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Miercoles, 16 de abril de 2003

 

A PROPÓSITO DE CUBA

Por Luis Méndez Asensio
(Madrid)

 

Contrario como soy a la pena de muerte, por considerarla un homicidio institucional, premeditado, venga del Estado que venga, no puedo en consecuencia justificar los fusilamientos, tras un juicio sumarísimo, de los cubanos que secuestraron un paquebote cargado de pasajeros con el propósito de desembarcar en La Florida.

Y tampoco me convencen las razones aireadas por el régimen de La Habana para dictar penas tan severas contra un puñado de disidentes acusados de alta traición, a pesar de que algunos de ellos, con pruebas en la mano, sean profesionales del sabotaje, y no rebeldes políticos como se ha pretendido divulgar a los cuatro vientos.

Pero lamentando estos extremos, el muy complejo fenómeno de Cuba reclama cuando menos un furgón de matices si es que queremos situarlo en su contexto y abordarlo con el rigor que se merecen los lectores.

En primer lugar, les corresponde a los cubanos, y sólo a ellos, decidir su modelo de convivencia. Y por lo tanto salen sobrando todas las voces airadas, profundamente reaccionarias, que apuestan por una caída programada desde Washington del régimen de Fidel Castro tras el desmoronamiento del iraquí.

En segundo término, y más allá de la congoja que nos produzcan las ejecuciones y las últimas sentencias, difícilmente un pequeño país como Cuba puede aceptar sin reservas las reglas del fair play internacional cuando se halla inmerso desde hace décadas en un auténtico estado de excepción, sometido a un embargo criminal, con la mayor potencia del orbe intrigando a cada rato a unas cuantas millas del malecón de La Habana y con un proceso revolucionario desnaturalizado desde dentro, pero también desde afuera.

Prescindiendo de estos y otros parámetros, resulta imposible obtener una panorámica de Cuba; a lo sumo se podrá conseguir alguna que otra instantánea, casi siempre sensacionalista, aunque bien es cierto que en este planeta, cada vez más adocenado, a casi nadie le interesa averiguar lo que esconde el bosque.

El bombardeo de imágenes excluyentes y de informaciones sesgadas con el que nos han agasajado en los últimos días para homologar tiranías, orientales y caribeñas, y propiciar así el relevo forzoso de líderes claramente incompatibles con el denominado "mundo libre", supone algo más que un atentado contra las hemerotecas; es también una práctica delictiva, alentada por hampones de poca monta pero que cuentan con padrinos muy poderosos cuyos nombres no voy a citar porque están en la boca de todos.

Produce urticaria leer tanto artículo desmadejado, repleto de lugares comunes, atiborrado de referencias históricas sacadas de un libro de citas y frases célebres comprado en el supermercado de la esquina, textos al fin en los que se codean por igual Mao, Stalin, Lenin, Hitler, Franco, Castro y Husein como si provinieran del mismo útero y su desempeño existencial hubiera quedado opacado por las etiquetas que a todos ellos les cuelgan los que prefieren definirse como demócratas a secas, los que conciben a las sociedades como sujetos pasivos, siempre expuestos a la bondad o a la maldad de sus caudillos, los que piensan desde su mullida butaca que las contradicciones sólo prosperan en las cabezas más obtusas.

Estos indocumentados, que exhiben sin pudor su arrogancia primermundista, que califican a Cuba de "infierno sin paliativos" como si no hubiera un solo respiradero en ese país, que se dejan llevar por la pereza mental con tal de que no se les complique su bendita y bien retribuida columna, buscan de modo persistente hacer tabla rasa de los últimos 200 años como si no quedaran espacios que arrebatar a la derecha, como si el muro de Berlín se hubiera llevado en su derrumbe todas las ideologías y fuera de temerarios, amén de subversivos, exigir nuevas rutas por las que transitar así haya que reinventar todos los mapas de la tierra.

Y aquí entramos de lleno en la naturaleza de esa democracia formal, que no integral, que se le exige al régimen cubano sin parar en derivadas de ningún tipo. Soy de los que opinan que las libertades no sólo tienen que estar recogidas expresamente en las respectivas constituciones; también deben ser ejercidas en lo cotidiano por los ciudadanos porque de lo contrario lo que tendremos será una impresionante partida de huchas sin ranura.

Millones de latinoamericanos, que en teoría pueden disfrutar de las ventajas de un flamante pasaporte, están condenados de por vida a la labranza de un miserable terruño; millones de latinoamericanos, que en teoría pueden disfrutar de la libertad de asociación y expresión, están condenados de por vida a la marginalidad y al analfabetismo. Millones de latinoamericanos, que en teoría pueden ejercer el sacrosanto derecho al voto, están condenados de por vida a la abstención.

Existe una descompensación abismal entre las proclamas democráticas que figuran en el papel y la repercusión social de las mismas, entre las aspiraciones colectivas y la sinrazón de los mercados. Y este desfase hay que corregirlo sin tardanza, denunciarlo una y otra vez con el mismo ímpetu con el que se denuncian otros excesos.

A estas alturas de la historia, con tanto enfermo terminal como alberga el caserón que habitamos, no basta con rellenar debidamente el cuestionario del buen demócrata, sobre todo cuando las incógnitas más que preocupantes superan ampliamente a las certezas que suscita el futuro de Cuba. Me temo que la democracia que se le exige a la mayor de las Antillas está formateada de antemano y es muy similar a la que prevalece en toda América Latina. En cualquier caso insuficiente, porque hasta ahora no ha sido capaz de aportar al continente ese mínimo indispensable que se llama dignidad, entendida por supuesto en términos estrictamente individuales, que es la única manera de garantizar a largo plazo el rendimiento global de nuestras sociedades.

No sólo en América Latina asistimos a una degradación de la realidad, aunque allí, como en las dos terceras partes del planeta, este envilecimiento sea clamoroso.

En enero de 2000 le dediqué estas líneas a alguien que me achacó entonces una excesiva complacencia con el régimen de La Habana: "Cuba necesita salidas que se correspondan más con su idiosincrasia que con los anhelos de Washington. Las urnas por llegar tienen que ser compatibles con el patrimonio de un país que, a pesar de tanto Periodo Especial, sigue aventajando socialmente a muchas naciones de su entorno. Y a tenor de lo que viene sucediendo en América Latina, es esta conjugación incierta, y no mis amores inconfesables, la que me lleva a la reflexión y a veces, sólo a veces, a la condescendencia".

Hoy, en circunstancias distintas y consciente de que más de un escribano me tachará de castrista, sigo suscribiendo todas y cada una de estas palabras.

Agencia de Información Solidaria (AIS)

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