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Viernes, 11 de Mayo de 2001

 

DESDE EL MALECON CON...

Boda de nobles entre "nobles"

Por Aurelio Pedroso
(La Habana)

El Conde de Albemarle (Rufus) ha venido a la isla para contraer nupcias. Cuca la condesa ni se dio por enterada. Es más, poco le importó la ceremonia en medio del ajetreo del día a día en la Plaza de los Cuatro Caminos. Unos siglos atrás, un pariente del conde, el inglés George Pocokl, jefe de la Armada inglesa, había tomado la ciudad en 1762. En la Basílica Menor de San Francisco de Asis, restaurada en buena medida por la contribución española, le aguardaba la futura condesa Sally Tadoyan, una inglesita de origen macedonio.

A tales efectos arribaron a La Habana unos 300 invitados de la jet set internacional. La exclusividad gráfica del casamiento fue adquirida por la revista Vanity Fair y nuestro Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal, dio el visto bueno a la idea bajo la condición de que todo se celebrase en sus predios de La Habana Vieja. Pero además, firmó como testigo el acta matrimonial.

En cifra inferior a los invitados, estaban los curiosos que, según reportes del colega Reny Martínez, confesaron estar presenciando en vivo por vez primera desde 1959 páginas de revistas del corazón. Representantes de la "nobleza" criolla brillaron por su ausencia. Y eso que Cuba es uno de los países iberoamericanos con más "títulos" nobiliarios. Aquí a todas las jóvenes hermosas se les carga de inmediato como "princesas". Por supuesto, algunos "príncipes" también vagan por la ciudad. Mujeres u hombres, indistintamente, alcanzan la categoría de rey o reina. A no pocas en plena calle se les hacen solicitudes como aquella de "una sonrisa, mi reina". Y reinas hay en demasía: negras, mulatas, blancas, chinas...

¿Quiere usted sentirse rey en La Habana? Pues salga a un paseo nocturno por una de sus calles y verá que pronto y con todo respeto le dicen: "¿rey del mundo, usted me regala un cigarrillo?". De baronesas también disponemos. Pero tienen un aire que la gente rechaza. No son populares. Son esas mujeres con ínfulas de alcurnia, sabiduría y nivel de relaciones que miran por debajo del hombro a los que apelotonados viajan junto a ella en el camello, un engendro de bus metropolitano.

Duques y marqueses son los que peinan canas. Aún son galantes con las damas y algún que otro sábado en la noche se encasquetan una corbata de los años cincuenta y toman asiento en un parque o paseo de la ciudad. Toda esta muchedumbre noble o noble muchedumbre vive feliz de sus títulos obtenidos por sus gracias, comportamiento y actitudes.

El Conde de Albemarle debió haber considerado a nuestros "aristócratas", aunque sólo fuera para invitarles a una copa, pues se casaba en sus dominios. O quizás mejor, con tenerlos obviados les hizo un gran favor. Esto, unido al "favor" de montar tal ceremonia en La Habana de hoy

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