| Martes,
21 de agosto de 2001
Argentina puede y debe salir de la crisis Por
Guillermo de la Dehesa* El
Plan de Convertibilidad de 1991 que permitió a Argentina salir de una tasa de
inflación del 3.000% y de una situación social y económica realmente caótica para
adentrarse en un periodo de alto crecimiento, elevada productividad y baja inflación,
se ha convertido en un corsé con efectos muy negativos para la competitividad
de su economía productiva. A
pesar de que los costes laborales, ajustados por la productividad, han caído un
45% en este largo periodo de éxito, la fortaleza del dólar, que se ha apreciado
un 27% respecto del euro, desde 1999, y la depreciación del real brasileño en
cerca de un 60% respecto del dólar han dificultado la capacidad de exportar y
competir de la economía argentina. Aunque
el Plan de Convertibilidad ayudó a Argentina a soslayar el "efecto tequila" bastante
mejor que otros países de la región, la crisis asiática y su efecto de contagio
a otros continentes como el latinoamericano, unido a la perdida de competitividad,
terminó por llevar a Argentina a una recesión de la que aún no ha salido. Dicha
prolongada recesión ha puesto en evidencia la capacidad de pago de su deuda que,
a consecuencia del aumento del "riesgo país", se acerca ya al 50% del PIB y ha
llevado a los mercados a retirarle su confianza y a que no disponga de mas crédito.
Se ha pasado,
por circunstancias, en buena parte externas, de un periodo de círculo virtuoso
a otro de círculo vicioso. El Plan de Convertibilidad permitió a Argentina ganarse
la credibilidad de los mercados y de sus ciudadanos y por tanto, crecer desde
entonces un 230% en dólares, pero más tarde, al cambiar las condiciones externas,
ha introducido a Argentina en un periodo de recesión que dura ya tres años. El
dilema actual consiste, primero, en cómo ganar competitividad sin perder credibilidad,
es decir, en cómo volver al círculo virtuoso sin devaluar o abandonar la convertibilidad
y, segundo, en cómo asegurar el pago de la deuda para recuperar la confianza,
reducir el riesgo país y volver a crecer. El primero es un problema más estructural
y el segundo más cíclico, pero ambos están estrechamente interrelacionados. Las
alternativas convencionales, es decir, la devaluación o dejar de pagar la deuda,
son mucho peores que cualquier otra. Devaluar supondría, de un lado, una dolarización
de hecho (y luego de derecho) de la economía, lo que supondría un corsé todavía
más duro que el actual sistema en el que el euro y el dólar componen la cesta
al 50%, de otro, una caída del peso de proporciones insospechadas que llevaría
consigo un empobrecimiento de los argentinos, a través de una enorme caída de
sus salarios reales y, finalmente, una probable quiebra de las empresas, familias
y administraciones públicas que, en su mayor parte, están endeudadas en dólares,
lo que provocaría a su vez una crisis bancaria. Es decir, traería consigo, irremediablemente,
tener también que dejar de pagar la deuda. Esta segunda opción (sin devaluación)
sería también especialmente negativa para los propios argentinos que detentan
mas del 60% del total de la deuda pública, en la que tienen invertidos
mayoritariamente sus ahorros y sus pensiones.
Ante este dilema, las medidas ya tomadas por el Gobierno argentino intentan abordar
ambos problemas de una forma racional con opciones alternativas de resultados
similares pero sin efectos traumáticos, aunque hay que reconocer que se ha actuado
muy tarde, cuando la economía se encontraba ya al borde del precipicio. Situación
esta que parece ser la única posible para conseguir un consenso político en Argentina.
El problema de
la competitividad de las empresas se ha paliado, por un lado, a través de un aumento
de los aranceles sobre los bienes finales de consumo y de una reducción de los
aranceles sobre los productos intermedios, especialmente bienes de equipo, por
otro lado, pagando una subvención a las exportaciones e imponiendo una tasa a
las importaciones en función del tipo de cambio euro/dólar del momento en que
se produce la transacción y finalmente, introduciendo en el Plan de Convertibilidad
al euro con el mismo peso porcentual que el dólar, cuando ambos lleguen a la paridad.
El problema del
pago del servicio de la deuda se ha aminorado, por un lado, retrasando pagos durante
cinco años, a cambio de mayores tipos, a través del llamado "mega canje" de deuda
y posteriormente, de otro de letras, para ganar tiempo e intentar crecer entre
tanto y tener mayor capacidad de pago y, finalmente, introduciendo otro nuevo
plan de convertibilidad, esta vez fiscal, a través de la "ley del déficit cero",
mediante la cual el sector público sólo podrá gastar lo que consiga recaudar trimestralmente,
teniendo prioridad absoluta el pago de la deuda sobre el resto del gasto público.
De momento, esta
regla ha supuesto, para el tercer trimestre, una reducción de los salarios y pensiones
del sector publico del 13% (salvo para las pensiones menores de 500 pesos mensuales),
pero si la recaudación es menor de la esperada, como ya ha ocurrido en julio,
la reducción porcentual será lógicamente mayor. El decreto inicial del déficit
cero, al igual que la convertibilidad en su día, se ha convalidado como ley en
ambas cámaras legislativas para darle mayor fuerza legal y de cumplimiento. Dicha
regla va a suponer gastar, en lo que queda de año, 3.000 millones de pesos menos
de lo previsto actualmente y otros 4.500 millones de pesos menos de lo estimado
en el 2002. Los mercados han acogido muy favorablemente estas medidas, especialmente
esta última, pero todavía no se fían del todo y se mantienen a la espera de que
realmente se cumpla, dada su transcendencia política. El
FMI y los principales países de la OCDE, especialmente EEUU, España y el Reino
Unido, han apoyado firmemente el déficit cero y están a la espera de que se empiece
a cumplir, para aportar más ayuda, si es necesaria. Finalmente, buena parte de
los argentinos (el 64% según una encuesta reciente) que trabajan en el sector
privado están muy a favor de estas medidas y de mantener la convertibilidad porque
son ellos los que, en estos últimos años, han estado ajustando sus salarios o
ingresando en las filas de los parados, mientras que el sector público seguía
aumentando su gasto, que ya alcanza el 29% del PIB, y los salarios de sus empleados,
cuyo número excede ya los dos millones, aumentando el diferencial de los salarios
públicos sobre los privados. A
pesar de apoyar las medidas, la incertidumbre de su tramitación e implantación
ha hecho que se den retiradas intermitentes de depósitos bancarios por un 12%
del total. El principal problema está ahora en poder aguantar algún ataque especulativo
mientras se empieza a aplicar el déficit cero y se reinicia el proceso de recuperación
de la confianza internacional en la economía y la política argentinas. En
los mercados financieros siempre se dan ataques que, de triunfar, pueden aportar
importantes ganancias a los especuladores a costa del banco central del país atacado.
Si el ataque inicial muestra debilidad por parte de las autoridades monetarias
nacionales, será apoyado inmediatamente por otros inversores y será muy difícil
de atajar. Este
problema plantea otro dilema importante, a corto plazo, para las autoridades económicas
argentinas. Aunque está claro que Argentina no necesita financiación en lo que
queda de año y no tiene vencimientos importantes en los meses siguientes, sí necesita
acumular unas reservas suficientes en el banco central para poder repeler cualquier
ataque contra el peso. Para ello necesita que bien los organismos financieros
internacionales o algunos países de la OCDE adelanten fondos ahora con cargo a
una futura ayuda, nueva o ya prometida. Si éstos esperan un par de meses para
ver cómo se aplica el déficit cero y, mientras tanto, se da un fuerte ataque especulativo
contra el peso, ponen en peligro el déficit cero y la salida de la crisis. De
ahí que dichos organismos y países deben ser conscientes de este peligro y actuar
cuanto antes sabiendo que los 1.200 millones de dólares del FMI pueden no ser
suficientes. Si no lo hacen, el riesgo de una crisis con su correspondiente contagio
en el resto de Latinoamérica y otras regiones tendrá como resultado el que todos
salgamos perdiendo, menos los especuladores. En un momento, además, muy delicado
en el que la economía mundial está en plena desaceleración. En
definitiva, está en manos del Gobierno argentino y del programa de déficit cero
el aprovechar esta oportunidad de volver a ganar la confianza de los mercados,
nacional e internacional, pero también necesita, a corto plazo, un apoyo financiero
temporal de los organismos internacionales o de algunos países de la OCDE para
asegurar que lo consigue.
* Presidente
del Center for Economic Policy Research (CEPR).
RGT
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