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Viernes
12 de marzo de 2004
EEUU
y Francia tienen una deuda con el país caribeño
La
orfandad de Haití
Por
Luis Méndez Asensio*
Tras lo sucedido
en Haití, sorprende que haya todavía analistas que
mantengan que la vuelta a la normalidad de ese país pasa
por la celebración de elecciones democráticas. No
se trata de cuestionar la importancia de las urnas, pero de ahí
a plantear que el gran problema de Haití es la falta de pluralismo
político, media un abismo.
La gran tragedia de la isla caribeña es que nunca ha podido
salir de la prehistoria, en parte por el despotismo con el que se
ha comportado muchas veces su clase dirigente y en parte por la
voracidad de las potencias coloniales, Francia y EEUU, que sólo
se han movido en defensa propia desde que dejaron oficialmente de
tutelar al país, aunque siguieran marcando su rumbo político
y económico.
Con un pueblo como el haitiano, instalado en la miseria y el analfabetismo,
difícilmente se pueden construir armazones sociales. Ni mucho
menos levantar instituciones sólidas, duraderas, porque las
necesidades primarias, que son muchas, nublan, y de qué modo,
todas las demás aspiraciones. Haití es el país
más pobre de América Latina y lo lleva siendo desde
hace mucho tiempo, probablemente desde el mismo día de su
independencia, que fue la primera del continente americano.
Los haitianos
no sólo emigran al paraíso estadounidense, sino sobre
todo a la vecina República Dominicana, que es a su vez una
nación deprimida y exportadora de mano de obra. Allí,
además de la explotación de rigor, los haitianos padecen
el racismo de los dominicanos que, a pesar de ser mayoritariamente
negros, se jactan de tener la piel más clara que sus vecinos.
Cómo estarán las cosas en su país cuando los
haitianos prefieren, pese a todo, irse a vivir a República
Dominicana.
Es en este contexto de carencias seculares, profundas, en el que
hay que ubicar los recientes acontecimientos que provocaron la caída
del presidente Jean Bertrand Aristide, y no en aspectos formales
que en nada contribuirán a la mejora real del país,
porque los paramilitares que se alzaron contra el antiguo cura salesiano
llevan también al tirano en la sangre. Y, más temprano
que tarde, con urnas o sin ellas, acabarán excediéndose.
Mientras no se produzcan cambios radicales, Haití no levantará
cabeza. Y para ello se necesitan inyecciones económicas que
hagan posible, entre otras cosas, que los niños vayan a la
escuela en vez de vagar por las calles emulando a los pistoleros
que abundan en una isla donde las armas se consiguen con una facilidad
pasmosa.
EEUU y Francia tienen una deuda con Haití. Y ya es tiempo
de que comiencen a sufragarla con ayudas contantes y sonantes, bien
administradas, que sirvan para aliviar la hambruna y la ignorancia,
pero también para capacitar a los funcionarios, desde el
policía hasta el contable. Sin embargo, es muy probable que
ninguno de esos dos países muestre mayor interés por
Haití cuando se hayan tranquilizado las cosas. Hasta que
el futuro dictador sobrepase otra vez todos los límites y
los paramilitares de turno comiencen a darle al gatillo mientras
la mayoría de la población se traga otro capítulo
de su interminable drama sin esperar nada a cambio.
Por
lo pronto, Haití ha gestado un nuevo chivo expiatorio en
la figura de Aristide, al que sus enemigos culpan de todos los males
de la isla. El ex sacerdote nunca recuperó su credibilidad
después de que la oposición denunciara que se habían
cometido irregularidades en las elecciones legislativas de 2000
y EEUU decidiera suspender la ayuda internacional hasta que Aristide
negociara con sus adversarios. Que a EEUU le escandalice el extravío
de unos cuantos votos y que no se inmute ante el derrumbe cotidiano
de los isleños, es toda una metáfora de los tiempos
que corren.
Por ello, los recién llegados al poder pondrán más
empeño en decorar el escenario haitiano que en buscar soluciones
perdurables para su país. Son conscientes de que el escaparate
lo es todo y de que basta con una sola convocatoria electoral, bajo
la supervisión de la OEA o de la ONU, para que las grandes
potencias hagan la vista gorda por un buen rato.
*
Periodista y Escritor
Agencia de Información Solidaria
HTT
PLT
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