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12 de septiembre de 2003 Aciertos
y desaciertos del presidente de Argentina Los
100 días de Kirchner: Nuevo poder, viejos problemas Por
Norma Domínguez Como en
toda luna de miel (y sobre todo si el casamiento fue compulsivo y los novios no
se conocían demasiado) el encandilamiento de la sociedad argentina con el presidente
Néstor Kirchner empieza a verse, por momentos, opacado por esos “defectos” que
uno no esperaba, o que esperaba pero tenía la esperanza de que no sucedieran.
Aún cuando el mandatario goza en su primer centenar de días de una altísima adhesión
de la opinión pública, no sucede lo mismo con su política económica que, hasta
hoy, es una gran incógnita. Según una encuesta nacional reciente, el 86% de la población cree que el Gobierno no dio respuesta
a sus principales problemas, que pasan por el empleo y la seguridad, aunque todavía
le otorgan seis meses de plazo.
El nuevo jefe de Estado
argentino, “el pingüino” como gusta autodenominarse, tiene un carácter especial,
bastante diferente de sus anteriores colegas de la era democrática (llámense Raúl
Alfonsín, Carlos Menem, Fernando de la Rúa, y hasta su propio “creador-mentor”
Eduardo Duhalde), sea por acción u omisión.
Pero entender a Kirchner probablemente
no sea sencillo, porque recién ahora el mundo y los propios argentinos, empiezan
a conocerlo. Algo no casual, ya que el presidente ganó inesperadamente la elección
con apenas un 22% de los votos, la mayoría de ellos alentados por el aparato duhaldista
y por abandono del archifamoso ex presidente Menem.
El
estilo K. Apenas empuñó
el bastón presidencial, el nuevo líder argentino tuvo claro que debía imponer
un estilo y ganarse a la opinión pública para comenzar a construir su terreno
político en medio de muchos otros terrenos políticos ajenos a su perfil sureño
y “localista”. No hay dudas de que lo hizo bien y logró imponerlo: “el estilo
K” ganó las tapas de diarios y revistas locales y foráneos y, como todo tema impuesto,
fue sometido a análisis de simpatizantes y detractores.
Por un lado, y
hasta ahora, muchos argentinos aplauden que se distancie del establishment
local e internacional, elogian la purga en la Corte Suprema de Justicia, comparten
el descabezamiento de la cúpula de las Fuerzas Armadas, están de acuerdo con que
se muestre enérgico para enfrentar al FMI y a las empresas privatizadas y festejan
la anulación de las leyes de la Obediencia Debida y Punto Final y la apertura
para la extradición de ex represores de la última dictadura militar.
Por
otro lado, sus detractores insisten en que tiene formas impulsivas y autoritarias
para gestionar, critican la forma en que desautorizó y destrató al vicepresidente
Daniel Scioli (otrora, el hombre que, según sus declaraciones cuando era candidato
a la presidencia, había elegido porque consideraba que juntos podrían “consolidar
un equipo armónico que le dé a los argentinos la tranquilidad de que vamos a tener
una gobernabilidad profunda y en serio") y preanuncian que las diferencias
con el duhaldismo se van a incrementar después del 14 de septiembre, fecha en
que concluye la tanda de elecciones locales más importantes (que comprende el
balotaje de la capital y la elección de la provincia de Buenos Aires).
En lo que todos coinciden, en mayor o menor medida, es en que el tema económico
(la desocupación es el principal problema para los argentinos, seguido por la
pobreza) ha sido relegado por el presidente mientras pone el énfasis sobre los
temas de Derechos Humanos y en acciones sociales y políticas que apuntan más al
efectismo y a ganarse la simpatía de la población, que a reactivar la economía
nacional, algo que requeriría, seguramente, acciones de fondo que no siempre van
a resultar simpáticas para la mayoría.
Los
activos. Se pueden
o no compartir las decisiones del nuevo Gobierno argentino. También se las puede
compartir en parte, en nada o totalmente. Lo cierto es que (y tratando de ser
objetivos) existen muchos activos en la gestión de Néstor Kirchner.
El
primero y fundamental es que a partir de su asunción se ha generado en la población
una expectativa positiva y hasta se ha percibido una cierta reconciliación mínima
de la sociedad con una parte de la clase política. Esta sensación podría decirse
que dura hasta hoy (el presidente cuenta con una aprobación que supera el 70%),
pero no se sabe hasta cuándo la tolerancia popular se va a mantener si no se empiezan
a ver signos claros de recuperación económica.
Sobre este punto es importante
destacar que los argentinos, sacudidos por una serie de desencantos sucesivos
en lo político y castigados por las secuelas del desempleo, del corralito,
de la devaluación, etc., se han vuelto más intolerantes y exigentes en sus plazos
de gracia. Es por este motivo que comienzan a percibirse algunos signos de insatisfacción
o de frustración en los sectores más castigados, que pueden llegar a acentuarse
prontamente. Por el momento, sólo los piqueteros siguen manifestándose al ritmo
de siempre.
En materia de política internacional, mantiene también su
estilo personal. Desafiando el consejo de muchos, en su asunción estuvieron presentes
Fidel Castro y Hugo Chávez (dos figuras nada queridas por EEUU) y ambos líderes
contaron con un trato preferencial por parte del presidente. Esto, sumado a la
presencia de Lula (por ese tiempo, aún no tan claramente pragmático en lo económico)
y del exitoso mandatario chileno, Ricardo Lagos, destacaron claramente la intención
kirchneriana de fortalecer la unidad latinoamericana: otro gesto que en plena
etapa de “antinorteamericanismo” nacional, fue muy bien recibido por la población.
En lo que lleva de gestión, el presidente argentino se ha reunido con los principales
jefes de Estado americanos. Su primera visita oficial fue a Brasilia y ya lo recibió
George W. Bush en la Casa Blanca.
Si bien su viaje a España no fue un
éxito, a causa del enfrentamiento que tuvo con los empresarios de la Madre Patria,
y tampoco fue feliz la imagen que los inversores franceses recogieron del flamante
líder austral, debido a que faltó a la cita donde estaba convocado, lo cierto
es que Kirchner se reunió durante su gira por Europa con José María Aznar (conversaron
sobre las extradiciones de militares argentinos para ser sometidos a la justicia
española), con Jacques Chirac,
con Tony Blair (a quien le habló principalmente de las Islas Malvinas), con el
canciller alemán, Gerhard Schroeder, con el presidente de la Unión Europea (UE),
Romano Prodi, y participó en Londres de la “Cumbre de la Tercera Vía” donde se
dio el gusto de apuntar contra los organismos de crédito, como
el FMI, al vincularlos con la "etapa de decadencia" que vivió la Argentina.
¿Por qué la gira por el Viejo Continente debe considerarse positiva? Nada menos
que porque pudo acercarse, a menos de dos meses de asumir, a los máximos gobernantes
europeos e hizo un intento de demostrar que el país estaba “en un camino de reconstrucción"
y de "recuperación de la confianza internacional".
Nadie puede rebatirle al presidente su decisión de luchar
contra la impunidad y de bregar por darle a la memoria histórica una mayor dosis
de justicia. Su énfasis en el tema de los Derechos Humanos (quizás en los casos
de la derogación de leyes como el Punto Final y la Obediencia Debida, o en la
apertura para las extradiciones a España puede ser cuestionable desde enfoques
relativos a la Justicia y a la Soberanía), se debe registrar entre sus positivos.
La decisión de abrir los archivos confidenciales de la Secretaría de Inteligencia
del Estado (SIDE) y "relevar del secreto de Estado" a sus funcionarios
para esclarecer el atentado terrorista contra la Asociación Mutual Israelita Argentina
(AMIA) en 1994 (el segundo realizado a una institución judía en el plazo de dos
años sin resolución, los cuales dejaron más de 100 muertos y cerca de 200 heridos)
es un avance importante. Los pasivos. Es necesario distinguir dos tipos de “pasivos” dentro de la
Administración Kirchner: por un lado los temas pendientes, o cosas por resolver,
y por el otro, los errores. Entre los asuntos pendientes del nuevo Gobierno
se encuentra, en primer lugar, el de determinar el rumbo económico que va a seguir
la Argentina. Resulta claro que muchas cosas del pasado no gozaron de proyección
a largo plazo y estuvieron carentes de una transparencia que les faltó a muchas
medidas y transformaciones emprendidas en los años 90, pero no debe equivocarse
el Gobierno tomando el camino del discurso confrontativo hacia los inversores
extranjeros y menos aún impulsar una actitud negativa de la opinión pública hacia
el papel de los empresarios en la economía, ni demonizar el rol que han tenido
los capitales, los bancos y los organismos multilaterales de crédito. No debe perder la perspectiva. Hay que
admitir que si bien el país gozó de créditos provenientes de diversas fuentes
(muchas de ellas especulativas en exceso), la administración del dinero otorgado
corrió por parte de gobernantes elegidos dentro de parámetros democráticos y (salvo
la excepción de los presidentes de la transición) mediante voto popular. Es necesario tomar las riendas para recomponer
la macroeconomía y emprender la nueva “transformación” hacia el desarrollo y abandonar
la tan ejercida práctica de descansar en la culpa de los antecesores: los gobiernos
argentinos se caracterizan, desde tiempos inmemoriales, por desprestigiar y criticar
las administraciones pasadas, sin ser capaces de rescatar en ellas ninguna virtud
o acierto. En el plano político, la pelea del presidente con su “vice” generó
fuertes críticas. En un país que tiene todavía muy fresco en la memoria la crisis
de gobernabilidad que se desató cuando el ex vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez
renunció por las diferencias con De la Rúa, tirando por la borda la “Alianza”,
que había prometido la anterior “transformación” de la política, el reciente enfrentamiento
que protagonizaron Kirchner y Scioli antes de cumplir el primer trimestre en el
poder, generó inquietud en muchos, incluidos los gurúes que observan el comportamiento
político desde afuera. La
actitud del jefe de Estado para con su máximo compañero en el poder no fue vista
con buenos ojos: la gente de Scioli en las pocas áreas de la Administración que
éste controlaba, fue reemplazada compulsivamente por personal de Santa Cruz determinado
por el equipo kirchnerista. Tal
desacierto fue una gota más para alimentar el vaso de aquellos que temen el riesgo
de la hegemonía del mandatario. | | |