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Viernes 31 de octubre de 2003

 

Los conservadores de EEUU agitan la amenaza del avance del comunismo en América Latina

El espectro del "eje rojo"

Por Michela Romani

Lula da Silva, en Brasil, Néstor Kirchner en Argentina, Lucio Gutiérrez en Ecuador, Hugo Chávez en Venezuela y Fidel Castro en Cuba. Los sectores más conservadores de la Administración estadounidense ven en estos hombres los líderes de un presunto "eje rojo", una alianza estratégica para difundir el comunismo en América Latina. Una tesis que se basa en la idea de una profunda afinidad entre estos líderes y que no parece capaz de describir la realidad del subcontinente.

Dos de los principales artífices de la adaptación latinoamericana del ya famoso "eje del mal" son Roger Noriega, secretario de Estado adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental, y Otto Reich, quien ocupó este cargo hasta el pasado mes de enero y actualmente es asesor de la Casa Blanca para Latinoamérica. Ambos son conocidos por sus posiciones ultra-conservadoras, sobre todo con respecto a todo lo que ataña a los asuntos latinoamericanos.

Reich y Noriega parecen estar convencidos de que en estos cinco países, a los que habría que sumar Bolivia en el caso de que Evo Morales llegara al poder, se trama en menor o mayor medida para propiciar la llegada del comunismo en la región. Fidel Castro sería la cabeza pensante de este presunto complot internacional, mientras que Chávez sería el que pone el dinero, recavado del petróleo venezolano . Lula sería quien ofrece la imagen pública, mientras que los papeles de los demás están menos definidos.

El respaldo a esta tesis se concentra en Miami, entre los círculos anticastristas y también entre los venezolanos antichavistas que cada vez más eligen a Florida como refugio cuando deciden irse de su país. Un ejemplo paradigmático es Carlos Fernández, ex presidente de la patronal venezolana Fedecámaras, cuya profunda fe en la ingerencia de La Habana en la complicada situación política de Venezuela pudo comprobar Americaeconomica.com en diferentes coloquios.

Castro y Chávez. Las óptimas relaciones que unen a Castro y Chávez son evidentes. Los convenios en materia de petróleo, salud y educación entre ambos países y las frecuentes declaraciones que los dos líderes suelen hacer con respecto a su amistad y coincidencia de objetivos no son una novedad. También son notorias las escaramuzas verbales que enfrentan a La Habana y a Caracas con Washington. Pero las coincidencias terminan aquí.

Las relaciones bilaterales que los Gobiernos cubano y venezolano mantienen con la Administración estadounidense no son las mismas. En las últimas semanas, la tensión entre Venezuela y EEUU ha ido creciendo a raíz de las denuncias de presuntas ingerencias de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense (CIA) en el conflicto político del país bolivariano.

Pero todo esto no ha afectado al hecho de que Venezuela sigue siendo uno de los principales proveedores de petróleo de EEUU. Durante la guerra de Irak, y pese a las declaraciones de Chávez contra el "imperialismo yankee", Caracas hizo todo lo que pudo para convencer a la Administración estadounidense de que podía confiar en Petróleos de Venezuela (Pdvsa). La empresa petrolera estaba en fase de recuperación tras la huelga que casi la paralizó durante dos meses. El Gobierno hizo limpieza política en la gerencia de la compañía. Una de las prioridades de los nuevos directivos chavistas fue la de asegurar a Bush que podía contar con el petróleo venezolano mientras seguía con la tan vituperada invasión de Irak.

Lula el pragmático. Aún más inverosímil resulta la idea del eje rojo cuando se mira hacia los otros presuntos participantes. Si se observa el camino hecho por el Gobierno brasileño durante este primer año, no se ve ningún síntoma de que el presidente Lula esté preparando el terreno para la revolución. El líder del izquierdista Partido de los Trabajadores (PT) ha actuado con extrema moderación en el campo económico, asumiendo como prioridad la de devolver la confianza a los mercados financieros internacionales. "El Fondo Monetario Internacional (FMI) está encantado con Lula", manifestó a este diario un alto directivo de un banco español con inversiones en Brasil. Y de hecho esta semana el Fondo y las autoridades brasileñas han iniciado las negociaciones para la firma de un nuevo acuerdo que, por lo menos de momento, no se prevé problemático.

Lula ha realizado una visita oficial a Cuba y se ha entrevistado con Castro, negándose a recibir a los disidentes. Quizás Washington se lo haya tomado como un desafío, pero el presidente brasileño ha explicado en más de una ocasión que el proyecto de integración latinoamericana no se puede concebir a partid de la exclusión de Cuba. Además, hay que recordar que antes de viajar a la isla el mandatario brasileño puso dos condiciones a Fidel: que durante su comparecencia conjunta ante la prensa no pretendiera hacer uno de sus habituales e interminables monólogos y, sobre todo, que el acto de su bienvenida no se transformara en una multitudinaria manifestación anti-Bush.

Los equilibrios de Kirchner. En cuanto a Kirchner, la idea de que el líder peronista aspire a capitanear la instauración de una sistema comunista en Argentina y alrededores es por lo menos arriesgada. El presidente ha dado una tímida virada a la izquierda con respecto al Gobierno de su predecesor y mentor, Eduardo Duhalde. Pero negocia con el FMI, está en pleno proceso de reestructuración de su deuda exterior en default y, pese a los altercados, también negocia con las empresas concesionarias de los servicios públicos privatizados el polémico aumento de las tarifas. Y no se puede olvidar que el renovado consenso con el FMI fue posible gracias al respaldo del presidente Bush, quien también aconsejó a Kirchner que negociara con igual firmeza la reestructuración de la deuda austral.

La pasada semana, Kirchner recibió dos invitaciones. Una era para la séptima Conferencia de las Américas organizada por el diario The Miami Herald en Miami. La otra, para el XXIII Congreso de la Internacional Socialista (IS) que se celebró en Brasil. Finalmente, el presidente anunció que no participaría en ninguno de los dos actos. No quiso ser el primer peronista invitado en un congreso de la IS. Y también se negó a ir a Miami, donde, además de Reich y Noriega, le esperaban los grupos anticastristas para pedirle explicaciones por el acercamiento entre Buenos Aires y La Habana.

En su lugar viajó a Florida el vicepresidente argentino, Daniele Scioli, quien participó en un almuerzo privado con el subsecretario de Estado estadounidense. Mientras, el ministro de Economía, Roberto Lavagna, aprovechaba una reunión del G-20 en México para pedir el apoyo del secretario del Tesoro de EEUU, John Snow, a las negociaciones entre el Gobierno argentino y los acreedores de su deuda.

Lucio se modera. En la Conferencia de Miami estuvo Lucio Gutiérrez. El mandatario ecuatoriano, elegido gracias a un discurso electoral muy izquierdista y al contundente apoyo de la Coordinadora Indígena de Ecuador, ha moderado fuertemente su actitud desde que está en la Presidencia. Hasta el punto que este verano la Coordinadora le retiró su respaldo y que, actualmente, las asociaciones campesinas e indígenas amenazan con empezar un periodo de movilizaciones si el presidente sigue con su política de estudiante modelo del FMI.

En Miami, Gutiérrez pidió comenzar las negociaciones para un Tratado de Libre Comercio (TLC) bilateral entre Ecuador y EEUU. La ministra ecuatoriana de Comercio Exterior, Ivonne Juez de Baki, ha viajado recientemente a Washington para explorar las posibilidades de ampliar las relaciones con los estadounidenses. Así que pese a las críticas que Gutiérrez ha lanzado contra el FMI y a su periódicas declaraciones antisistema, de nuevo parece que la situación no autoriza a augurar una próxima revolución marxista en el país suramericano.

Evo Morales inquieta a EEUU. La situación de Bolivia preocupa a Washington desde que su hombre de confianza en La Paz, el ex presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, tuvo que renunciar por las protestas populares que azotaron la nación andina durante casi un mes. La preocupación estadounidense, sin embargo, no ataña al flamante mandatario, Carlos Mesa, sino al líder opositor Evo Morales, sindicalista cocalero que el año pasado estuvo a punto de ganar las elecciones a Lozada. Morales, quien recientemente propuso una reunión entre Lula, Chávez y Castro sobre "la soberanía energética de América Latina", también se opone a la erradicación de las plantaciones bolivianas de coca y no es ajeno a pronunciamientos anticapitalistas y de claro corte antiestadounidense.

Pero Evo Morales no es el presidente de Bolivia. Y nadie puede ahora hacer previsiones sobre cómo podría cambiar su discurso una vez que logre entrar en los palacios del poder de La Paz.

¿Qué tienen en común estos líderes? ¿Dónde está el hilo conductor a lo largo del que los neoconservadores estadounidenses tejen su discurso alarmista sobre América Latina? La respuesta es casi obvia: la política exterior. La oposición al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), por lo menos en la forma que quiere darle EEUU.

Desde que Lula ha llegado a la Presidencia de Brasil, los proyectos de integración latinoamericana han retomado fuerza y vigor. Lula y Kirchner sueñan con un Mercosur fuerte que pueda ser el eje de una más amplia integración comercial, económica y política de toda Sudamérica.

Brasil capitanea la revuelta de los demás países contra la imposición de negociaciones comerciales que sólo incluyen los temas que interesan a EEUU y desvían cuestiones fundamentales como la eliminación de lo subsidios agrícolas al marco de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Argentina no quiere tener un papel secundario y ha advertido a Washington que ni se le ocurra pensar en un ALCA sin Brasil, saliendo al paso de las veladas amenazas lanzadas por el representante estadounidense de Comercio, Robert Zoellick.

Venezuela y Cuba comparten el lenguaje agresivo contra el ALCA, pero Cuba no estaría incluida ni aunque lo quisiera, mientras parece muy poco probable que Caracas pudiera de verdad quedarse fuera de la que será el área de libre comercio más grande del mundo, de Canadá a la Patagona argentina. Gutiérrez clama por un ALCA más justo y advierte que el fin de las ayudas agrícolas de las naciones ricas a sus agricultores es una condición necesaria si se quiere poner en marcha este tratado.

El protagonismo de Brasil en los temas comerciales, además, se ha extendido fuera de la región latinoamericana. En la conferencia de la OMC que tuvo lugar el pasado mes de septiembre en Cancún (México), la nación suramericana se puso a la cabeza del llamado G-22, un grupo de naciones en desarrollo y pobres que reclama un comercio mundial más justo. Las negociaciones Cancún fracasaron cuando el G-22 se negó a ceder a las presiones de Europa y EEUU para hablar de temas relativos a las inversiones institucionales y otros asuntos antes de haber encontrado un acuerdo sobre los temas agrícolas.

Tras el fracaso de Cancún, las presiones de Washington sobre los países latinoamericanos para que el ALCA esté a punto para enero de 2005 han aumentado. Y en los eslabones más débiles de la cadena, esas presiones han funcionado. Perú, Ecuador, Costa Rica y Guatemala han abandonado el G22. Y Centroamérica está negociando un TLC bilateral con EEUU que Washington quiere utilizar como esquema para las negociaciones sobre el ALCA.
Brasil, Argentina, Venezuela y Ecuador, quien más quien menos, mantienen firme su resistencia. Y repiten que el ALCA se hará, pero de manera que sea ventajosa para todos y no sólo para el gigante del norte.

A la Casa Blanca no le queda más que tomar nota de quiénes son los díscolos. Y Noriega y Reich son los encargados de construir el paradigma que permita estigmatizarles para que pierdan credibilidad y capacidad de liderazgo en la región. Sobre todo Lula, quien en un sondeo realizado entre los líderes de opinión latinoamericanos por la empresa Zogby International y por la Miami School of Business Administration ha resultado ser el mandatario mejor valorado de la región, con un 69% de aprobación. La misma encuesta reveló que un 87% de los entrevistados considera "negativa" la política de Bush hacia América Latina.

El miedo al eje rojo no parece ser mucho más que una estrategia de EEUU en el intento de no perder su hegemonía sobre América Latina. El socialdemócrata Ricardo Lagos, presidente de Chile, no ha sido incluido en la lista negra de Noriega y Reich. Y el próximo enero entrará en vigor el TLC entre Chile y EEUU. ¿Una simple casualidad?

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