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Viernes,
4 de Mayo de 2001
DESDE
EL MALECON CON...
¿Cubanos
en un hotel?
Por
Aurelio Pedroso
(La Habana)
La
interrogante es una de las más frecuentes que se hacen en la isla
cuando el periodista, o el turista, que visita el país desea conocer
en realidad qué hay de cierto o no en la cuestión. Si el Ministerio
del Turismo llevase un recuento de las preguntas más asiduas, ésta
ocuparía el primer lugar. Y desde la lejana fecha en que fue lanzada
por vez primera, la respuesta no ha variado. En resumen, la necesidad
de lograr moneda fuerte limita mayores posibilidades, pero por la
otra, no deja de ser comprobable que a un grupo de obreros o profesionales
destacados en su labor se les premie con estancias en hoteles hasta
de cinco estrellas.
Así
las cosas, entonces siempre ha saltado y saltará (espero que por
poco tiempo) que si un cubano tiene dólares suficientes para hospedarse
en un hotel, ¿por qué no puede hacerlo?. La respuesta, pues, es
muy política, perdida entre los vericuetos administrativos y unos
razonamientos de igualdad social poco comprensibles para el visitante.
Aún
así, la gente en Cuba se toma sus vacaciones. El Campismo Popular
(CP) es la opción más socorrida. En estos días cumple 20 años y
sus directivos aseguran el paso de unos 18 millones de cubanos por
sus múltiples instalaciones. El CP tiene sus admiradores y detractores.
Al Gloria Stefan le sucede lo mismo. A Julio Iglesias, igual. A
George Bush, también.
Las
bases del CP tienen la virtud de estar enclavadas en sitios donde
el contacto con la Naturaleza es tan cercano que durante una noche
se puede observar a una lechuza en plena faena. Los precios tan
irrisorios, que con el importe de un mojito en el Hotel Nacional,
usted puede comer y cenar por tres días en el campismo. La inmensa
mayoría son cabañas de bajo coste, con cuarto de baño y cocina incluida.
En su interior, una cama para la pareja y una litera para los chavales.
Al buenazo que se le ocurra invitar a la suegra tendrá que vérselas
con la lechuza..
Una
semana, como dicen los alemanes, es para mente sana. Y siete días
son más que suficientes para pasar un buen rato y reparar que a
veces en la vida es preferible comer un pollo en el rústico asador
de la cabaña que pedirlo para que arribe a la mesa dentro de una
semiescafandra de cosmonauta. En el campismo usted no es vacacionista,
es campista. Cosas de nosotros, los cubanos que ojalá bien pronto
podamos decidir de qué manera comernos el pollo.
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