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Viernes, 1 de agosto de 2003
DESDE EL MALECON CON... Diazepán para el "Presidente" Por
Aurelio Pedroso
Confieso que no logro salir del asombro y que he tardado un par de días en sentarme a escribir la historia para no verme envuelto en las trampas emocionales y de otra naturaleza en las que en ocasiones caemos los periodistas. A mi perro, el "Presidente", el veterinario le ha recetado un diazepán diario hasta tanto no se calme de sus constantes fobias. Y la verdad es que el profesional que le ha atendido gratuitamente en la Escuela de Veterinaria merece todo el respeto del mundo. Ese centro donde labora se destaca por la esmerada atención al llamado mejor amigo del hombre, muy limpio, personal atento, se les quiere a los animales y algo muy importante, dispone de bancos donde sentarse a la espera de un turno, cosa no muy común en otras clínicas donde los pacientes son seres humanos y no salchichas o perros bastardos. Un diazepán diario. Un perro estresado, que según el médico resulta imposible pueda verle un psiquiatra para indagar mejor en el padecimiento. "Algún impacto psicológico fuerte debió haber recibido en estos días para que de repente haya comenzado a aullar como un lobo". Pues bueno, digo yo, tal vez las tormentas eléctricas de este verano, en nada envidiables a un concierto de obuses en plena guerra, han sido las que lograron sacarle de paso. La programación de verano de la TV no, "Presidente" no la ve. Y es que otra cosa no puede ser. Este cocker vive como un marqués y se alimenta correctamente. No sabe lo que es "luchar" por atrapar un ómnibus e ir al trabajo, no hace las colas o filas interminables, no tiene preocupaciones por alimentar a la familia, ni vestirla, ni darle lo que necesita... En fin, carece de esa tensión diaria que vivimos muchos cubanos que sí obligan a algunos al dichoso medicamento. Dos días bajo vigilancia casera, esmerándonos en atenciones, sacándole a pasear por el Malecón, propiciándole todas la comodidades habidas y por haber, hasta hablándole con cariño y sin agresividades con el resultado final de que ha dejado de aullar sin tomar una sola tableta. Un auténtico caso para estudiosos de disfunciones afectivas en animales. Tanto éxito de momento, que el diazepán lo ha confiscado la abuela, que es quien lleva los avatares de la cocina. La pobre, al notar tanto trajín con el perro, ahora no deja de aclarar y comentar a los vecinos que, "en el mejor de los momentos comienzo a ladrar y verán cómo consigo el diazepán". Y luego dicen por ahí aquello de: "Vida de perros"
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