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Jueves, 30 de noviembre de 2001

 

AMERICA TAMBIEN EXISTE

LA DAMA DE CUZCO

Por Ander Estrada
(México DF)

 

El Capitán Alonso de Molina, lugarteniente de Pizarro, había llegado al Imperio Inca con la espada en una mano y la cruz en la otra. Curtido en mil batallas nunca pensó que de conquistador pasaría a conquistado. Y mucho menos llegó a pensar que su cuerpo de león y su fortaleza de espíritu caerían a los pies de una cortesana, hija de un curaca (gobernador). Su amor fue tan secreto como apasionado y por eso nunca fue relatado por los cronistas de la época. Tan sólo algún wayno (canto popular inca) puso melodía a esta historia que hoy quiero contarles.

Los protagonistas de nuestra historia cruzaron por primera vez sus miradas en un festín organizado por un potentado hijo de Sopay (dios maligno) que contaba con la gracia del Emperador y buscaba ganarse la confianza de los recién llegados desde tierras tan lejanas. Entre risas, bromas y cánticos el Capitán Alonso de Molina quedó hechizado con los ojos verdes de aquella mujer que como inmensas piedras de jade iluminaban el salón del palacio. Ella quedó atrapada por la voz del aventurero que salía de su boca con la fuerza de un trueno y la dulzura de una granadilla (granada dulce). Esa misma noche, sin solución de continuidad, ambos unieron sus cuerpos en una orgía de amor desenfrenado, luchando contra el tiempo para evitar que volviera a amanecer.

Alonso de Molina desatendía sus responsabilidades como militar conquistador, dejó de ser el voluntario de siempre para las hazañas más peligrosas y acomodó su vida en tierra Inca a la única necesidad que su cuerpo reclamaba: la pasión. Sus compañeros de armas insistían en increparle por su actitud.

- Alonso, ¿ cuando ha sido vuestra merced gallo de una sola gallina?

-Dejadme en paz, hermanos, he encontrado en ella lo que vosotros nunca encontrareis entre las piernas de esas inocentes cholas (indias) a las que cada noche cubrís por unas cuentas de vidrio.

- Sabe Dios, querido Alonso, que quien habla no sois vos, el mejor de entre nosotros, tus palabras son producto de un embrujo.

-Es posible, hermanos, pero ¿ qué es el amor sino un embrujo del corazón que nunca se podrá explicar con la mente o razón cartesiana?

-Que Dios te guíe Alonso de Molina, pero no olvides que viniste aquí a llevarte riquezas y no a entregar las que tienes en tu corazón...Y algún día habrás de marcharte sin riquezas y sin corazón.

Mientras, la joven cortesana, huía de sus quehaceres diarios para encontrase con su amado. A escondidas, entre la penumbra de apartados bohíos (cabañas) se entregaba sin restricciones al barbudo conquistador que había convertido en frágil conejo de Indias. Sus amigas querían saber:

-¿Qué te hace sentir, es verdad que su miembro es como el de un Dios?

-No preguntéis, amigas mías, solo os diré que cuando entra en mi toda su fuerza se convierte en un placer divino que nunca había conocido ni podido imaginar.

-Pero sabes que no puede ser, él se irá y tu...tienes a tu amado aquí, en tu tierra, como debe ser

- Lo sé, y eso multiplica mi amor por él...ni yo misma lo entiendo, pero así lo siento.

Y así ocurrió. Alonso de Molina hubo de partir hacia tierras lejanas pero siempre llevo en su mente aquellos ojos de jade, aquellos pequeños pechos coronados por pezones de choclo (maíz), aquel intenso olor a dulce sudor que brotaba de sus rincones más íntimos. Dice el wayno (canto popular) que Alonso de Molina partió en una carabela, permaneció en la popa hasta que la bruma difumino la tierra de su amada ante sus ojos, y que de ellos brotaron lágrimas que nadie pudo ver porque se perdían en la frondosidad de su barba.

Así se canta este amor por costa, sierra y cordilleras. Así lo escuche y así se lo he contado. Fue el encuentro apasionado de dos mundos. Los más viejos, los del color de la tierra, me dicen que Alonso de Molina y la joven cortesana volvieron a encontrarse. Pero eso es otra historia.

Nota: cualquier parecido con la realidad no es mera casualidad.

 

Edita Asesores de Publicaciones S.L.