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Viernes, 16 de marzo de 2000

Golpe de Estado sin militares

Por Alejandro Pairone
(Buenos Aires)

Dicen que el 12 de octubre de 1492 el grumete de la Santa María capitaneada por Cristóbal Colón no podía con su euforia cuando grito: "¡Tierra !". En la playa, imagino, hombres y mujeres que no suponían su devenir gritaron:"¡Barcos !". Irreconciliable visión de las cosas.

Ambos estaban en lo cierto, pero sus interpretaciones fueron luego equívocas. Colón creía haber llegado a las Indias y murió años más tarde con esa certeza. Los naturales del lugar creyeron estar frente a dioses del trueno aunque, a diferencia de su conquistador, sí tuvieron tiempo de advertir su error. Un mismo hecho y dos interpretaciones producto de dos realidades disímiles.

Pasaron algo más de 508 años, pero algunas cosas no cambian. Y es razonable que así sea. Los sucesos cotidianos que ocurren al sur del Río Bravo pueden resultar incomprensibles para un ciudadano medio de Madrid, París o Amsterdam. Son, por el contrario, asimilables para un habitante de Lima, México, La Habana o Buenos Aires. Se trata de otra realidad, otra idiosincracia, otros padeceres, otra historia. Otro mundo.

España y gran parte de América Latina comparten un idioma, pero no todas sus palabras significan lo mismo, aunque se refieran a algo parecido. Democracia es una de ellas y la Argentina demuestra que no hay sinonimia.

Por lo general, en Europa el contrato social entre un Gobierno y la sociedad civil resulta irrenunciable, al menos en sus puntos básicos. Nadie podría imaginar jamás que luego de triunfar en los comicios, el jefe de Gobierno, José María Aznar, entregara la política de su gestión a Julio Anguita. Ni que, años atrás, Felipe González hubiera hecho lo propio con Aznar. En la Argentina no es tan así.

El presidente Fernando de la Rúa llegó al Gobierno encabezando una coalición entre la liberal Unión Cívica Radical (UCR) y el socialdemócrata Frente del País Solidario (Frepaso), en lo que se llamó Alianza por el Trabajo, la Educación y la Justicia. Catorce meses más tarde, de la Rúa sigue siendo presidente, al menos en los hechos, y la Alianza gobernante ha mutado hacia una coalición de derecha sin que mediaran elecciones.

¿Qué ocurrió en el medio? Un golpe de Estado sin militares. De la Rúa quedó preso del conflicto existente en el interior del Poder Económico que disputan los Grupos Económicos Locales (que pujan por una devaluación) y el sector financiero y los acreedores externos (que quieren la dolarización).

Hace 20 días el sector fiananciero ganó una batalla e impuso a uno de los suyos, Ricardo López Murphy, como efímero ministro de Economía. Su primer anuncio, pocos días más tarde, fue un ajuste fiscal de 2.000 millones de dólares, la mitad de los cuales se recortaban de la educación pública. Eso hizo estallar el Gabinete y abandonaron el Gobierno todos los funcionarios del Frepaso y de la llamada "ala progresista" de la UCR. Luego todo fue caos. Las centrales obreras llamaron a la huelga general y la gente atosigaba las radios con protestas. Durante una semana los ministros asumían y renunciaban en cuestión de horas.

La calma asomó cuando un debilitado De la Rúa despidió a López Murphy y anunció la designación de Domingo Cavallo como ministro de Economía, gestión que ya había encabezado durante la administración Menem. Su primer mensaje público fue exigirle al Parlamento que le delegara "poderes especiales" para sancionar leyes sin su intervención. El Gabinete se completó a medias, sin la participación del Frepaso y con la ausencia del "ala progresista" de la UCR.

Funcionario de todas las dictaduras militares de la Argentina desde 1966, Cavallo no logra acceder al Gobierno por la puerta de las urnas, aunque sí por las ventanas vestido de bombero para apagar incendios en cuya ignición tuvo autoría. El Poder Económico lo impone como mediador cada vez que el conflicto entre sus facciones carece de salidas y sólo promete tierra arrasada.

En las elecciones presidenciales de 1999, la Alianza UCR-Frepaso obtuvo más del 50% de los votos, en tanto que Cavallo salió tercero, con el 8%. Luego intentó acceder al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires pero sacó menos de un tecio de los sufragios. Conclusión: los argentinos no lo votan. Pese a ello, hoy aparece como el centro de gravedad de un Gobierno cuyo presidente es, apenas, un retrato colgado en las paredes de las oficinas públicas.

Los militares ya no son una herramienta para los golpes de Estado; ahora se utilizan elementos más sutiles, más poderosos. Tanto, que cambian el contenido de las palabras: habrá que ver qué significa el término Democracia. Por lo pronto, en la Argentina hay quienes gritan: "¡Tierra!" y quienes gritan: "¡Barcos!".

 

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