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Viernes
12 de marzo de 2004
El
PIB per cápita de los más ricos es 121 veces
superior al de los más pobres
Una
globalización más justa: difícil pero no imposible
Por
Jorge Coarasa *
A menudo
se atribuye al conjunto de fenómenos conocidos como globalización
que (al haber propiciado una mayor interdependencia mundial y una
mayor libertad para el intercambio de información, bienes,
servicios y capitales) se haya abierto la posibilidad de obtener
grandes beneficios económicos a todos aquellos que se inserten
en la economía internacional. Sin embargo, cuando se evalúan
los efectos de la globalización algunas de sus ventajas teóricas
parecen atenuarse.
Según
el informe de la Comisión Mundial Para la Dimensión
Social de la Globalización, presentado en Londres el pasado
24 de febrero, el crecimiento del PIB global fue de apenas un 0,08%
y en términos per cápita sólo 16 países
en desarrollo lograron crecer a una tasa mayor al 3% entre 1985
y 2000. Lo anterior ha provocado el aumento de la brecha de ingresos
entre países, ya que el PIB por persona promedio de los más
ricos ha pasado de representar 54 veces el de los más pobres,
en 1960, a 121, en 2002. Datos como éstos llevan a dicha
Comisión a señalar la necesidad de replantear con
urgencia las políticas e instituciones a nivel mundial con
el fin de lograr una globalización más justa e integradora.
Las recomendaciones formuladas en el informe “Por una globalización
más justa: crear oportunidades para todos”, van dirigidas
hacia dos objetivos centrales: conseguir Estados más efectivos
(con capacidad para proporcionar una protección social adecuada
y responder a objetivos tanto sociales como económicos) y
una mejor gobernanza global (con normas más justas que se
apliquen equitativamente y organismos internacionales más
representativos y democráticos que rindan cuentas ante la
gente con mayor coherencia política). Se reconoce que estos
objetivos son ambiciosos, pero viables, ya que los recursos y medios
necesarios existen y se hace hincapié en que no se proponen
soluciones milagrosas ni sencillas porque no existen.
Durante sus dos años de trabajo, la Comisión llevó
a cabo diálogos y debates en 20 países con el fin
de que círculos empresariales, laborales y representantes
de la sociedad civil tuvieran la oportunidad de expresar sus puntos
de vista. En el informe se señala que, a pesar de la variedad
de opiniones, se encontró un común denominador en
las preocupaciones acerca del empleo. Dichos temores se corresponden
con las últimas cifras publicadas por la Organización
Internacional del Trabajo (OIT), en las que el porcentaje de desempleo
a nivel global del año pasado es el más alto jamás
registrado, la “economía informal” sigue aumentando
en los países con bajo crecimiento del PIB y el número
de “trabajadores pobres” en el mundo se mantiene constante.
Con base en esta evidencia, la Comisión señala que
el empleo no ha recibido la prioridad debida en el contexto mundial
y recomienda que el “trabajo decente para todos” se
convierta en un objetivo global a conseguir a través de políticas
complementarias en los ámbitos nacional e internacional.
En el terreno estatal, los gobiernos deberían buscar políticas
macroeconómicas con el objetivo de crear empleos en su seno;
y en el internacional los organismos competentes (Naciones Unidas,
Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional y Organización
Mundial del Comercio) deberían trabajar de manera coordinada
con la OIT para adoptar “iniciativas de coherencia política”,
la primera de las cuales debería abordar la cuestión
del crecimiento global, la inversión y la creación
de empleo. Partiendo de esa base, se podrían desarrollar
iniciativas similares para tratar otros aspectos sociales, como
la migración, identificada como otra preocupación
recurrente en los sondeos realizados.
Ante una coyuntura internacional en que el debate público
sobre la globalización se ha convertido en un diálogo
de sordos tras el estancamiento de negociaciones internacionales
clave y el frecuente incumplimiento de compromisos internacionales
en materia de desarrollo, la Comisión pretende enviar un
mensaje crítico, pero positivo, que permita acabar con el
actual impasse “centrándose en las preocupaciones y
aspiraciones de la gente y en las distintas maneras de aprovechar
mejor las posibilidades que brinda la propia globalización”.
La dimensión social de la globalización es aquélla
que afecta a la vida diaria de la gente y, si no se atienden los
desequilibrios actuales, el mundo se enfrenta a una disyuntiva claramente
expresada por la presidenta de Finlandia, Tarja Halonen, y el presidente
de Tanzania, Benjamin Mkapa, copresidentes de la Comisión:
“Podemos intentar solucionar el déficit de gobernanza
global que existe en el mundo actual, garantizar la rendición
de cuentas y adoptar políticas coherentes que forjen el camino
hacia una globalización justa y equitativa, tanto dentro
de los países como entre ellos, o podemos dar rodeos y dejar
que el mundo se vea sumido en nuevas espirales de inseguridad, problemas
políticos, conflictos y guerras”.
*Economista mexicano
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