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Viernes 5 de septiembre de 2003


El presidente de México lucha por la aprobación de las reformas económicas

Fox y los chinos

Por Rafael Alba

El presidente de México, Vicente Fox, afronta un momento decisivo. Su discurso político se sigue basando, incluso ante un parlamento hóstil, en el momento histórico: México tiene la oportunidad de aprobar unas reformas económicas que sirvan para combatir definitivamente la pobreza. En caso contrario, hasta la empresa bandera, Petróleos de Mexico (Pemex), puede quebrar. Parte de la oposición le apoya. Pero a los ciudadanos, lo que les preocupa es China.

Y Fox lo sabe. Los avances de la industria china en el mercado estadounidense han supuesto importantes pérdidas de puestos de trabajo para México. Quizá por eso el presidente centró parte de su Tercer Informe de Gobierno en animar a los empresarios del país a recuperar el terreno que han cedido en los últimos años en favor de China en el mercado estadounidense.

El impulso de los productos del país asiático, gracias a sus bajos costes laborales y a su yuan controlado por el Gobierno, se ha notado en la economía mexicana, que destina un 85% de sus exportaciones al gran vecino del norte.

En los cinco primeros meses de este año, la cuota de mercado conseguida por los productos mexicanos en EEUU se ha situado en el 11,2%, bastante lejos del 12% de 2000, y cada décima de punto de pérdida supone una caída en los ingresos de 1.250 millones de dólares. Y es que China suministra ya a EEUU el 27,9% de sus importaciones.

Y un alto porcentaje de la competitividad china se basa en el mantenimiento de una cotización artificial de su divisa. Una circunstancia contra la que ha arremetido esta semana el secretario de Estado de EEUU, John Snow, en su gira asiática. Sin éxito.

Pero México no puede apoyar oficialmente estos esfuerzos. Al fin y al cabo, los chinos son compañeros de viaje. Al menos de cara a la galería, y a la oposición mayoritaria en el Congreso tras las últimas legislativas, Fox tiene que enfrentarse a los gringos. Dejarles claro que la apertura comercial debe funcionar en los dos sentidos. Y que deben terminarse las subvenciones que Washington proporciona al sector agrícola. Definitivamente. Y tendrá que hacerlo la semana que viene en Cancún (México). En la Cumbre de la Organización Mundial de Comercio (OMC).

De hecho, el presidente de México, Vicente Fox, pedía esta semana en el Parlamento que se le facilitara la aprobación de su plan de reforma económica para impulsar el desarrollo del país. Un plan que lleva tres años bloqueado y en el que básicamente, junto a medidas de menor calado como la flexibilización laboral condicionada, se incluye la liberalización del sector energético.

Para Fox, no hay más opciones: sin permitir la entrada de capitales extranjeros, hasta empresas bandera como Pemex pueden acabar colapsadas. Según Fox, sin el dinero internacional, simplemente será imposible que el sector energético mexicano consiga la capacidad de producción suficiente para propiciar el crecimiento económico del país, por pura incapacidad para abastecer la creciente demanda.

Las primeras reacciones al discurso de Fox del principal grupo opositor, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), fueron positivas. De hecho, Elba Gordillo, la portavoz del PRI en el Congreso mexicano, aseguró que la actual legislatura tenía la oportunidad de aprobar una reforma económica histórica. Pero estas palabras no han convencido a los analistas políticos. Las dificultades por las que pasa la agricultura del país son la clave.

Las bases electorales tanto del propio PRI, como del Partido Revolucionario Democrático (PRD) están situadas en las regiones mexicanas donde esta actividad económica es la principal fuente de recursos y, precisamente, han sido también las más perjudicadas por la evolución del Tratado de Libre Comercio que liga a México con EEUU y Canadá (Tlcan).

Para los opositores resulta obvio que sin una solución a este problema no puede abordarse la liberación energética. Y menos aún, ahora que sus votos resultan claves para impulsar la reforma. Al menos, si quieren tener alguna posibilidad de ganar las elecciones de 2006.

Sobre todo, porque hay serias dudas sobre la recuperación económica estadounidense y Bush necesita paralizar la destrucción de empleo en EEUU para superar sin problemas un camino hacia la reelección que se presenta duro. Por eso, no resulta fácil creer que el poderoso vecino estadounidense esté dispuesto a renunciar a sus subsidios agrícolas.

Y los ciudadanos lo saben. Hasta las cifras lo muestran. El índice de confianza del consumidor de México descendió en agosto un 0,9% respecto al mes anterior. El dato resulta un tanto inesperado ya que los cuatro meses anteriores se habían saldado con incrementos.

Aún así Fox insistió, un día después de su comparecencia parlamentaria, provocó una minicrisis de Gobierno. Una señal que la liberalización energética va esta vez en serio.

Felipe Calderón Hinojosa, ex coordinador del grupo parlamentario del Partido Acción Nacional (PAN) y director del banco público Banobras, será el nuevo secretario (ministro) de Energía, mientras que Alberto Cárdenas será el secretario de Medioambiente.

En su primera declaración, Calderón afirmó que el objetivo de su gestión va más allá de la propia reforma ya que pretende consolidar los servicios para todos los ciudadanos. Además, afirmó que "no debenos convertir los instrumentos en dogmas ideológicos o políticos de ningún signo, ni las opiniones propias en posiciones irreductibles que impidan los acuerdos que pospongan la transformación del sector y pongan en riesgo la viabilidad del desarrollo económico del país".

En su discurso parlementario, Fox había insistido en la necesidad de dar entrada a capital privado en Pemex. Sin dinero exterior hasta esta empresa bandera puede desvanecerse, dijo.

El inesperado aumento de la peticiones semanales de subsidio de desempleo en EEUU, que se han elevado por encima de las 400.000 por primera vez en dos meses, ha imprimido un giro inesperado a las perspectivas de la Cumbre de Cancún.

Y también han sembrado la incertidumbre en el entorno del presidente de México. Las posibilidades de que EEUU responda con contrapartidas a la apertura unilateral de los sectores estratégicos que impulsa el líder del Partido de Acción Nacional (PAN) se alejan por momentos.

El jueves Bush prometía en Kansas City ante un grupo de empresarios, en un discurso televisado por las principales cadenas de televisión, que impulsará el empleo consiguiendo la apertura de nuevos mercados para los productos estadounidenses.

Esa va a ser su batalla inmediata y, en esa línea, no parece probable que haya un hueco para que los mexicanos recuperen las cuotas perdidas en el mercado estadounidense.

Los problemas energéticos de EEUU plantean alguna incógnita más. Para algunos observadores, la liberalización mexicana puede repercutir finalmente en un impulso a la producción eléctrica del país, pero quizá sea más difícil que esa energía llegue a México, mientas la necesite el gran vecino del norte.

A Fox le quedaría la opción de que Washington flexibilizara su postura en los asuntos migratorios, una de las grandes bazas del incumplido programa electoral que le llevó al poder.

Pero la actual situación del empleo en EEUU (2,7 millones de puestos de trabajo destruidos desde que Bush llegó al poder) hace poco probable que la actual administración cambie su postura.

El posible apoyo de los votantes hispanos no resulta tan importante ahora para los republicanos ante las pérdidas de votos potenciales que se han detectado entre su base electoral clásica, los blancos anglosajones protestantes. Y Fox cuenta con eso. Su capacidad de presión ha disminuido y los chinos siguen avanzando. Su entorno lo sabe.

La próxima semana, puede ser la más difícil para un político que se lo tiene que jugar todo a una carta.

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