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Viernes, 16 de agosto de 2002
Que no se le vaya la mano a Uribe Por
Miguel Humanes
El pasado 7 de agosto, Alvaro Uribe tomó posesión de la Presidencia de Colombia entre bombas de la guerrila. La obsesión del nuevo mandatario colombiano es acallar esas bombas definitivamente. Para ello ha prometido "mano dura" contra los guerrilleros y contra las fuerzas paramilitares que luchan a su aire contra los "rebeldes". La tarea no es fácil. Sobre todo cuando decenas de miles de colombianos durante un par de generaciones no entienden otro modo de vida que no sea la guerrilla o, mejor dicho, la narcoguerrilla. Una de las primeras acciones de Uribe ha sido decretar el "Estado de Conmoción Interior" (Estado de Excepción), algo que más o menos preveían los colombianos desde hacía tiempo. El respaldo popular a esta media es espectacularmente mayoritaria: según distintos sondeos, aproximadamente el 90% de la población está de acuerdo con sacrificar ciertas parcelas de su libertad para luchar contra el inmenso baño de sangre que cubre al país desde hace ya demasiado tiempo. Incluso la Organización de Estados Americanos (OEA) ha aprobado el estado de sitio para hacer frente a la violencia del país. Uribe, a cuyo padre asesinó la guerrilla y quien a puesto al mando de la vicepresidencia del país a un ex secuestrado por las mismas fuerzas, trata de extender la filosofía de la "seguridad democrática". Este concepto se debe materializar, entre otros aspectos, con una fuerza de un millón de informantes civiles que cooperen con el Estado en la lucha contra la guerrilla. El presidente de Colombia afirmó que esta iniciativa busca que el Estado y la sociedad trabajen conjuntamente para frenar la violencia en el país andino. Y al hilo de la "seguridad democrática" hay quien recuerda, no sin malicia, que los golpistas del 11 de abril en Venezuela entraron en el Congreso dando gritos de: "¡Viva la democracia!". La mano dura de Uribe debe ser dura contra el crimen, pero el presidente no debería responder a los criminales con sus mismas armas. Los límites de la legalidad deben ser respetados, aunque no siempre resulte fácil y la tentación de hacer lo contrario sea grande. En este sentido, España es un triste ejemplo con los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL) que en los años 80 combatieron de tú a tú, y al margen de la ley, a la banda terrorista ETA. La lucha contrala violencia no puede basarse en la violencia porque da la razón a los violentos. Combatir el terror con las reglas de juego en la mano es complicadísimo porque el enemigo no se atiene a ninguna regla y entonces el enfrentamiento es tremendamente desigual. Pero no se puede dar la razón a los violentos. La guerilla se financia, aparte de los secuestros, del lucrativo negocio de la droga. El Plan Colombia y todas las estrategia antidroga apuntan a la destrucción de cultivos como una de las claves. También se habla de sustitución de cultivos (de droga por otros cultivos legales), aunque en voz mucho más baja. Y ahí está el quid de la cuestión: ¿cómo va a acabarse con la guerrilla si su principal fuente de financiación, la droga, no puede erradicarse? ¿A qué se van a dedicar los cultivadores de coca si no pueden dedicarse a otro cultivo alternativo? En términos similares se manifestó el presidente de Bolivia, Jorge Quiroga, en la reciente Cumbre Eurolatinoamericana celebrada en Madrid. Quiroga insistió en la necesidad de que los países desarrollados abran sus mercados agrícolas a los productos de América Latina, algo necesario para que los cultivos alternativos a la droga tengan una salida. Pero la voz de Bolivia, y otras similares, no tiene los suficientes decibelios en el concierto internacional. El objetivo y los deseos de Uribe son legítimos y el pueblo de Colombia se merece la paz más que sobradamente. Pero hay que ser cuidadosos a la hora de elegir el medio para alcanzar ese fin. El Estado de Conmoción Interior, la creación del nuevo impuesto del patrimonio para financiar al Ejército, el Plan Colombia, el asesoramiento y ayuda de EEUU, etc., pueden servir, pero por favor Sr. Uribe: que no se le vaya la mano. |
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