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Viernes
4 de junio de 2004
Celera
Genomics, acusada de enmascarar su afán de lucro en dudosos
propósitos científicos
Piratas
en los mares del Sur
Por
Edith
Papp*
En nada se parecen a sus antecesores atraídos por el oro
y la plata de los galeones que llevaban hacia Europa los tesoros
del Nuevo Mundo. En sus barcos no ondean las tan temidas banderas
con la calavera y los huesos, y ellos mismos tampoco llevan un parche
en el ojo, ni garfios, ni patas de palo. Nobles propósitos
científicos enmascaran su afán de lucro, y sólo
la vigilancia permanente de los ecologistas y de la sociedad
civil cada vez más alerta ante las tentativas de saqueo de
los recursos genéticos de las naciones pobres permite
desenmascararlos a tiempo.
Se llaman "biopiratas"
y uno de sus representantes más ilustres recorre en estos
meses los mares del Sur recolectando microorganismos con vistas
a controvertidos proyectos de creación de vida artificial
en laboratorio y otros objetivos.
Se trata de
J. Craig Venter, ex director de la empresa estadounidense Celera
Genomics, y conocido desde el año 2000 como el descifrador
del genoma humano, empeñado esta vez en investigar con
el evidente objetivo de patentar luego la enorme biodiversidad
de los océanos y, sobre todo, sus elementos más desconocidos:
los microorganismos marinos, de los cuales sólo se conoce
un 1% en la actualidad, según se afirmó en el Foro
Global de Biotecnología, celebrado en 1999.
Como presidente
del Instituto para las Energías Biológicas Alternativas
(IBEA) un organismo no lucrativo, pero dotado de una extraordinaria
habilidad para obtener generosas subvenciones de entidades como
el Departamento de Energía Venter emprendió,
desde agosto del 2003, un ambicioso proyecto para conocer mejor
los microbios exóticos, considerados como la posible materia
prima para la creación de nuevas fuentes de energía
y nuevas formas de vida.
A bordo de su
barco, que lleva el sugestivo y bien merecido nombre de Sorcerer
II (El Hechicero), el científico realiza actualmente
la etapa sudamericana de su travesía mundial, durante la
cual tiene previsto tomar muestras a cada 200 millas en las aguas
cercanas a México, Panamá, Ecuador y Chile antes de
poner proa rumbo a la Polinesia Francesa, y desplazarse luego a
África y Australia. Antes había recorrido, con idénticos
objetivos, la costa Este de los Estados Unidos, la de Canadá
y el Mar de los Sargasos, en las proximidades de las Bermudas.
Una ONG internacional
con sede en Canadá, el grupo ETC, dedicada a la promoción
de la diversidad cultural y biológica y la defensa de los
derechos humanos, ha denunciado recientemente que las investigaciones
de Venter, financiadas por la administración estadounidense,
se apropian así de los recursos genéticos de las naciones
del Sur, en violación de la Convención sobre Biodiversidad,
que el gobierno de Washington tuvo la precaución de no suscribir
en su momento.
La deliberada
inclusión en el proyecto de territorios especialmente protegidos,
como las Islas Galápagos, con su ecosistema único,
que ha comenzado a provocar protestas por parte de organizaciones
ambientalistas, genera preocupaciones aún mayores ante la
escasa transparencia en la actuación de las autoridades oficiales,
al parecer poco interesadas en proteger la riqueza ecológica
nacional.
Las pesquisas
de este biopirata, además, no sólo plantean la escabrosa
problemática de la soberanía nacional sobre los recursos
biológicos, sino obligan también a preguntarse con
qué objetivo se van a utilizar dichos recursos, una vez que
las muestras lleguen al laboratorios de IBEA en Rockville (Maryland)
y los científicos logren secuenciar la ADN de los microbios.
Lo que hace
aún más peligrosos estos planes, apunta ETC, es que
en ellos convergen dos grandes líneas de la revolución
científica, cuyo predominio conllevará como
lo muestra la actual fiebre de oro para apropiarse de
los recursos biológicos ajenos una nueva ola de saqueo
de las riquezas de numerosos países en vías de desarrollo,
carentes de la capacidad tecnológica y de los recursos financieros
para aprovecharlos en su propio beneficio.
Se trata de
la biotecnología y la nanotecnologia: mientras la primera
lleva ya tres décadas dedicada a introducir genes nuevos
en organismos vivos, la segunda se empeña en construir, molécula
a molécula unas máquinas híbridas
que incorporen elementos vivos y materia inerte, y puedan ser utilizados
industrialmente.
La entidad presidida
por Venter, IBEA, ya alcanzó éxitos notables en este
terreno. Según anunciara en noviembre de 2003 el propio Secretario
de Energía de Estados Unidos, Abraham Spencer, los científicos
de Rockville ya habían ensamblado más de 5.000
bloques de ADN para crear un diminuto virus artificial que infecta
a las bacterias.
Con este antecedente,
agregó el alto funcionario gubernamental en un futuro
no muy distante... podríamos fabricar seres microscópicos
que coman dióxido de carbono, otros que ayuden a que crezcan
árboles en tierras erosionadas y climas hostiles y crear
hidrógeno para los vehículos que mañana se
moverán con combustible celular.
Las perspectivas,
pues, son más que halagüeñas, pero los países
de origen de estos tesoros futuros, una vez más, parecen
condenados a quedar fuera del reparto de los dividendos: cuando
más, podrán ver sus recursos pirateados hacia el Norte
industrializado regresar, a precios prohibitivos, hacia el Sur,
convertidos en inventos realmente útiles y beneficiosos para
la humanidad.
Para que esto
no ocurra, y para que las investigaciones científicas sean
encaminadas de acuerdo con criterios éticos y ecológicos
aceptables para todos, el grupo ETC propone como primer paso una
Convención Internacional para la Evaluación de las
Nuevas Tecnologías en el ámbito de la ONU y una implicación
más profunda de la sociedad civil en el debate y la acción
con respecto a la orientación de la ciencia y al impacto
de las nuevas tecnologías, antes de que se les vayan de la
mano a unos pocos... y todos suframos las consecuencias.
* Periodista.
Agencia de Información Solidaria
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