Semanario
de información económica y financiera
   

Viernes 18 de noviembre de 2002

 

La brusca caída de Uruguay

Por Gema Velasco

En menos de seis meses el sistema financiero de Uruguay ha pasado de ser un refugio para los capitales que huían de Argentina, a la causa que ha colocado al país a un paso de la calificación crediticia de países malditos como Ecuador o Indonesia, y a sólo ‘un paso y medio’ de la de Argentina, la peor del mundo en estos momentos.

La agencia de calificación Standard & Poor's (S&P) acaba de reducir el rating de la deuda pública a largo plazo uruguaya a B- y la de a corto plazo a C. Un descenso que S&P ha justificado, entre otras cosas, en la incertidumbre que genera entre los inversores la prolongación de la suspensión de los cuatro bancos uruguayos (Banco Comercial, Banco de Crédito, Montevideo y Caja Obrera) que tuvieron que ser intervenidos antes del verano por falta de liquidez.

Así están las cosas ahora. Pero no hace demasiado tiempo el panorama era bien distinto.

En plena crisis argentina, el sistema bancario uruguayo se convirtió en una alternativa al del país austral. Sólo entre enero y marzo salieron de Argentina 15 millones de dólares (14,96 millones de euros) y de esa cantidad el 10% fue a parar a Uruguay.

El trasvase de fondos no pasó inadvertido para algunas de las entidades extranjeras con intereses en Argentina y actuaron en consecuencia. En mayo, el banco francés Crédit Agricole (CA) optó por blindar a su filial en Uruguay, el Banco ACAC, de un posible contagio de la crisis de su vecino. El CA controlaba de forma directa el 15,26% del ACAC, y de forma indirecta, a través de su filial argentina Bisel, el 49,14%. Entonces, el banco galo compró al Bisel ese 49,14% por 16,3 millones de euros y poco después anunció su huída del país austral y una inyección de capital en el ACAC. Sus preferencias no podían estar más claras. Su fuga, además, no significó la renuncia al negocio rentable que tenía en Argentina. Sus grandes clientes, entre los que se encontraban empresas francesas y multinacionales con intereseses en la zona, pasaron a ser atendidos por el ACAC. Muy poco antes hizo algo parecido el BBVA, que compró a su filial argentina, el BBVA Francés, sus acciones del BBVA Uruguay.

Pero entonces algo comenzó a torcerse. La crisis argentina se profundizó y se prolongó, y los ahorradores del país, ante la imposibilidad de sacar dinero de sus bancos por la imposición del corralito, optaron por acudir a sus cuentas en Uruguay (desde la época de la hiperinflación Uruguay ha sido un refugio tradicional de los ahorros argentinos) para conseguir liquidez, con lo que se inició un peligroso proceso de salida de capital. En la primera semana de junio salieron de Uruguay 200 millones de dólares (199,26 millones de euros).

Entre ese momento y el principio de la debacle de Uruguay apenas pasaron unas semanas. En junio la agencia de calificación Moody’s alertó de un posible riesgo de contagio de la crisis argentina a los bancos uruguayos. Por aquellas fechas ya no sólo preocupaban las retiradas de dinero de los ahorradores del país austral, sino que ya se especulaba con la posibilidad de que las autoridades de Uruguay, para evitar la salida de capitales, tuvieran que establecer un ‘corralito a la argentina’

Los banqueros del país, que ya habían empezado a mirar de reojo a sus colegas argentinos, se temieron lo peor e iniciaron una campaña publicitaria conjunta para intentar recuperar el clima de confianza que reinaba sólo unos meses antes. No lo lograron.

A finales de junio le tocó a S&P lanzar la advertencia: "la fuga de depósitos no se ha detenido". Entonces, muy oportunamente, llegaron los refuerzos del exterior (que se le habían negado a Argentina) para intentar frenar lo que ya era en toda regla una crisis del sector financiero. El FMI concedió a Uruguay una ayuda suplementaria de 1.575 millones de euros. Parte de ese dinero iría a nutrir el Fondo de Fortalecimiento del Sistema Bancario.

Pero las cosas no mejoraban. Entre enero y junio se habían fugado del sistema el 28,8% de los depósitos. Inevitablemente surgió de forma espontánea, como suele ocurrir en estos casos, la solución: hay que reducir el tamaño del sector bancario. Y entonces emergió el también inevitable conflicto con el sindicato bancario del país, la AEBU. El Gobierno de Batlle, consciente de la fuerza de la central obrera, inyectó 2.500 millones de dólares (2.493,27 millones de euros) en el sector para incrementar su liquidez; un dinero que calmó al sindicato y permitió el inicio de las negociaciones.

Pasaron los días, y los depósitos continuaron cayendo. A mediados de julio Moody's reduce el rating a Uruguay y los expertos empiezan a calentar el ambiente. Advierten que si los organismos internacionales no acuden al rescate, el Gobierno tendrá que instaurar el detestado corralito o reestructurar los depósitos mediante bonos forzosos.

Y así pasó. Primero se decretaron unos días de cierre bancario para acabar implantando un semicorralito. En su desesperación para intentar asegurar la liquidez del sistema el Banco Central de Uruguay (BCU), optó en agosto por obligar a las entidades financieras a depositar en el BCU el valor del 100% de los depósitos nuevos en dólares de residentes y el 75% para los ahorros en moneda local.

Pero la solución fue contraproducente, para evitar las nuevas los bancos normas comenzaron a trasladar sus depósitos a paraísos fiscales y centros offshore y además empezaron a disminuir el ritmo de concesión de créditos al disponer de menos fondos con los que financiarlos.

Los depósitos seguían disminuyendo. La situación se volvió tan tensa que el propio presidente, Jorge Batlle, indignado, llamó en público "antipatriotas" a los conciudadanos que optaban por sacar los ahorros fuera del país. Para rematar la situación, la tregua con el sindicato se acabó y algunos bancos tuvieron que ser intervenidos.

Un problema más. El Gobierno concentró todos sus esfuerzos en rescatar a los bancos suspendidos, pero tras varias ofertas, entre ellas la del Grupo Moon por el Banco de Crédito; o George Soros por el Comercial, ninguna solución pareció cuajar. Y esta es la situación actual.

El presidente del BCU, Julio de Brun, asegura que la rehabilitación de los bancos está próxima, pero para S&P ha tardado demasiado. A la espera de novedades, el rating de Uruguay se encuentra en estos momentos entre los peores del mundo, cuando hace sólo unos años el país gozaba de la calificación de grado de inversión, como México o Chile.

   

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