| Viernes,
7 de septiembre de 2001 AMERICA
TAMBIEN EXISTE A
por la globalización de la fabada Por
Ander Estrada (México DF) Había
regresado del veraneo español (a pesar de Iberia) saboreando aún los boquerones
fritos, la paella de mi suegra y la fabada de mi madre. Para los españoles que
tenemos la suerte de vivir este continente olvidado es un orgasmo culinario (gastronómico,
lo digo por si los giros americanos del castellano dan lugar a malentendidos)
recuperar los sabores de esa España nuestra, aunque algunos Partidos Políticos
se empeñen en hacerla suya. Ni
el timo de Gescartera, ni el éxito de Paulina Rubio, ni el extraordinario Milingo,
ni los programas del corazón de presentadores culeros (aquí no hay giro que valga)
lograron privarme del placer de degustar los manjares ibéricos. No quisiera parecerme
a esos tertulianos de radio que cobran por dar recetas en antena, pero esta introducción
me viene muy bien para plantear lo diferente que se ven las cosas en este espacio
común al que llaman Iberoamérica. A
este lado del Atlántico un veraneo como el mío es un insulto. En Guatemala se
ha decretado el estado de calamidad nacional y 41 personas, entre ellas 12 niños,
han muerto de hambre. En Nicaragua han perdido la vida 15 por la misma causa.
El hambre se ha convertido también en azote bíblico en El Salvador y Honduras.
Según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación) 1,6 millones
de personas tienen necesidad urgente de alimentos en Centroamérica. La situación
es lamentable y esta llegando al límite. Señale con una "X" al culpable:
1. - Terremotos,
huracanes y sequia. 2.
- Clase política corrupta a la que se otorgan fondos de cooperación. 3.
- Betty la Fea. 4.
- No quiere saber, no quiere contestar. Lo
más triste de todo es que los obreros de la información no conseguimos que la
hambruna en Centroamérica sea noticia. Eso si, el día que a una exitosa presentadora
se le ocurra hacer un telemaratón sobre esta desgracia humana para subir
audiencia podremos ver las imágenes más desgarradoras. Pero esa repentina solidaridad
es tan efímera como falsa. No sé cuál es la solución, soy periodista, creo. Doctores
tiene la Iglesia. Tampoco pretendo, sufridos lectores, que se sientan culpables.
Tan sólo
les llamo la atención sobre una realidad que a menudo se oculta y deforma, que
se extiende como una mancha de petróleo en el mar, que se ignora en Cumbres Iberoamericanas
y que se manipula políticamente en función de intereses económicos de grandes
corporaciones internacionales. Yo, personalmente, sí me siento un poco
culpable. Ojalá la paella de mi suegra y la fabada de mi madre fueran globalizables.
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