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Viernes 12 de marzo de 2004

 

DESDE EL MALECON CON...

Si en Cuba hablasen las estatuas

Por Aurelio Pedroso
(La Habana)

 

O si al menos tuviesen la deidad de protestar, ya a estas alturas tuviésemos una muy singular reunión entre Miguel de Cervantes. John Lennon y Johann Strauss, y muy probablemente bajo los auspicios de Ernest Hemingway.

Esta semana hemos conocido el robo del violín al afamado compositor austríaco del parque capitalino de Línea esquina a calle G, en El Vedado (La Habana), un hermoso regalo del municipio de Viena en 2002.

Ahora, quienes pasen por allí verán sólo el pedestal porque la figura ‘humana’ debió ser traslada a otro sitio, vaya usted a saber si con el mismo propósito que aquellas gafas sustraídas por partida doble al ex Beatle John Lennon: aplicarle una soldadura a prueba de terremoto devastador.

Por fortuna, a los antisociales, que en otra época se les llamaba mataperros, un avispado policía les capturó tal vez por estimar que tamaño violín de “oro” no les pertenecía a la pandilla que tranquilamente caminaba en pos de otro concierto para nada musical.

Y allá, por la Habana Vieja, en el parque de San Juan de Dios, y casi en el más absoluto silencio, hasta hace cierto tiempo el Manco de Lepanto no podía escribir ni un par de líneas porque otros amigos de lo ajeno escalaban el monumento y le robaban la pluma.

De “material de estudio” tendrá que servir esa ya antológica imagen cinematográfica del filme cubano Suite Habana en la que el custodio (vigilante) protege las gafas de la estatua del beatle asesinado llueva, truene o relampaguee.

Hemingway de seguro les invitaría a su nuevo aposento en El Floridita, donde ahora descansa en su esquina acostumbrada una impresionante estatua capaz de echarle al suelo las mariquitas de plátano a una francesa camino del tercer Daiquirí. Y en ese hipotético encuentro les hará risas cuando Cervantes le cante que “no se sienta su ilustrísima tan seguro”.

Detalle curioso que esta última avalancha ha ocurrido con personajes extranjeros y ningún nacional se ha visto afectado.

El asunto de los monumentos en Cuba daría pie para una suerte de relatos sorprendentes. Desde aquel proletario forzudo y desnudo que en su tiempo un alcalde mandó a esculpir en bronce en el poblado ultramarino de Regla hasta una famosa vaca lechera que se ganó otro para la posteridad. Resulta que según Lino Betancourt en su libro aún no publicado “Cien curiosidades turísticas cubanas” las damas se sonrojaban al apreciar el tamaño de los testículos del obrero y a tanta insistencia no hubo otra alternativa que cercenarle sus bolsas para entonces pasar a la historia como el único monumento de hombre defenestrado.

Historias abundan, como la del corrupto ex presidente y entregado en cuerpo y alma al imperio, Don Tomás Estrada Palma. La embestida popular arremetió contra el monumento y sólo le dejaron los zapatos hasta hoy día. U otra más conocida y estandarte antigringo para varias generaciones: los marines yanquis borrachos en los hombros del apóstol José Martí en pleno Parque Central.

De monumentos profanados o curiosos hay bastante tela por donde cortar. Lástima que no puedan expresarse. Eso corresponderá a los que aún vivimos.

 

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