Martes 2 de septiembre de 2003

Fox recibe un cheque en blanco envenenado de la oposición mexicana

El presidente de México, Vicente Fox, pedía ayer a un Congreso hóstil que le facilitara la aprobación de su plan de reforma económica para impulsar el desarrollo del país. Un plan que lleva tres años bloqueado y en el que básicamente, junto a medidas de menor calado como la flexibilización laboral condicionada, se incluye la liberalización del sector energético. Para Fox, no hay más opciones: sin permitir la entrada de capitales extranjeros, hasta empresas bandera como Petróleos de México (Pemex) pueden acabar colapsadas.

Según Fox, sin el dinero internacional, simplemente será imposible que el sector energético mexicano consiga la capacidad de producción suficiente para propiciar el crecimiento económico del país, por pura incapacidad para abastecer la creciente demanda.

Las primeras reacciones al discurso de Fox del principal grupo opositor, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), fueron positivas. De hecho, Elba Gordillo, la portavoz del PRI en el Congreso mexicano, aseguró que la actual legislatura tenía la oportunidad de aprobar una reforma económica histórica. Pero estas palabras no han convencido a los analistas políticos.

Las dificultades por las que pasa la agricultura del país son la clave. Las bases electorales tanto del propio PRI, como del Partido Revolucionario Democrático (PRD) están situadas en las regiones mexicanas donde esta actividad económica es la principal fuente de recursos y, precisamente, han sido también las más perjudicadas por la evolución del Tratado de Libre Comercio (TLC) que liga a México con EEUU y Canadá.

Para los opositores resulta obvio que sin una solución a este problema no puede abordarse la liberación energética. Y menos aún, ahora que sus votos resultan claves para impulsar la reforma. Al menos si quieren tener alguna posibilidad de ganar las elecciones de 2006. Sobre todo, porque hay serias dudas sobre la recuperación económica estadounidense y Bush necesita paralizar la destrucción de empleo en EEUU para superar sin problemas un camino hacia la reelección que se presenta duro. Por eso, no resulta fácil creer que el poderoso vecino estadounidense esté dispuesto a renunciar a sus subsidios agrícolas.

 

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