Semanario de información económica y financiera
   

Viernes, 3 de octibre de 2003

 

¿Astilla del mismo palo?
"Cualquier préstamo que llegue del Fondo, volverá al Fondo, entonces, no reactivará la economía" J. Stiglitz

Por Antonio Gutelli
(Buenos Aires)

 

Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía 2001, se desempeñó como vicepresidente senior y economista jefe del BM (BM) desde l997 hasta enero de 2000. Es un testigo de primerísimo orden para advertir los efectos devastadores de la globalización neoliberal que practican fundamentalmente las empresas transnacionales, que influyen

  definitivamente sobre el denominado Grupo de los 8 (los países más ricos del planeta) y que destruyen las economías y por ende la vida de los países más pobres. La influencia de las referidas transnacionales llega por supuesto a definir las políticas de los organismos multilaterales de crédito como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el BM y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), entre los más importantes.

De manera irónica, Stiglitz titula a su libro: “El malestar de la Globalización” (Editorial Taurus). Stiglitz cree que hay una globalización que puede ser una fuerza benéfica y con un potencial enriquecimiento para todos los países sin exclusiones, en especial los más pobres, siempre y cuando nos replanteemos el modo como ha sido gestionada.

No se advierte en Stiglitz, una postura ideológica desde fuera del capitalismo liberal. No se presenta como un economista socialista o mucho menos comunista. Es un economista que, por formación, reflexiona desde el universo liberal-capitalista y desde una ética utilitarista en el sentido en que  lo planteaba Jeremías Bentham (1748-1832). Bentham define a la economía política a la manera de Adam Smith: “El conocimiento de los medios adecuados -dice- para producir el máximo de felicidad en la medida en que este fin más general tiene como causa la producción del máximo de riquezas  para el máximo de población”. Bentham publica “Defensa de la usura” y se pronuncia en favor de la libertad económica al sostener: “El estado no tiene como función aumentar la riqueza o crear capitales, sino afirmar la seguridad  en la posesión de la riqueza, una vez adquirida. El estado tiene una función judicial que cumplir, pero su función económica deber ser reducida al mínimo”. Más tarde, Bentham evoluciona en su pensamiento hacia posturas más solidarias y filantrópicas en su obra “Introducción a los principios de moral y de legislación” (1789) y también hacia el radicalismo democrático bajo la influencia de James Mill (1773-1836), sosteniendo la Teoría de la Democracia Representativa Pura: sufragio universal, soberanía del pueblo, estricta subordinación de los gobernantes a los gobernados, ausencia de contrapesos y de cuerpos intermedios, sistema fuertemente centralizado; todo ello muy cercano al autoritarismo democrático. La democracia  es necesaria para conciliar los intereses individuales del soberano (pueblo) y los intereses corporativos de la aristocracia del dinero.

Se advierte en Stiglitz una evolución ideológica fuertemente cuestionadora del orden globalizador impuesto por las empresas multinacionales poderosas de la tierra a través de los organismos multilaterales de crédito, que distorsionan y traicionan el logos cósmico y espontáneo del mercado y la competencia. El capitalismo liberal se legitima y reivindica cuando el progreso generado alcanza al mayor número de implicados (en este caso personas y países del mundo). El estilo globalizador que Stiglitz cuestiona ha traicionado la racionalidad casi sacramental del sistema liberal capitalista. Como él señala: “Es una hipocresía pretender ayudar a los países subdesarrollados obligándolos a abrir sus mercados a los bienes de los países industrializados y al mismo tiempo proteger los mercados de las economías centrales porque hace a los ricos cada vez más ricos y a los pobres cada vez más pobres. Los gobiernos deben y pueden adoptar políticas que orienten el crecimiento de modo equitativo. Reglas justas y equitativas tienen que atender tanto a los más pobres como a los más poderosos, para reflejar un sentimiento de decencia y justicia social. Los procesos democráticos deben asegurar que se escuche y responda a los deseos y necesidades de los afectados por políticas y decisiones adoptadas en lugares distantes”.

La experiencia de Stiglitz, como funcionario de Clinton (1993) y del BM (l997-2000), lo tuvo como espectador privilegiado de la transición rusa al capitalismo liberal  y de las crisis financieras que estallaron en el sudeste asiático. Pasa su mirada por Malasia, China, Indonesia, Rusia y repasa los hechos económicos que las sacudieron, volteando gobiernos, condenando a millones de personas al hambre y la pobreza, provocando miles de muertes y actos de violencia y represión. Stiglitz desnuda las políticas tendenciosas del FMI y el Tesoro de los EEUU y el rol de los medios de comunicación en todo este drama. Todo su libro es un testimonio sobrecogedor.

En un reportaje reciente realizado por las periodistas María Seoane y Telma Luzzani le preguntaron a Stiglitz: “En su libro usted deja claro que los errores del FMI provienen de decisiones políticas. ¿Qué sectores influyen y sacan provecho de esas decisiones?. Stiglitz: “Hay algunos casos en los que puede hablarse de errores de criterio. Yo lo que planteo es que los errores son tendenciosos. El FMI sistemáticamente se preocupa más por la inflación que por el desempleo porque su lógica va en esa dirección. Lo que yo trato de hacer comprender es que el Fondo se inclina demasiado hacia la contracción y esto provoca caída de la economía, pérdida de empleos, deterioro o interrupción de la educación y un incremento peligroso de la desnutrición. El FMI conmina y sentencia: ‘No deben dejar de cumplir con la deuda (pagos de capital e intereses de la deuda externa). Deben honrar sus acuerdos’. Pero resulta que cumplir con el contrato de crédito significaba romper con otro acuerdo igualmente importante, el contrato social de un gobierno con su pueblo; mantener empleos para los trabajadores, garantizarles seguridad social.”

Más adelante y en el mismo reportaje, Stiglitz  adelanta su visión sobre los distintos intereses y lobbies que se mueven en el mundo financiero internacional y particularmente en EEUU, tratando de influir sobre la Casa Blanca, Wall Street, el Departamento de Estado o el Tesoro; para alcanzar sus intereses sin importarles si ello provocará la desestabilización de un país o una región. En general, concluye, los nombrados han sido excesivamente miopes, no midieron las consecuencias.

 “¿Cómo se pueden frenar fuerzas tan poderosas?”. “El problema es que los que se benefician se hacen oír mucho más que la gran mayoría que se perjudica. En esto la prensa tiene un rol fundamental. Es importante que la gente sepa lo que pasa. Hay que tratar de movilizar un espectro amplio de opinión pública. Porque una vez que se moviliza puede llegar a cambiar las cosas considerablemente.”

“En su libro Ud. dice que la ciencia económica puede hacer mucho por los pobres”. “ Por eso la democratización es tan importante. Si hay debates y discusiones sobre las distintas alternativas cuando éstas se dan a conocer, ahí la gente dice: Ajá, esta política tiene tales consecuencias.....Ummm...A ver esta otra....y así la gente puede elegir con su voto cuál le parece mejor.”

 “Normalmente los economistas hablan en jerga y después sentencian: Esto es lo mejor para nuestro país.” “Por eso, tan importante como que los economistas plateen las alternativas es que la sociedad civil exija escuchar cuáles son para poder elegir las que las beneficien. Tiene que haber más compromiso. No decir ‘Esto es muy complicado, se lo dejamos a los expertos’. Porque los expertos que eligen son siempre de la comunidad financiera y ven al mundo desde su punto de vista. Dicen: ‘Confíen en nosotros’. Claro, siempre desde su perspectiva, que no siempre coincide con lo que elegiría la mayoría.”.

 “ ¿Y qué hacemos con el miedo al FMI?”. “Ya le dije: primero reconocer que lo que va a atraer a los inversores a la larga es el éxito. Y el crecimiento. No se atrae inversores cuando hay depresión. Y si el FMI aconseja tener depresión no le va a servir para nada.”

Sin duda Stiglitz pegó una terrible patada al tablero y advirtió a la Argentina: “La plata del FMI no ayudará en absoluto a reactivar sus empresas. Mucho menos la ayudará para salir de su crisis”. Con el blindaje primero y el megacange después del FMI, durante el gobierno de De la Rúa en 2001 se fugan del sistema financiero más de 20.000 millones de dólares. La “ayuda” del FMI se interrumpe cuando comenzaba la estampida de depósitos domésticos, igual como había sucedido en los grandes temblores del sistema financiero global y en particular en sudeste asiático. También en el Brasil de Cardoso con una fuga de 30.000 millones de dólares. Stiglitz asegura que  esto es intencional, son ‘capitales buitres’ sin control, que son chupados para financiar los monumentales déficits no sólo de los EEUU sino también de las principales potencias del mundo. Las respuestas de los afectados fueron corralitos, represión, retroceso a los tiempos del trueque, destrucción de los sistemas financieros locales, pobreza y miseria que se llevaron por delante a gobiernos enteros.

El jueves 15 de agosto de 2002 en el diario El País de España Stiglitz realiza comentarios sobre la economía de Brasil y en una suerte de parábola futbolera compara el fútbol sin futuro de Brasil para el campeonato mundial reciente de Corea-Japón y la realidad sorprendente de Brasil campeón del mundo nuevamente. De la misma manera, la vibrante democracia y la fuerte economía brasileña saldrán airosas de las turbulencias por las que atraviesan. Menciona como ejemplo a Arminio Fraga quien ha conducido desde el Banco Central la política monetaria y fiscal de manera sólida y consensuada. Los principales rivales en las próximas elecciones la abalaron y promueven su continuidad. También abalan todos los candidatos importantes que los mercados son el centro de una economía de éxito pero el papel del gobierno regulándolos es central y cita como ejemplo la privatización de las telecomunicaciones, que incluyó una fuerte competencia y una gran política regulatoria. Brasil que viene privilegiando su propia industria nacional ha logrado por ejemplo producir uno de los mejores aviones del mundo. Hace 10 años, el 20%  de los niños en edad escolar no asistían al colegio; esa cifra ha descendido al 3%. Hay una fuerte reforma agraria basada en el mercado que cuenta con el apoyo del BM. Seguro que se va ha profundizar y con ello las regulaciones. Brasil tiene un sistema de cambio flexible su moneda no está sobrevalorada. Brasil, en suma, ha sabido aprovechar las oportunidades y aunque tenga deficiencia, no se dejó atrapar por una ideología (el “Santo Mercado”) ni por una ciencia económica groseramente simplista (las recetas de los organismos multilaterales de crédito). Brasil plantea un amplio consenso nacional tras una economía de mercado equilibrada y regulada por la democracia. Sin duda que Brasil tiene una debilidad, es el elevado nivel de desigualdad, pero también es cierto que hay un fuerte consenso político social y del actual gobierno para resolverlas.

Termina diciendo Stiglitz en el artículo de referencia: “Puede que la victoria de Brasil en el mundial no tenga nada que ver con estas reformas, pero la creatividad de ese equipo ganador si dice mucho acerca del espíritu del país”.Las palabras de Stiglitz que encabezan este artículo fueron dichas en la reciente visita del premio Nobel de Economía a nuestro país. Aquí evaluó un contexto de apremios derivados de la crisis que tiene más relación con nuestras decisiones políticas que con el esperanzado salvataje de los entes de créditos internacionales. Según Stiglitz, los argentinos tenemos que animarnos a desarrollar nuestro programa productivo propio generador de riquezas y trabajo sustentable.

Sin políticas nacionales y populares fijadas desde los propios intereses argentinos sólo nos espera: la dependencia, la humillación, la miseria, el caos social y la amenaza constante de un estado de guerra de todos contra todos para terminar  liquidando la nación.       


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