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Viernes, 31 de octubre de 2002

 

Investigación, desarrollo, innovación y enseñanza

Por Alberto Miguel Arruti
(Madrid)

Después de los problemas políticos, que acosan a España, después de los problemas económicos, motivados por la recesión mundial, existe ahora en España una seria preocupación por conseguir la incorporación de nuestro país, en el terreno científico y técnico, a la altura de otros países de nuestro entorno cultural.

Una preocupación que también aqueja a Latinoamérica, cuya economía necesita cada vez más, importantes esfuezos en Investigación y desarrollo para producir bienes con valor añadido.

Un ejemplo de esta preocupación ha sido el Seminario, organizado por la Oficina de Innovación y Tecnología Empresarial, de la Comunidad de Madrid, bajo el título "Innovación, Tecnología, Economía y sociedad".

Como consecuencia de todo este movimiento a favor de la ciencia y la técnica ha surgido una nueva preocupación, que es por la enseñanza. Es de sobra conocido el escaso interés de gran parte de la juventud hispanoparlante por los estudios de Física y Matemáticas. Pero tal vez, la causa de ello resida en la deficiente preparación que se da en la enseñanza media de estas materias. Las pruebas de acceso a la universidad en el distrito de Madrid, por ejemplo, que representan el 10% del total nacional en España, han dado unos resultados bastante negativos en lo que a la formación científica se refiere.

Si consideramos las Olimpiadas Mundiales de Física, a lo largo de las 10 últimas ediciones, se han obtenido solamente una medalla de bronce y cinco menciones de honor. Si consideramos una escala entre cero y 100, España alcanza los 3,5 puntos, que es lo que ha obtenido Islandia. En cambio Alemania alcanza 59,5, el Reino unido 49, Italia 26 y Bélgica 7. Nos cabe la alegría, más bien modesta, de haber superado a Grecia y Portugal. Los latinoamericanos todavía se situan más atrás.

Todo ello lleva a una consideración: la ciencia se enseña poco y se enseña mal. No se trata de enseñar cosas más o menos útiles que el desarrollo tecnológico puede dejar obsoletas en breve espacio de tiempo, sino en conseguir una "formación integral, que capacite a la persona para hacer frente a nuevos retos y nuevas formas de vivir y de pensar, que no podemos prever en este momento", como manifestó el profesor español Antonio Fernández-Rañana, en una ponencia ante la comisión de Educación del Senado de este país.

A esta situación hay que añadir la escasez de canales de comunicación entre la ciencia y sociedad. En el coloquio internacional de Montreal del año 1994 se puso de manifiesto que no hay en Europa políticas de difusión de la ciencia, aunque esta cuestión se ha convertido en una constante preocupación de la Comisión Europea. En este sentido, el citado Fernández-Rañada ha escrito que "es una lamentable paradoja que en nuestra sociedad moderna y tecnológica, tan condicionada por la ciencia desde los más nimios detalles cotidianos hasta el entendimiento del cosmos en su globalidad, siga siendo difícil para la mayoría de la gente acercarse a las ideas científicas".

Urge convencer a la sociedad de que la ciencia es una forma de la cultura. Esta última no está formada exclusivamente por las humanidades, como se ha venido sosteniendo a lo largo de siglos. La ciencia, y más en nuestra época, contribuye a crear una imagen del mundo en el que vivimos, que sin ella resulta incomprensible.

Y sirve para animar el crecimiento económico, que tanto necesitan los países hispanoparlantes, gracias a la capacidad de integrar los descubrimientos en los procesos de producción y en el sentido diferencial de la oferta que permite abrir mercados exteriores.

 

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