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Semanario de
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Viernes, 20 de junio de 2003
DESDE EL MALECON CON... La
vieja dama cubana muestra sus... Por
Aurelio Pedroso
Era
un niño cuando comencé a notarlo de la mano de mi abuela Ana María
allá en la iglesia parroquial -Monumento Nacional- del legendario
San Juan de los Remedios, Villa Clara, Cuba. Los
pobres de entonces iban a la iglesia para pedir limosnas y era la
pobre de la abuela quien me decía "diez centavos para la viejita
y otros cinco para el cojito". Hasta daban las gracias porque
sabían hacerlo, cosa que hoy hasta se ha olvidado. Desde entonces,
a la iglesia se iba a misa, rezar, confesarse y ser caritativos con los
pobres. A ningún otro lugar que no fuera el templo de Dios se acudía a
pedir dinero. Unos pocos iban a las alcaldías, pero allí se robaba tanto
que por lo general los atareados alcaldes no atendían a los indigentes. Tal
costumbre, que no era propia de Remedios, sino más bien de carácter
universal, ha comenzado a vulnerarse en la Cuba de hoy. Cierto es que
en templos como la Catedral habanera u otras iglesias como la del Carmen
o San Juan Bosco, los que ahora asisten a ellas se encuentran ocasionalmente
con alguna que otra persona que clama por una ayuda económica. Esto,
sin reparar otra modalidad, que la conocí ya de mayorcito, que no es otra
de aquellos devotos del controvertido San Lázaro. Se encuentran en cualquier
sitio de la ciudad. Lo mismo a la entrada de un hospital que compartiendo
sitio con la empleada de un cine que vende las entradas. Una figura de
yeso del santo dentro de un cajoncillo y monedas por doquier. Lo curioso
es que prácticamente no piden. El viandante se acerca y sin detener
el paso deposita moneda nacional. Empero,
ha surgido una nueva y novedosa variante. Ni San Lázaro el de los perros
con su bastión en el leprosorio de El Ríncón, ni el extenso santoral
católico. Muchos pobres de hoy van a por la moneda fuerte, por la divisa
norteamericana, sin encontrar mejor sitio que aquellos establecimientos
de venta exclusiva en dólares norteamericanos. Así
tenemos un nuevo "templo" en la diplotienda de 3ra. y 70, en
Miramar, otrora barriada exclusiva de la burguesía criolla y hoy sede
de cuanta embajada o empresa extranjera radique en la isla. Saben que
allí circula la calderilla y justo a la salida de las cajas o merodeando
por las cafeterías aledañas, señoras en mayoría son las que solicitan
una "ayudita". Y vaya que la obtienen. Tres o cuatro veces que
extiendan con éxito la palma de la mano de seguro se embolsan un dólar. Hace
poco una señora ya bien mayor pedía ayuda. Menos mal que no acompañaba
su solicitud con una tragedia perfectamente creíble, sino que se limitaba
a eso, a la "ayudita". Pues cuando un italiano, escoltado por
una puta de factura nacional, le hizo el favor, la dama contabilizó lo
recaudado y una vez marchada la singular pareja partió rauda hacia una
de las cafeterías. Allí
tomó asiento y como toda una dama solicitó con energía una cerveza negra
Bucanero, una pizza de jamón y queso y ya de paso una cajetilla de lujo
de cigarros negros Populares. Por la memoria de mi abuela Ana María juro
que jamás vi en el café "Driver", de Remedios, a uno
de aquellos infelices pedir un batido y uno de esos memorables cangrejitos
rellenos con carne.
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