Semanario de información económica y financiera

Viernes, 24 de mayo de 2002

 

DESDE EL MALECON CON

Bush el iniciativista

Por Aurelio Pedroso

El Presidente de la gran potencia norteamericana acaba de pronunciar en Washington un breve discurso que tituló "Iniciativa para una Cuba Nueva", contentivo de un grupo de medidas de estricto cumplimiento si es que finalmente su homólogo Fidel Castro desea le sea levantado el embargo comercial o bloqueo al que Estados Unidos tiene sometida a la isla por cuatro décadas.

De entrada, el Sr.Busch debe saber que Castro no hará absolutamente nada de lo recomendado o casi que impuesto, como tampoco de lo que, con la debida anestesia, el expresidente James Carter le dijese al líder cubano y a todo el pueblo en ocasión de la visita que hizo recientemente a Cuba.

Y todo, por una razón bien sencilla: el Comandante no digiere presiones. Nunca lo ha hecho. Mucho menos si provienen de Estados Unidos, su eterno y jurado enemigo no desde que declarase el régimen socialista y fuéramos todos a aprender ruso, sino desde la propia Sierra Maestra donde se alzó en armas contra Batista.

En una carta escrita en la montaña a Celia Sánchez, su secretaria ejecutiva, le comentaba más o menos que al ver el efecto de los cohetes norteamericanos sobre la casa de un campesino había confirmado quién sería su verdadero enemigo de por vida.

El proyecto Varela, presentado por la disidencia interna al Parlamento cubano, la "visión" de Carter expuesta en la Universidad de La Habana, y ahora la "iniciativa" de Busch reclaman una democracia y multipartidismo que no son los concebidos por Fidel Castro. Exigen unos derechos humanos que no son los establecidos en más de cuarenta años de Revolución, y una apertura a la mediana y pequeña empresa privada que si bien hace años se tuvo en cuenta, al menos en los papeles, cada vez parece alejarse más aún ni tan siquiera con las saludables experiencias china y vietnamita.

Por doquier se oye, se ve y se escucha que es al pueblo cubano quien le corresponde tomar sus propios destinos.

No ha habido mejor momento para ello que el actual. ¿Será tan difícil preguntarle a cada cubano ahora que somos unos doce millones y no más tarde cuando seamos veinte o veinticinco?

 

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