1979, deroga la Constitución somocista que existía en aquel momento y se tardan seis o siete años en elaborar una nueva Carta Magna, la de 1987, que no tienen ningún consenso porque responde únicamente a la voluntad del partido en el Gobierno, el Frente Sandinista. Cuando los partidos de tendencia antisandinista o, por decirlo de otra manera, las fuerzas democráticas se unen en 1990 para enfrentarse en unas elecciones al sandinismo prometen al pueblo hacer una nueva constitución, o introducir profundos cambios en la existente para adecuarla al sistema democrático. Qué sucede, que lamentablemente estos partidos que como dije antes llegaron a oponerse al Gobierno nuestro, al de doña Violeta de Chamorro, promovieron reformas constitucionales en 1995 que, en vez de estar respaldadas por un amplio consenso nacional que hubiera sido lo deseable y que era lo que doña Violeta y su Gobierno proponían, en cierta forma repitieron la modalidad del 87, es decir, sin consenso. Pero como la Asamblea Legislativa es la encargada de hacer las leyes, pues hizo una reforma que a ellos les pareció adecuada aunque ni al Poder Judicial, ni al Ejecutivo, ni al Electoral, ni a amplios sectores de la sociedad civil les pareciera bien. En el año 2000 se vuelve a reformar la Constitución, con Arnoldo Alemán en el poder, y en el año 2005 se intenta volver a reformar. Es decir que cada cinco años se han hecho reformas constitucionales, todas ellas caracterizadas por no contar con el suficiente consenso nacional. El resultado es que ahora tenemos una Constitución muy parcheada y verdaderamente absurda a efectos de posibilitar una administración pública fluida, ágil y clara, hasta el punto de que no sabemos si el que manda en este país es el presidente de la República o es la Asamblea Nacional. Porque hemos caído en una suerte de mezcla entre presidencialismo y parlamentarismo que no es ni una cosa ni la otra. Creo que en algún momento habrá que enderezar el timón hacia el sistema presidencialista, que es el que predomina en América Latina, obviamente con los contrapesos que los demás poderes del Estado tienen que ejercer, pero sin negar el liderazgo del poder del presidente de la República en un sistema presidencialista que, hoy por hoy, se lo han quitado. Se lo quitaron las reformas de 1995, de 2000 y de 2005.

- Volviendo a la figura de doña Violeta, ella se expresa de una forma muy especial. Por ejemplo en la presentación de su libro la ex presidenta escribe: “La lectura de este libro (...) trajo a mi memoria la satisfacción de haber servido a Nicaragua con amor”. Eso no lo dice ningún mandatario masculino ni de América, ni de Europa ni de Asia, ¿usted considera que si hubiera más gobernantes mujeres habría menos guerras en el mundo?

- Sin ningún lugar a dudas. Yo soy un absoluto convencido de que una de las mayores torpezas de la humanidad hasta ahora es subyugar a las mujeres y negarles la igualdad con que fuimos creados por Dios y negarles un lugar en la conducción de los asuntos públicos. Me alegra infinitamente que en la última parte del siglo XX en Europa, EEUU y en capas altas de América Latina ya la mujer tenga una cierta igualdad con el varón. Me preocupa que en algunas regiones del mundo aún consideren a la mujer como un ser diferente y definitivamente inferior al varón. Y además de la igualdad, estoy absolutamente convencido de que la mujer tiene una forma de actuar, de pensar, reaccionar y decidir que en muchos aspectos está más inclinada a la búsqueda de la convivencia, la tolerancia que la que predomina entre los varones. Nosotros los hombres somos mucho más dados a la confrontación...

- A la imposición...

- A la imposición, al uso de la fuerza, aunque un gobierno sin renunciar jamás al derecho soberano del Estado de usar la fuerza en determinadas condiciones, no debe ser la norma para gobernar, la norma debe ser el diálogo, la búsqueda de la concertación, la búsqueda del consenso y yo que trabajé para un Gobierno presidido por una mujer que fui su jefe de campaña (electoral) además y que incorporé al Gabinete a muchas mujeres, siempre vi con admiración como en muchas reuniones la participación de estas compañeras de Gabinete –ya no digamos la de la propia presidenta- actuaba como bálsamo entre los hombres. Llegábamos a ver el problema de una forma más humana, y la verdad es que aquí en Nicaragua nunca se había logrado por los hombres, adornados con trajes militares, con sables a la derecha, pistolas a la izquierda, o lo que fuera, con guardaespaldas..., dictadores, hombres fuertes, como se les llamó, lo que nunca habíamos logrado que es la democracia, lo logramos con una mujer. Y no será muy fácil que regrese otra mujer al poder, aunque ya hemos tenido mujeres al frente de la Corte Suprema de Justicia, de la Asamblea Legislativa, del Consejo Supremo Electoral, de la Policía Nacional, etc.; algo que sucede en pocos pueblos del mundo. Nos falta quizá una jefa del Ejército, aunque tal vez lo que nos sobra es el Ejército, ya no hace falta en esta época, quizá. Pero en Nicaragua sí hay esa particularidad positiva de que la mujer ya ha estado en cargos importantes.

- D. Antonio, y ¿qué les decimos a los lectores de Americaeconomica.com que no residan en Nicaragua y quieran leer su libro? ¿Hay prevista alguna edición internacional?

- La transición creo que es un fenómeno que hay que estudiarlo más. Y el libro espero contribuya al conocimiento de las particularidades, de los riesgos, de lo que está en juego en las transiciones. Por ahora el libro se imprimió con fines de venderlo en Nicaragua, pero sí tengo particular interés en presentarlo en los primeros meses de 2006 en Madrid, Washington, San José de Costa Rica, quizás en México, Miami y nuestros vecinos al norte de San Salvador, Honduras..., pero no tengo en este momento conocimiento de cómo la casa editorial que me dio su apoyo piensa venderlo en el extranjero. Creo que de momento no está claro para ellos que el libro pueda tener una proyección internacional; veremos primero qué dicen los lectores en Nicaragua y los lectores extranjeros residentes en el país o algunas personas foráneas que lo han logrado conseguir; si su criterio es que esto puede ser de utilidad afuera, obviamente habrá que buscar una forma de ponerlo a disposición de ese público interesado en estos temas tan trascendentales como son la búsqueda de una sociedad y de unos regímenes que funcionen mejor en función de los pueblos.