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Viernes, 19 de abril de 2002

 

Caracas es una lágrima

Por Ramón Rangel *
(Caracas)

Hace algunos años un rarísimo huracán asoló las costas de la Isla de Margarita. Sus habitantes, tan queridos como desconocidos por el resto de sus compatriotas, trocaron su proverbial amabilidad y don de gentes para sumirse en un dolor que a quienes no somos "navegados", se nos antojaba suizo en aquel paraíso tropical. Uno de nuestros poetas, Miguel Otero Silva, dueño del diario El Nacional, tituló a modo de epifanía la mancheta de su periódico con la siguiente frase: "Margarita es una lágrima".

Porque Margarita es una perla y las perlas, lágrimas de moluscos. Margarita es una lágrima, porque detrás del ininteligible dialecto con que se ametralla al español en esas tierras las lágrimas son tan exóticas como el matriarcado de la isla siempre afable pero siempre arcano al visitante.

Hoy Caracas es un lágrima, es la calle ensangrentada en la más vil de las felonías donde se columpian dos abyecciones igualmente despreciables. Caracas es un lágrima causada por el primer ministro de la Defensa Civil de nuestra historia, que detrás de una proverbial fama de defensor de pobres y desamparados, de paladín de derechos humanos y garantías constitucionales le ordena a su edecán que "los elimine si llegan a Miraflores...".

Mi ciudad esta manchada por la sangre, la mucha sangre de cientos de miles de manifestantes que rompiendo la mas absoluta de las indiferencias y desde lo privado de sus mundos por primera vez sintieron que ellos también eran ciudadanos de una patria que como agua se nos iba de las manos.

Caracas es la lágrima de la impunidad, de la vesanía de verse pavoneando por las calles las turbas pagadas que se apropian del nombre de Bolívar, para en su nombre sembrar de caos y de sangre, de bajeza e inmoralidad cualquier pretensión política. Caracas es la lágrima derramada por las muchas mujeres que hoy entierran hijos e hijas con la música de fondo de una historia contada al revés.

Caracas es la lágrima que recibe a César Gaviria (máximo responsable de la Organización de Estados Americanos) sumo sacerdote de la hipocresía, que viene a ungir de respetabilidad a un Gobierno que tiene las manos manchadas de sangre, a un presidente espúreo e ilegítimo, que con premeditación y alevosía, con plena conciencia de sus actos, confiscó la señal de las estaciones de televisión y encadenó las radios en las dos horas en las que ordenó que sometieran a sangre y fuego, con matones y matarifes, a ciudadanos pacíficos y desarmados que marchaban cívicamente por las calles de la ciudad exigiendo la renuncia de un presidente que ha perdido el derecho moral a liderar la nación.

Pero también es mi ciudad una lágrima por la rocambolesca y trágica utilización que dirigentes empresariales hicieron de ese dolor nacional, su utilización sin escrúpulos para tomar el poder que dejaba regado el tiranuelo en su miedo y su cobardía e intentar convertirlo en Corte de los Milagros. Lágrima de ver traicionados los mandatos que partidos, sindicatos y gentes depositaron en lideres empresariales nunca menos aptos para representar al común, nunca menos ávidos de las presas y despojos que encontraron en la Casa de Gobierno

Lágrima de una nación, porque en mi pequeño valle movilizar en espontáneo a un millón de personas es mover a una nación, que vio hacer trueque con sus esperanzas y su dolor, vio como nadie declaró luto, nadie visitó a los muertos, nadie se acordó de los familiares o las víctimas mismas apelotonadas en la morgue mientras como tiburones feroces, las élites económicas se dentelleaban el poder ante la mirada impávida y asombrada de quienes desde el primer momento advertimos la monstruosa traición, la insensatez del crimen y la estupidez de la pretensión.

Pero la más gruesa de las lágrimas, el peor de los dolores, es la sorda y callada determinación de odio que hoy preside nuestras vidas, odios que no se borran fácilmente, odios que profundiza la vesanía y vejación reasumida por el poder y sus exponentes. Odio que se puede tornar en vicioso odio al pueblo, odio que se puede tornar en sangriento cuando terminen su oficio los Gavirias y la convicción de la inutilidad de la ley y la civilización se termine de apoderar del alma de los justos, entonces vendrá una larga noche de cuchillos y más sangre, más odio, más insensatez y al final más lágrimas.

* Ramón Rangel es un analista venezolano de política y economía

 

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