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Viernes, 11 de julio de 2003
Políticos mexicanos: váyanse (o trabajen honestamente) Por
Miguel Humanes
El
resultado de las elecciones legislativas del pasado 6 de julio en México han puesto
de manifiesto el desencanto del pueblo hacia la clase política. Un 61% de abstención,
como el que se produjo, podría interpretarse como un rechazo de los mexicanos
hacia el sistema democrático, pero no es así. El rechazo es hacia los dirigentes
de un país que definitivamente no cree en sus políticos (aunque la correcta manera
de transmitir ese sentimiento sea el voto en blanco). El contribuyente mexicano no ve ni entiende dónde van a parar sus impuestos. El despropósito es tan grande, que cuando, por ejemplo, se plantea la necesidad de pavimentar y acondicionar una calle, los vecinos afectos son consultados por un organismo público local, los denominados "consejos de colaboración municipal", que les explican la obra a realizar, escuchan sus propuestas y sobre todo… les informan de cuánto ha de pagar cada uno para tener la calle en condiciones. Sorprendente sí, pero tristemente real. El elevadísimo número de funcionarios públicos es uno de los principales pozos sin fondo del gasto público mexicano. En el Parlamento hay 500 diputados (en EEUU con una población casi el triple que la mexicana el Congreso sólo cuenta con 400) y el salario de cada uno de ellos supera los 100.000 dólares estadounidenses al año, mientras que un diputado local (regional) gana por encima de los 60.000 dólares anuales. Algo desproporcionado para un país aún en desarrollo y con unos niveles de pobreza espectaculares (el 53% de los mexicanos vive en la pobreza, según el Gobierno, una tasa que se dispara hasta el entorno del 70% según otras fuentes solventes, como la Cepal). El presidente Fox ha decepcionado profundamente al pueblo mexicano en la primera mitad de su mandato. Los aires de cambio que soplaron en el año 2000, cuando el vaquero mexicano de dos metros de altura y ex presidente de Coca Cola México accedió al sillón presidencial poniendo fin a 71 años de cuasidictadura, corrupción, clientelismo y desmanes numerosos y variados del Partido Revolucionario Institucional (PRI), prácticamente se han esfumado. Es cierto que la economía mexicana está entre las 10 primeras del mundo por tamaño de PIB, es verdad que es la séptima potencia comercial del planeta, que ha logrado estabilizar sus principales variables macroeconómicas (inflación, déficit público, deuda externa -no supera el 50% del PIB-) y tampoco deja de ser cierto que el riesgo país de México se ha desmarcado del de otros países y regiones emergentes y le ha permitido sortear crisis financieras como las de Argentina, Brasil o el sudeste asiático. Además, la estabilidad actual del tipo de cambio del peso mexicano hace que fuertes devaluaciones, como la de cerca del 60% de 1994, suenen a algo casi prehistórico. Cierto. Pero México necesita muchas más inversiones en infraestructuras, educación y sanidad. México necesita que el dinero del contribuyente lo vea el contribuyente en sus calles, en sus puentes, en sus escuelas y universidades, en sus hospitales. México necesita resolver el problema de la propiedad de la tierra para impulsar una agricultura raquítica y con productos caros, sobre todo si se compara con la de su vecino del norte que inunda de productos el mercado mexicano a unos precios que el campo azteca no puede ni soñar, por el reducido, y por tanto ineficiente, tamaño de sus explotaciones agrícolas y por la práctica inexistencia de financiación y apoyo público al agro. México necesita imperiosamente que sus políticos dejen de dedicar su tiempo y energías a ganar cuotas de poder, a enriquecerse de forma irregular, a mentir. El pasado mes de enero el presidente dijo en una entrevista: "(…) en cuanto a tarea diaria, trabajo, (…), entrega de todos los Gobiernos, de todos los Congresos, es muy amplia, en ese sentido tenemos que poner una calificación de 10". Las elecciones del pasado 6 de julio han demostrado que los electores no piensan como el Sr. Fox. Los mexicanos le han dado un claro suspenso (próximo al 0) a la clase política. México se está desarrollando y se prevé que su economía crezca este año un 3%, o incluso algo más, una tasa muy respetable si se tiene en cuenta el cansino devenir de la economía mundial. Pero la distribución de la renta en México es aberrante. Más de la mitad de los mexicanos es pobre mientras que el país es uno de los primeros del mundo en número de jets privados. Sólo el 22% de los jóvenes tienen acceso a la universidad (y esa tasa ha mejorado tres puntos porcentuales durante la Administración Fox) y por ahí es por donde tiene que producirse el verdadero cambio de la nación: por la educación. En
la misma entrevista, el presidente mexicano concluía: "México marcha y marcha
bien, eso es lo afortunado, y si seguimos todos poniendo nuestro mejor esfuerzo,
vamos a construir una gran nación". Y lo que han dicho los mexicanos en las elecciones
del pasado domingo es que los que se tienen que marchar son los políticos. Quizás
si los dirigentes mexicanos se ponen de verdad a trabajar, con honestidad, México
se convierta en una gran nación, y no sólo por su tamaño geográfico. MXC
PLT MCR
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