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Miercoles, 16 abril de 2003

 

Domingo de Ramos en Cuba

Por Aurelio Pedroso
(La Habana)

 

Ahí está el viejo negro Caramelo, personaje que sólo aparace en esta columna. Y no porque conceda exclusivas, sino porque nadie se acerca a él con ánimos de una conversación-entrevista. Caramelo es gente de a pie y su oficio es lavar coches en las cercanías de su domicilio.

Amaneció hoy en su cuartel general del bar San Juan, justo en la confluencia de las calles 25 e Infanta, frontera entre Centro Habana y el municipio Plaza de la Revolución. En el cuello, como medalla olímpica, le pende un ramo de guano (hoja de palmera) bendito que curas de la cercana iglesia del Carmen se han encargado de bendecir en cantidades industriales.

Tanto, que son pocos los que no vienen de la parroquia sin la ramita casi verde oliva, bien sean blancos, negros, jóvenes, viejos... Lo hacen por fé católica y por superstición porque desde pequeños están escuchando que colocarlo detrás de la puerta de casa ofrece suerte. Y son tiempos en que la gente, como nunca, clama por salud y suerte.

La mañana no puede ser más hermosa. Un sol tibio. A la sombra, una brisa bien fresca, algo helada, que viene de un Malecón molesto por su oleaje. El Caramelo está con los contertulios, que hoy han decidido apartarse de la barra y salir a los soportales. Encima del teléfono público una botella del mejor ron que ellos pueden comprar, un Cubay carta blanca, con una isla de Cuba al rojo vivo en la etiqueta.

Como si se tratase de una recepción de alcurnia, uno de los compinches de tomaderas (de alterne) ofrece pequeñas cortezas de cerdo en un plato desechable de los que nunca se echan al cesto porque hay que ahorrar. La gente bebe ron puro y pica del buen cerdo frito. No hay mejor maridaje.

Nadie se explica cómo el negro, sin haber ido a la iglesia ya tiene el guano al cuello. "Me lo dio una niña que pasaba". Una niña en tal jerga no es más que pedazo de hembra, de esas que estremecen al macho.

Se discute acaloradamente sobre la gran final del béisbol, con algunas obscenidades incluidas, y cubanita que pase meneando cadenciosamente caderas y nalgas, recibe su merecido con las frases más originales y respetuosas que mujer alguna sobre la tierra pueda escuchar.

Caramelo empezó temprano a empinar el codo. Por momentos va hasta el teléfono a servirse un buche, descuelga el auricular y sin marcar manda mensajes a un receptor imaginario. En voz tan baja que resulta imposible conocer los bocadillos. Bromean con él, le dicen si está controlando a la niña y la respuesta es siempre la misma: "Caballería, hay que hablar bajito, que es de buena educación".

CBB

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