Semanario de información económica y financiera

Viernes, 28 de junio de 2002

 

DESDE EL MALECON CON

Un cieguito en la Plaza de Carlos III

Por Aurelio Pedroso
(La Habana)

Antes, iba a la iglesia de Reyna y allí montaba su número. Pero desde hace unas semanas ha decidido marchar a la Plaza de Carlos III. Es decir, a los grandes almacenes donde se vende de todo, en dólares, para cubanos incluyendo alguna morenita que haya logrado arrastar al francés o al italiano para "pequeñas e indispensables" compras para la casa.

El cieguito no pasa de los 30 años y asegura tener cuatro hijos que debe alimentar. En la iglesia no le iba muy bien. Llega bien temprano, antes de la apertura fijada para las 10 de la mañana y logra captar la atención de casi un centenar de personas que aguardan por la apertura.

Ahí comienza el espectáculo humorístico-cultural. Hace sus chistes, logra juegos de participación y sólo él, y nada más que él, menciona de golpe y porrazo todas las calles de la Habana Vieja. Sin faltar una, con datos tan o más precisos que los del erudito Historiador de la Ciudad, Don Eusebio Leal.

"Ve" tan bien el pobrecillo, que no se le ocurre ningún chiste político. Ni para un lado ni para el otro. El ciego sólo tira para el lado de su familia y esos cuatro hijos que en verdad a la gente le cuesta trabajo creer que existen.

Verificado que no ve absolutamente nada, el jovencito advierte la pronta apertura. Parece que siente esos ruidos-señales que sólo los invindentes son capaces de sentir. "Tranquilos todos, que ya se abrirán las puertas". Y entonces justo en el momento de la avalancha , que tampoco ve, pero respira un grito muy cubano de épocas de lucha anticoloniales: "¡¡¡ Al machete!!!"

Y ahí va, en medio del tumulto hacia dentro con no menos de 40 pesos cubanos que le han regalado. Se dirige hacia la cafetería y allí tiene su segundo "show". El tercero será en la Cadeca (Casa de Cambio Oficial) donde con toda seguridad cambiará sus pesitos por dólares para él, sus cuatro hijos y tal vez una mujer que, aunque no le falte la visión, carezca del sentido de salir a la calle todos los días para honestamente llevarse algo de comer a la boca.

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