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Viernes,
4 de enero de 2002
Argentina: del
default económico
al colapso económico y social
Por
Norma Domínguez*
(Buenos Aires)
Cinco
presidentes en menos de dos semanas son parte del resultado de una
crisis social, política y económica sin precedentes en una Argentina
que acaba de declarar la mayor suspensión de pagos de la deuda pública
de la historia.
Cuando
el 19 de diciembre el presidente Fernando de la Rúa anunció, pasadas
las 22:30 horas, que implantaba el estado de sitio, sin dar ninguna
señal política que contuviera el desasosiego popular frente al hambre,
la inseguridad y el vacío de poder, fue el principio del fin. La
clase media porteña comenzó a movilizarse pacífica y espontáneamente
y, cacerolas en mano, copó las calles rumbo al Congreso, la quinta
presidencial de Olivos, la vivienda del recién renunciado ministro
Cavallo y la histórica Plaza de Mayo. Luego vino la violencia y
el caos institucional: De la Rúa abandonó la Casa Rosada en helicóptero
y por la terraza, otorgándole a la ya difícil situación un toque
de dramatismo extra y plagado de detalles inesperados, como la renuncia
de tres párrafos escrita de puño y letra y su salida de la casa
de gobierno de la misma forma que durante el golpe de estado del
24 de marzo de 1976 lo hizo la entonces presidenta Isabel Perón.
Difícil
es entender cómo se llega del sueño del "gobierno progresista" que
representó en 1999 la Alianza (una sociedad entre la centenaria
Unión Cívica Radical y el partido centroizquierdista Frepaso) a
la pesadilla de un país devastado por una violencia inusitada que
hasta ahora lleva capitalizados 29 muertos, cientos de heridos y
más de 4.000 detenidos por la policía, tras los desordenados 740
días de gobierno delaruista. En ese período, la Alianza oficialista
cayó en desgracia cuando el frepasista Carlos Álvarez renunció a
la vicepresidencia; hubo tres de ministros de Economía, empezando
por José Luis Machinea, siguiendo por Ricardo López Murphy (quien
apenas anunció su plan de ajuste al gasto público fue desplazado
de su cargo por el propio radicalismo), hasta llegar a Cavallo,
padre de la política monetaria de "convertibilidad" creada durante
la era menemista, quien agotó nueve meses de gestión al tiempo que
la deuda pública y la desocupación crecían a índices inéditos.
Con
su partido dividido y en soledad (excepto por la poco feliz influencia
de su hijo "Antoñito", conocido en Colombia por ser el novio
de Shakira, y sus amigos íntimos), los desaciertos y la ingobernabilidad
llevaron a los argentinos a apoyar en las elecciones parlamentarias
del 14 de octubre a la oposición justicialista (el partido fundado
por Juan Perón), que logra la mayoría en ambas cámaras. Descontento
general, huelgas nacionales, bloqueos de rutas y caminos y el fenómeno
de los "saqueos" (como se llaman en Argentina a los asaltos a comercios
protagonizados por turbas enardecidas), fueron, más o menos en ese
orden, la evolución del conflictivo contexto social en que se tomaron
las diferentes medidas de política económica destinadas a sostener
una ya insostenible Ley de Convertibilidad (el currency board
argentino, con paridad de un peso = un dólar estadounidense) y no
admitir un default que técnicamente resultaba innegable frente
a un riego país que ya había superado los 5.000 puntos y que crecía
día a día.
Tras
los sucesivos manotazos de ahogado que fueron el "blindaje" (un
salvataje financiero obtenido del FMI por más de 40 mil millones
de dólares para garantizar el cumplimiento de los compromisos de
deuda, en la primera mitad del 2001, cuando el mundo aún temía un
"efecto tango" que arrastraría a todos los emergentes), y el "megacanje"
unos meses más tarde (enmienda del anterior, una vez consumido el
blindaje por una feroz recesión económica de cuatro años, que implicaba
canjear títulos para posponer sus cancelaciones, en algunos casos
por hasta treinta años), al llegar la primavera sin crédito externo
por las altas primas de riesgo con que los mercados internacionales
calificaban a la Argentina, el imaginativo ministro Cavallo se vio
obligado al último recurso para salvar al Estado del colapso financiero:
la estricta ley de "Déficit Cero", que imponía a la administración
pública la necesidad de cerrar sus cuentas sólo con los ingresos
tributarios del Estado. A un país con un desmesurado gasto público,
se le imponía abruptamente un esquema de tiempos de guerra, "eliminando"
el déficit fiscal por ley.
Después
de que el FMI, en medio de un ruidoso debate del que participaron
el secretario del Tesoro norteamericano, Paul O´Neill, los miembros
europeos del organismo y los economistas académicos del mundo, decidiera
no ampliar el plan de salvataje a un país que, persistentemente,
incumplió todos los compromisos asumidos desde el mencionado "blindaje"
en adelante, amén de tener dos defaults en su historial (algo
que Colombia nunca hizo, ni siquiera en los tiempos más críticos),
el temor a la devaluación monetaria posterior al anunciadísimo default
llevó a miles y miles de argentinos a retirar sus ahorros de los
bancos en los últimos días de noviembre. El 30 de noviembre salieron
del sistema bancario, rumbo a Uruguay, EEUU o las cajas de seguridad
de los ahorristas, alrededor de 4.000 millones de dólares. Entonces,
para detener la corrida bancaria que amenazaba con llevar a la quiebra
a la mayor parte de los bancos que operan en Argentina, la emergencia
obligó al dúo gobernante De la Rúa-Cavallo a tomar la medida más
impopular de la que se tenga memoria: la bancarización forzada de
la economía, inmovilizando los depósitos bancarios, prohibiendo
las transferencias al exterior, imponiendo el uso de cheques y tarjetas
de crédito a la totalidad de la población (cuando en Argentina,
como en toda Latinoamérica, existe una vasta economía informal que
no esta preparada para ello) y limitando el retiro de efectivo de
los bancos a 250 dólares (278 euros) por semana. Un popular periodista
denominó a esta encerrona del dinero dentro de los bancos como "el
corralito", en referencia al espacio en que los adultos ponen a
sus bebes que aún no caminan; una palabra que llegó para quedarse
en el diccionario de los argentinos.
Esto
tocó el corazón de la clase media argentina. Sucedió entonces la
renuncia de Cavallo y con ella el fin de la convertibilidad, la
tan temida y casi segura devaluación y la caída de De la Rúa. ¿Qué
le espera ahora a la Argentina del "default anunciado" y el ahorro
enjaulado, en el corto y mediano plazo? Al cierre de esta nota (y
vale la pena aclararlo teniendo en cuenta los ritmos vertiginosos
que se viven en el país del tango) el nuevo y flamante gobierno
conducido por Eduardo Duhalde, ex candidato presidencial por el
Partido Justicialista en la elección del 99, debate cómo sacar del
estancamiento y la crisis al país, al tiempo que promete una vuelta
al modelo populista.
Desde
la agonía de Cavallo, se vienen sucediendo a la par de los fugaces
Presidentes las propuestas de "pesificación" (convertir por ley
a pesos las deudas en dólares que contrajeron millones y millones
de argentinos durante la convertibilidad, los que irían a la quiebra
de producirse la segura devaluación del peso), "dolarización" definitiva
de la economía para evitar la inflación, o la creación de una tercera
moneda no convertible y "transitoria", en forma de bono estatal,
que sería la utilizada para el consumo en las calles y sufriría
la devaluación, preservando al peso y al dólar para contratos y
compromisos, y para volver a la circulación una vez que Argentina
se recupere.
Sin
margen para errores y camino a entrar en el quinto año de recesión
y depresión económicas, la única certeza es que la "convertibilidad"
tal y como ha venido rigiendo los destinos económicos durante la
última década, se ha terminado. El debate, entonces, se centra en
buscar la manera menos dolorosa para proceder a la mutación del
modelo que no ha logrado frenar ni la recesión, ni el aumento de
la desocupación que ya asciende al 20%, ni la caída del PIB que
en 2001 llegó al 4% y que se estima entre el 6 y el 7% para el primer
semestre de 2002.
La
tarea no resultará fácil. Los antecedentes inmediatos que se generaron
luego de la megafuga de capitales ocurridos en noviembre, crearon
un esquema donde los ciudadanos lo único que quieren es sacar su
dinero del sistema, por lo que la prolongación del denominado "corralito"
sobre los depósitos bancarios y la implementación de mayores restricciones
cambiarias parecen lo más probable.
¿Hacia
dónde se dirige la economía Argentina? ¿Devaluación, dolarización,
"pesificación"...? Cualquiera de estas opciones sería igualmente
dolorosa y ninguna alquimia monetaria logrará corregir el desequilibrio
fiscal estructural del país que ha resentido letalmente la credibilidad
interna y externa, y que llevará décadas remontar.
La
devaluación no sólo no lograría ser contenida sino que además ninguna
de las medidas protectivas alcanzaría para equilibrar las economías
domésticas endeudadas en dólares, habría una mayor recesión, los
asalariados verían disminuir estrepitosamente sus ingresos, y las
empresas y bancos que colocaron deuda en el exterior afrontarían
pérdidas que difícilmente serían compensadas por el aumento de la
competitividad de los productos nacionales de exportación. Asimismo,
un plan con libre flotación del valor del dólar frente al peso,
ligado a una "pesificación" de los activos y pasivos financieros
para evitar que colapse el mercado interno, parece estar ahora a
la cabeza de las alternativas.
Otra
posibilidad, y a esta adhieren mayoritariamente los gurúes internacionales,
es una devaluación contenida con una completa dolarización y el
abandono de la moneda nacional. Con esto se eliminarían los miedos
a la devaluación y al aumento de la tasa de interés, pero el costo
recaería inevitablemente sobre los mercados laborales que buscarán
una mayor flexibilización, además de no solucionar el problema de
la competitividad.
Cuestión
aparte sería la "pesificación", que significa simplemente convertir
todos los contratos existentes a pesos, con lo que los grandes perdedores
serían los bancos y las entidades financieras que tomaron préstamos
en dólares en el exterior, ya que recibirían los pagos de los intereses
de créditos en pesos, haciendo crecer los rojos de sus balances.
En
medio de tanta agitación, otras alternativas que se barajaron fueron
abortadas rápidamente, como la emisión de una tercera moneda. Durante
la semana que duró en el poder, el presidente Adolfo Rodríguez Saá
anunció la emisión de 15.000 millones de "argentinos", que flotarían
con el peso y el dólar y que apuntaban a una devaluación encubierta
y paulatina.
Mientras
el FMI toma distancia de la problemática de la Argentina y entran
a cuestionarse las bondades de sus recetas para los países emergentes,
la confusión continúa apoderándose de una sociedad que, a pesar
del miedo, sigue aferrada a la esperanza de un cambio incierto.
*Editor
en Jefe del Observatorio Electoral Latinoamericano (OEL) y editora
de Contenidos de NuevaMayoría.com
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