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Viernes
11de junio de 2004
Los
intereses geoestratégicos se imponen a la solución
de los problemas globales
Ayuda
internacional después del 11 de septiembre: ¿Un retorno
a la Guerra Fría?
Por
Mabel
González Bustelo
El contexto internacional posterior a los atentados del 11 de septiembre
y la guerra global contra el terrorismo, que llevan
a cabo EE UU y sus aliados, ha tenido un fuerte impacto sobre la
ayuda al desarrollo y la asistencia humanitaria a poblaciones en
crisis. La perspectiva basada en la seguridad y en garantizar la
fidelidad de los aliados geopolíticos ha impulsado cambios
en los destinatarios y los objetivos de la ayuda, una mayor politización
y un fuerte incremento de la ayuda militar.
Como
en la Guerra Fría, la ayuda humanitaria se orienta por prioridades
geoestratégicas y se abandona el consenso -alcanzado en los
años noventa aunque nunca cumplido totalmente-, sobre la
lucha contra la pobreza como objetivo prioritario. También
se ha acentuado la tendencia a manipular y politizar la asistencia
humanitaria para poblaciones que sufren conflictos armados y la
prioridad que se otorga a las crisis más mediáticas
como Irak provoca que se olviden otras muy graves.
La
ayuda al desarrollo se está utilizando como instrumento de
política exterior y de seguridad. En primer lugar, se reorienta
hacia los aliados geopolíticos clave, los llamados Estados
de la línea del frente de la guerra contra el terror.
Entre ellos están Armenia, Azerbaiyán, Uzbekistán
y otras repúblicas de Asia Central, así como Pakistán,
Filipinas, Indonesia o, en el continente americano, Colombia (cuyo
conflicto también se ha reinterpretado en clave antiterrorista).
Muchos de ellos son gobiernos autoritarios o corruptos, que no respetan
los derechos humanos y se alinean con el discurso antiterrorista
para recortar libertades y reprimir a la oposición política
y grupos disidentes.
El
caso de Pakistán es el más destacado: no recibía
ayuda antes del 11 de septiembre por el golpe de Estado que llevó
al poder a Pervez Musharraf en octubre de 1999; por realizar pruebas
nucleares; y por violaciones de los derechos humanos. Ahora es uno
de los principales receptores de ayuda estadounidense y de la Unión
Europea, con quien además ha firmado acuerdos comerciales
preferenciales. Washington lo designó en marzo aliado
no perteneciente a la OTAN, un status que le autoriza a comprar
el más moderno armamento a Estados Unidos a precios especiales.
En el año 2000, la ayuda oficial estadounidense a este país
estaba en torno a los 88 millones de dólares. En 2001, había
alcanzado los 775 millones.
El
presidente Bush ha pedido al Congreso, para el año fiscal
2005, un incremento del presupuesto para ayuda militar y de seguridad
que lo situaría en un tercio del total de la ayuda externa:
el mismo nivel que en plena Guerra Fría en los años
ochenta, mientras se reducirán en 400 millones de dólares
los programas fundamentales en asistencia al desarrollo y humanitaria
como educación y salud materno-infantil. La ayuda de Washington
también se ha utilizado para presionar a numerosos países
a firmar tratados bilaterales y comprometerse a no entregar ciudadanos
estadounidenses a la Corte Penal Internacional. Más de ochenta
países han firmado ya. Entre ellos el presidente de Colombia,
Álvaro Uribe, que pocos días después veía
desbloquearse un paquete de quince millones de dólares.
La
cuestión no afecta sólo a Estados Unidos. Existe una
tendencia generalizada a ligar la ayuda a objetivos de seguridad
y lucha contra el terrorismo. La Unión Europea ha incorporado
cláusulas antiterroristas en sus acuerdos comerciales con
Argelia, Chile, Egipto y los países centroamericanos y andinos,
entre otros. Y los presupuestos globales no aumentan lo suficiente
como para absorber esas nuevas prioridades, lo que en la práctica
significa que se están desviando del objetivo de la lucha
contra la pobreza.
La
manipulación y politización tiene especial impacto
en la asistencia humanitaria. Una de las mayores emergencias humanitarias
del mundo tiene lugar en estos momentos en la región de Darfur,
al oeste de Sudán, lejos de la mirada de los medios de comunicación.
Decenas de miles de personas han muerto y más de un millón
han tenido que huir, muchos cruzando el desierto hacia Chad, donde
las capacidades locales se han desbordado. Organizaciones como Human
Rights Watch y el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados
(ACNUR) han hablado de limpieza étnica y de crímenes
contra la humanidad. Pero, según denuncian las agencias de
la ONU, los llamamientos de ayuda para atender esta crisis no se
cubren ni de lejos. Darfur es un ejemplo de la situación
de muchas crisis olvidadas y de los selectivos -y en
ocasiones poco humanitarios- parámetros que guían
la ayuda internacional. No es un fenómeno nuevo, pero ahora
se ha agravado.
Para
cubrir las crisis, la ONU realiza un llamamiento consolidado
interagencias (CAP) al que deben responder los gobiernos donantes.
Pero esos llamamientos se cubren de forma muy diferente según
cuál sea la crisis, su importancia geopolítica o la
presencia en los medios. En el año 2000, se obtuvo más
de lo solicitado para Kosovo. En 2002 el gran beneficiado fue Afganistán,
que aunque recibió la mitad de los fondos totales recaudados,
al año siguiente se le destinó tan sólo una
cuarta parte de lo recaudado el año anterior. En 2003 la
prioridad pasó a ser Irak, que recaudó el 91 % de
lo solicitado, frente a poco más del 40 % para Sudán
o el 24 % para Liberia. Esta orientación de la ayuda por
prioridades políticas y mediáticas rompe con el principio
de imparcialidad, clave de la acción humanitaria porque establece
que la ayuda debe guiarse exclusivamente por el criterio de necesidades.
Los
grandes perdedores de esta situación son los 2.800 millones
de personas que, según el Banco Mundial, viven en la pobreza,
y los muchos millones que sufren conflictos armados y sus efectos
en términos de muertes, desplazamientos, hambrunas y colapso
estatal y económico. Pero al buscarse la seguridad a cualquier
precio puede estar lográndose lo contrario, ya que hay una
relación entre la desesperación causada por la pobreza
y la exclusión, y el auge del terrorismo global y los fundamentalismos
religiosos e identitarios, así como otras formas de violencia.
La
obsesión antiterrorista, paradójicamente, puede lograr
la expansión del terror. Ser efectivos exigiría atacar
sus causas y no agravarlas, y eso significa un compromiso sostenido
con la educación y el desarrollo, normas comerciales más
justas, el apoyo a las libertades y el fortalecimiento democrático,
así como la definición de marcos multilaterales y
normas colectivas para gestionar la ayuda externa de forma que no
sea un mero instrumento al servicio de otros fines.
* Mabel González Bustelo. Analista del Centro
de Investigación para la Paz (CIP-FUHEM). Agencia de Información
Solidaria
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