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Adiós a Machinea
Por
Alejandro Pairone
(Buenos Aires)
Dicen los que saben: "El rincón más caliente del
Infierno del Dante está reservado para quienes esperan al último
minuto para definirse". Dicen los que creen:"A los tibios los escupe
Dios". Para presentar su renuncia el pasado viernes 9, el ex ministro
argentino de Economía José Luis Machinea atravesó a pie la Plaza
de Mayo bajo un infernal mediodía porteño de 36 grados de temperatura.
Su caída no produjo la conmoción que vaticinaban los diarios.
Indiferente a los vaivenes climáticos subtropicales,
la economía de Argentina es nada más, y nada menos, que el campo
de batalla donde se disputa una guerra por la distribución de la
renta. En esta contienda, los bandos en pugna enhebran alianzas,
sitian ciudadelas, toman rehenes, ajustician disidentes e indecisos;
se esfuerzan, en síntesis, para mantener jaqueado al rey en un eterno
ajedrez cuyo tablero se extiende por miles de kilómetros al extremo
sur de América Latina.
Desde diciembre de 1999, Machinea tuvo como misión
lograr una tregua en ese conflicto. Pero no lo logró.
Durante 14 meses, encabezó la gestión económica
de un gobierno que se decía progresista, pero que jamás pudo demostrarlo
al carecer del poder suficiente como para imponer la Política por
encima de la Economía. Nació con el pecado original tatuado en el
pecho, adolescente como estaba de herramientas y de políticas que
le permitiesen mediar en el conflicto y, encima, imponer un proyecto.
¿Cuál era la raíz del conflicto que debía conducir
Machinea?
Argentina tiene una deuda externa que supera la mitad de su PBI,
un sistema impositivo asentado en el consumo y no en la renta, que
se suma a una altísima evasión, un nivel de exportaciones que apenas
alcanza al 9% del PBI y una inversión extranjera productiva que
no supera el 5%. El sistema local se basa en la Convertibilidad
de la moneda, que iguala por ley el peso con el dólar, prohibe la
emisión e impide la devaluación, y que, en realidad, trasladó la
política monetaria a la Reserva Federal estadounidense.
Como si fuera poco, la producción local lleva tres
años incesantes de una recesión que pocos se atreven a llamar depresión.
Desde 1995 la desocupación no baja del 15% y el empleo informal
otro tanto, mientras que datos oficiales admiten la existencia de
más de 12 millones de pobres en una población de 35 millones de
habitantes. El 75% de los ocupados gana menos 700 dólares mensuales.
Con estos y otros elementos en contra, Machinea
debía mediar en la disputa por la distribución de la renta, más
no entre el capital y el trabajo como indica la más elemental de
las lógicas. No. Aquí, en la Argentina, la contienda enfrenta a
los concentrados Grupos Económicos Locales, asentados en la producción
para el mercado interno y en las exportaciones primarias, contra
los acreedores externos, la banca local y las empresas de servicios
públicos privatizados.
En apretada síntesis, los primeros pugnan por el
abandono de la Convertibilidad seguido de una devaluación controlada
para optimizar la rentabilidad de sus exportaciones y maximizar
la rentabilidad de sus activos financieros dolarizados en el exterior.
Los segundos buscan la dolarización para evitar
riesgos cambiarios y resguardar el valor de sus activos en empresas
de servicios; unos activos estimados en 120.000 millones de dólares
por el Ministerio de Economía argentino. También garantiza un seguro
de cambio y de renta a los bancos globales que captan fondos en
el exterior y los colocan a tipos de interés más altos en
el mercado local. Los devaluadores avalan el Mercado Común del Sur
(Mercosur) y principalmente defienden una alianza con Brasil, frente
a las presiones de una integración con EEUU en la Asociación de
Libre Comercio de América (ALCA), impulsada por los dolarizadores.
Para los servicios públicos privatizados, con un
alto componente de insumos importados, que venden en el mercado
local y transfieren beneficios a las casas matrices, la dolarización
garantiza una favorable ecuación coste-beneficio. Por el contrario,
afecta los intereses exportadores de baja productividad y valor
añadido.
Imposibilitado de satisfacer o domesticar a ambas
partes, Machinea se recostó sobre los Grupos L ocales hasta llegar
a incorporarlos a su Gabinete, al tiempo que concedía fabulosos
negocios al sector financiero (como la privatización del sistema
de pensiones), otorgaba aumentos en las tarifas de los servicios
públicos y profundizaba el ajuste fiscal para garantizar el pago
de los intereses de la deuda externa, que aseguró con un rescate
financiero diseñado por el FMI.
Pero entregaba aspirinas cuando lo que en realidad
le exigían era una cirugía. Le pedían devaluación y ofrecía Convertibilidad.
Le pedían dolarización y ofrecía Convertibilidad. No satisfacía
a nadie. Con el "riesgo país" en ascenso, el déficit fiscal incontrolable
y los tipos de interés por las nubes, Machinea ya sabía de dónde
vendría la carga. Y tal vez por ello prestó atención cuando un banquero
amigo le advirtió que las cabezas del sistema financiero velaban
las armas para la embestida final en su contra. Era el miércoles
7 de marzo.
Dos días más tarde, el viernes, el Infierno del
Dante se había enseñorado con Buenos Aires y el calor superaba,
aplastante, los 36 grados. En sus últimos minutos como ministro,
debió acometer dos tareas indeseables: caminar doscientos metros
bajo el sol del mediodía porteño con el traje puesto y dirigirse
hacia la Casa de Gobierno para renunciar. Ese mismo día la Bolsa
subió ocho puntos y el "riesgo país" cayó un 30%.
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