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Viernes
de abril 23 de 2004
Las
empresas internacionales pagan la caída de la popularidad
de los presidentes de Latinoamérica
Impuestos
para mejorar la imagen
Por
Gema
Velasco
Kirchner, Toledo, Lagos, Fox, Mesa..., hasta el mismísimo
Lula da Silva, el mandatario con más tirón en Latinoamérica,
está perdiendo popularidad entre sus conciudadanos. Y encima
poco pueden hacer por ganar puntos porque el FMI mantiene a todos
los gobiernos del subcontinente encorsetados en sus famosas recetas
de ahorro fiscal. Tienen que obtener dinero para financiar algunos
de los programas electorales que les concedieron el triunfo en las
urnas. Pero, ¿de dónde? Las empresas internacionales
parece que son las que van a pagar parte de la remontada de esta
nueva hornada de presidentes. Los impuestos son el arma recaudatoria
elegida.
Casi
todos los países han optado últimamente por incrementar
los impuestos o crear otros nuevos que graven actividades en las
que las compañías extranjeras tienen una presencia
destacada. Es una fórmula impopular entre los inversores
internacionales, pero no tanto entre la población ya que
en la mayoría de los casos el anuncio del incremento de los
impuestos va acompañado o precedido de una retahíla
de críticas a la actitud de las compañías foráneas.
Los
discursos contra el capital extranjero, y en algunos casos particularmente
contra el español, se suceden, se rentabilizan y se alientan
desde muchos sectores de la sociedad. Los
ataques se centran sobre todo en la falta de inversión en
infraestructuras, en su poco afán por financiar el tejido
productivo (en el caso de los bancos), y en su nula intención
de contribuir al desarrollo de los mercados bursátiles latinoamericanos:
en cuanto pueden se van. Ahí está, por ejemplo, el
reciente caso del banco español BBVA que sacó a su
filial mexicana Bancomer de la Bolsa de Valores doméstica,
y posteriormente hizo lo mismo con su subsidiaria argentina.
Las
empresas más castigadas actualmente por la necesidad recaudatoria
de los gobiernos del subcontinente son las energéticas, algo
que ocurre además en plena crisis del sector en naciones
como Argentina, Chile, o República Dominicana.
En
el país austral la española Repsol YPF se llevó
un gran susto cuando a finales de marzo comenzaron a escucharse
con insistencia rumores sobre un posible aumento de los impuestos
a las exportaciones. Pero finalmente Kirchner parece que ha dado
marcha atrás ante la gravedad de la crisis energética
que sufre Argentina, y
de paso ha aprovechado para dar un pequeño disgusto a Washington.
El ministro de Economía, Roberto Lavagna, anunció
esta misma semana que el superávit primario excedente (el
que sobre pasa a la meta pactada con el FMI del 3% del PIB) no se
destinará a mejorar la oferta de reestructuración
de la deuda, tal y como le gustaría a EEUU, si no a solucionar
problemas internos. Entre ellos se mencionó la posibilidad
de reducir los impuestos a la exportación.
La
situación en el país de La Pampa es tan extrema
que el propio presidente de Repsol YPF, Alfonso Cortina, ha pedido
en Buenos Aires que se racionalice el consumo de gas natural. Y
advirtió de que la actual tasa de incremento de la demanda
(23% entre diciembre y febrero) entraña inevitables problemas
de abastecimiento. Aun
así, Cortina asegura que Repsol aumentó un 18% su
oferta frente a otras empresas que sólo lo hicieron un 2%.
Es su forma de defenderse de las críticas lanzadas desde
el Ejecutivo por la falta de inversiones realizadas por las empresas
del sector.
Peor
están las cosas en Bolivia. El Gobierno de Carlos Mesa ha
repartido contra todos. Recientemente aprobó su
Ley de Hidrocarburos, un texto que, entre otras cosas, introduce
el Impuesto Complementario a los Hidrocarburos (ICH) lo que obligará
a las petroleras a pagar el 50% de regalías al Estado,
además de los impuestos vigentes. Esta iniciativa afectará
a los 80 contratos ya firmados entre las compañías
del sector y el Estado. El enfado entre las empresas afectadas ha
sido mayúsculo. Tanto que el Gobierno está planteándose
flexibilizar un poco el ICH para evitar más conflictos.
Entre
las compañías afectadas se encuentra, de nuevo, la
española Repsol YPF, la brasileña Petrobras, PanAmerican
Energy, de capital argentino y de EEUU, y la estadounidense Esso.
Pero
Mesa no se ha limitado a exprimir a las petroleras. Sus
deseos de recaudación también se han concentrado en
otros sectores más vulnerables. El gobierno ha aumentado
los impuestos que pagan los comerciantes y el precio de la gasolina.
La población ha reaccionado con violencia y se ha echado
a la calle para protestar por esta situación. El asunto es
grave. No hace ni seis meses que Mesa tomó el poder en sustitución
de Gonzalo Sánchez de Lozada, quien tuvo que salir del país
a toda prisa por el rechazo popular que generó su decisión
de exportar gas natural a través de Chile, país con
el que Bolivia mantiene un histórico conflicto geográfico.
En
Venezuela también las petroleras alimentarán las cuentas
del Estado. Pero en esta ocasión, la iniciativa no afectará
a compañías extranjeras. El objetivo principal es
estrujar al máximo a la empresa estatal Pdvsa, de la que
se dice que es la "caja b" del Gobierno de Chávez.
El mandatario latinoamericano ha anunciado que cambiará la
ley impositiva para conseguir que esta petrolera aporte un 50% más
a los ingresos del estado.
El
Gobierno chileno de Ricardo Lagos tampoco está en su mejor
momento. Su nombre es bastante impopular entre las empresas, especialmente
entre las mineras, que son el gran bastión del país
puesto que su principal fuente de ingresos son las exportaciones
de cobre.
Lagos quiere
cobrar a las empresas mineras un impuesto de hasta el 3% sobre las
ventas brutas de mineral (cobre, oro y plata). La decisión
ha sentado mal en el sector y también ha generado un gran
ruido político, aunque de momento las críticas al
Ejecutivo sólo se escuchan en los pasillos. La oposición
está a la espera de que se detalle el proyecto y se especifique
el destino de la recaudación.
Desde el Gobierno
nadie quiere hablar de impuestos. Prefieren calificar a este nuevo
gravamen como "contraprestación" por la explotación
de recursos naturales no renovables, y que pertenecen al Estado.
A los empresarios del sector, en cualquier caso, no les ha gustado
la idea. Aseguran que esta nueva iniciativa desincentivará
la exploración y pasará factura a la economía
del país puesto que Chile podría perder su ventaja
competitiva en el mercado de exportación de cobre.
Desde
el Grupo Luksic, un gran conglomerado industrial liderado por una
de las familias chilenas más influyentes del país,
tanto politica como económicamente, se asegura que la creación
de esta nueva carga es inconstitucional porque no respeta los principios
de no discriminación en el trato económico e igualdad
ante la Ley Tributaria.
Actualmente
sólo dos de las 10 empresas mineras privadas más grandes
que existen en Chile pagan impuestos: "La Escondida",
propiedad de la australiana BHP Billiton, y "Los Pelambres",
del grupo Luksic. También lo hace la compañía
estatal Codelco.
El sector financiero
también esta constantemente atacado por los impuestos,
igual que son constantes las críticas a los bancos por no
contribuir a través de su política crediticia al desarrollo
de la región. Las peleas por este asunto son especialmente
ruidosas en México. Pero también han comenzado a producirse
en otros país, como Argentina.
Esta misma semana,
el gobernador del Banco Central de Argentina (BCRA), Alfonso Prat
Gay, aseguró que está muy "insatisfecho"
con los bancos por su poca actividad a la hora de conceder préstamos.
Y aquí
de nuevo aparece el problema fiscal. Prat Gay asegura que uno de
los motivos que explican esta actitud es el denominado "impuesto
al cheque" (1,2%), un tributo que según denuncia Ricardo
López Murphy, líder del partido Recrear Argentino
y competidor de Kirchner en las anteriores elecciones generales,
no existe en ninguna otra parte del mundo.
Pero el gravamen
que sí existe en otros países y que, de hecho está
generalizado en Latinoamérica, es el Impuesto a las Transacciones
Financieras (ITF). Esta carga ha sido muy criticada entre los banqueros
y generó gran polémica hace unos meses cuando Perú
lo incorporó a sus normas impositivas.
La presión
de la banca internacional obligó al Gobierno de Alejandro
Toledo a disminuirlo hasta el 0,1%, al igual que lo hizo recientemente
en Brasil. Pero se negó a eliminarlo tal y como le ha pedido
incluso el FMI. Lógico.
Toledo tiene problemas. Su popularidad ha bajado radicalmente. Según
las últimas encuestas cuenta con tan sólo el 8% del
apoyo de la población. Como respuesta ha anunciado que aumentará
el gasto social. El problema es cómo va a financiar esa promesa.
El ITF seguro que le ayudará.
Las relaciones
entre las empresas extranjeras y los países latinoamericanos
parece que son muy complejos. Pero últimamente casi siempre
funcionan con el mismo esquema: los gobiernos se quejan de que no
contribuyen al desarrollo de la región, las compañías
lo niegan. Luego las administraciones, agobiadas por los deberes
impuestos por el FMI, intentan sacarles el máximo partido
recaudatorio. Se produce entonces una pelea, y como consecuencia,
casi siempre las posturas iniciales de los ejecutivos latinoamericanos
se flexibilizan. Parece claro quién necesita más a
quién.
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MCR
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