Viernes 25 de junio de 2004

 

Los buenos datos macroeconómicos animan al FMI a pedir más dinero para los acreedores

La encrucijada de Argentina

Por María Blasco

Argentina sigue dando alegrías, al menos en lo que respecta a sus datos macroeconómicos. El país va tan bien que el ministro de Economía, Roberto Lavagna, ha decidido, por segunda vez en el año, aumentar la previsión de crecimiento para 2004 hasta el 6% desde el 5,5% anterior. Pero, paradójicamente, las buenas noticias han generado una mayor tensión entre el Gobierno argentino y el FMI. El organismo que dirige Rodrigo Rato cree que ahora el país puede ofrecer más a los acreedores, pero Kirchner no quiere. Una vez más, se niega a hacerlo.

A lo largo de toda la semana, los recados desde la Administración argentina al Fondo y viceversa fueron constantes. El momento era propicio. En Buenos Aires (Argentina) se encontraba una delegación del FMI para analizar las cuentas del país con el objetivo de firmar la tercera revisión del acuerdo stand by rubricado en septiembre del pasado año. Pero quizá, el mensaje más contundente, y a la vez el más subliminal, lo envió el organismo que dirige Rato el mismo viernes.

De esta manera interpreta toda la prensa argentina, y muchos expertos políticos, el hecho de que hayan surgido dificultades sorpresa para el desembolso de unos créditos comprometidos por el Banco Mundial (BM) por valor de 700 millones de dólares (575 millones de euros). Creen que se trata de un mecanismo para presionar a Argentina con el fin de que destine más dinero al proceso de reestructuración de la deuda.

Al parecer, algunos miembros del G-7 tienen previsto abstenerse en la votación que tendrá lugar el próximo martes y en la que se tratará la concesión de dos préstamos al país austral, uno por valor de 500 millones de dólares (411 millones de euros) para apoyar la recuperación económica, y otro por 200 millones (164 millones de euros) que tiene como destino financiar infraestructuras.

De momento, se trata sólo de una amenaza que muestra las complicadas relaciones que existen entre el país austral y el organismo multilateral. El FMI y Argentina no se llevan bien. Lo demuestran continuamente. Aunque los acuerdos y las revisiones de los mismos van saliendo adelante con mayor o menor dificultad, tanto el FMI como el Gobierno de Kirchner no dejan pasar una oportunidad para lanzarse advertencias mutuas. El tema de la deuda en default siempre está presente.

Esta semana el ministro de Economía, Roberto Lavagna, pidió al Fondo que no se entrometa en sus negociaciones con los acreedores, mientras la subdirectora del organismo, Anne Krueger, advertía de la poca visión de largo plazo del país austral y el director del organismo, Rodrigo Rato, retomaba el tradicional discurso del FMI y recordaba la necesidad de realizar reformas estructurales.

El FMI en Buenos Aires. Y todo ello ocurría mientras en Buenos Aires se encontraba una delegación del FMI con el objetivo de dar el visto bueno a la tercera revisión del acuerdo firmado en septiembre. Precisamente fue durante un encuentro que mantuvo Lavagna con los técnicos del organismo cuando el ministro de Economía aprovechó para advertir al Fondo que no debe meterse en asuntos ajenos.

Cuando el equipo que dirigen John Thornton y John Dodsworth recordó a Lavagna que era necesario llegar a un acuerdo con los acreedores para la reestructuración de la deuda en default, el funcionario argentino se despachó a gusto y aseguró que "el FMI no tiene que meterse. Sólo tiene que evaluar si la negociación con los tenedores de bonos se hizo de buena fe", pero, a su juicio, es el G7 quien debe tomar una decisión sobre si Argentina actuó correctamente.

Con esta reunión se termina el proceso de revisión del acuerdo. Ahora hay que redactar un texto para que sea estudiado por el Directorio del FMI, órgano que se encargará de evaluarlo para su posterior aprobación (o no). Por el lado de las cifras no tiene que haber ningún problemas, sin embargo Argentina no ha hecho todos los deberes impuestos por el organismo. En concreto le quedan tres: aprobar la ley de coparticipación, renegociar los contratos con las empresas privatizadas y para realizar las reformas en el sector bancario público.

Mientras esto ocurría en Buenos Aires, en Viena (Austria) se celebraba el 60 aniversario del acuerdo de Bretton Woods. Y allí estaba Anne Krueger, quien aprovechó su tribuna para lanzar su particular mensaje a Argentina.

Krueger aconsejó al Gobierno del país austral aprovechar el bien momento financiero internacional para reducir deuda, algo que no hace porque, a su juicio, la Administración Kirchner está demasiado preocupada por el corto plazo. Y quizá sea esta la última oportunidad para aprovechar los bajos tipos de interés, puesto que el presidente de la FED, Alan Greenspan, podría muy pronto decretar un incremento de los mismos.

Y Rodrigo Rato estaba en Japón desde donde también envió una misiva a Argentina, aunque sin nombrarla. El director gerente del FMI recuperó el clásico y reiterativo discurso del Fondo al afirmar que "hay que aprender que las reformas estructurales producen resultados". La prensa argentina recuerda la presión que ha ejercido (y ejerce) el organismo sobre el país austral precisamente por este mismo asunto.

Es cierto que cada vez que toca revisar el acuerdo con Argentina se repite la misma historia. El Fondo pide más dinero para el proceso de reestructuración de la deuda y Kirchner se niega. Pero pocas veces esta presión coincide con la publicación de una retahíla de datos tan esperanzadores, cifras que ofrecen al FMI una buena justificación para sus peticiones.

En el mes de mayo, la recaudación fiscal alcanzó un nuevo récord al situarse en 12.300 millones de pesos (3.471 millones de euros) por lo que el superávit primario (sin pago de vencimientos de la deuda) ascendió a 9.100 millones (2.568 millones de euros), más del doble de lo pactado con el FMI. La presión tributaria alcanza ya el 21% del PIB, una cifra jamás vista en el país austral.

Gracias a la recaudación fiscal del mes de mayo, el superávit fiscal en ese mes se situó en 3.500 millones de pesos (987 millones de euros), de forma que el acumulado del año asciende a 9.100 millones de pesos.

En estos momentos, y según las estadísticas del Ministerio de Economía, los impuestos nacionales representan el 21% del PIB, el 23% si se tienen en cuenta los tributos provinciales. Según declaraciones del presidente de la Dirección General Impositiva (DGI), Horacio Castagnola, al diario La Nación, esta cifra es la mayor de toda la serie estadística, aunque reconoce que la presión fiscal en el país todavía es baja si se compara con la de países como Brasil o Uruguay debido al fuerte peso de la evasión fiscal.

Pero además de ahorrar, el país también crece más. Lavagna ha aumentado la previsión de crecimiento para este año desde el 5,5% hasta el 6%. La cifra sigue estando por debajo de lo esperado por el consenso de los analistas, pero sorprende que el incremento de las proyecciones se hayan realizado tras confirmarse que la actividad se desaceleró en abril.

Según ha explicado Lavagna, el aumento del PIB en medio punto supone 2.200 millones de pesos adicionales (622 millones de euros). El equipo económico de Lavagna cree que la reducción de la actividad que se produjo en abril es transitoria. El PIB aumentó durante ese mes un 6,3% mientras que en los primeros tres meses del año el crecimiento mensual promedio fue de casi un 11%. Inmediatamente después de anunciar este cambio en los pronósticos, el Gobierno de Kirchner aseguró que no se variarán los objetivos comprometidos con el FMI, a pesar de su insistencia en establecer una meta mayor de superávit fiscal, ahora fijada en el 3% del PIB.

Y mientras Lavagna hacía cuentas el jueves por la mañana, por la tarde se preparaba para acompañar al presidente Néstor Kirchner en su viaje a China, una visita que tiene como principal objetivo conquistar el vasto mercado del país asiático. Para conseguirlo también se trasladarán a Beijing 200 empresarios dispuestos a firmar cuantos más contratos mejor.

Kirchner regresará a Argentina el próximo jueves, pero antes de llegar realizará una parada técnica en las playas de Papete, en la Polinesia Francesa.

La esperada visita de Kirchner al país, que se produce tan sólo un mes después del viaje de Lula al país asiático se ha enturbiado tras estallar un conflicto con Beijing por culpa, otra vez de la soja y los insecticidas.

China rechazó la pasada semana un cargamento de este cereal procedente del país austral justo un día después de arreglar un conflicto similar con Brasil. La actitud de las autoridades chinas preocupa al Gobierno argentino puesto que este país es el tercer principal exportador de soja (detrás de EEUU y Brasil) del mundo y la nación asiática el mayor demandante de este cereal. Además, recientemente, y tras el aumento del precio de la soja en los mercados internacionales, Argentina decidió utilizar campos destinados a otros cultivos para aumentar la producción de soja.

Es de esperar que la visita de Kirchner sirva para arreglar esta situación. La solución podría ser la misma a la que se llegó con Brasil. El Gobierno de Beijing decidió reanudar las importaciones de soja procedentes de este país tras aceptar la normativa del país latinoamericano en materia de sanidad, la cual considera aceptable la aplicación mínima de fungicidas en la soja exportada para el consumo. China había bloqueado la entrada de este cereal argumentando que estaba rociado con un insecticida que se puede utilizar en la soja para siembra, pero no en la destinada a alimento. Lo mismo que ocurre con Argentina.

Parece que la próxima semana será de nuevo intensa para el Gobierno de Kirchner. Está pendiente la reunión del BM, la decisión del FMI sobre la revisión del acuerdo, y también están por ver los resultados económicos del viaje a China.

RGT MCR PLT

 

 
   

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