Viernes, 29 de noviembre de 2004

 

Nunca hay que rendirse

Por Rafael Alba

(Madrid)

 

Un aburrido resto del mundo contempla las elecciones presidenciales de EEUU, que se celebrarán el próximo martes, con el interés habitual de quien sabe que lo que ocurre, por lejanos que parezcan los acontecimientos, le afecta. Por poco interesado que uno esté en los grandes acontecimientos de la política internacional, la indiferencia resulta imposible cuando está por decidirse la identidad del personaje que regirá el destino del mundo durante los próximos cuatro años.

Como de costumbre, algunos medios de comunicación, importantes en los lugares periféricos como Asia, Europa y América Latina, por ejemplo, han publicado las tradicionales encuestas y, una vez más, se ha hecho materia el viejo axioma que asegura, como en la física, que la inercia es lo único que le importa al movimiento. Está por ver si, con todos los rozamientos que afectan al viejo y querido método científico, sería posible que EEUU, con una victoria de Bush, mantuviera sus actuales posiciones en la escena internacional. Y por lo mismo, otra vez la inercia, resulta imposible vaticinar que habrá un impresionante giro si el ganador es Kerry. Pero más vale lo malo desconocido...Por lo menos en este caso.

Eso es lo que parecemos creer fuera del imperio y por eso apostamos por un "nuevo comienzo". Pero lo peor de todo quizá sea que al emperador ni siquiera le votan directamente los ciudadanos del imperio. Su identidad final saldrá de los votos de 538 compromisarios, uno por circunscripción electoral, que tienen que realizar la tarea.

Y en este caso, como en 2000, año en que el segundo emperador de la dinastía Bush fue coronado, o como cuando Kennedy y Hollywood ganaron la Casa Blanca en 1961, quiza la decisión final quedé en manos del Tribunal Supremo.

Pero quizá eso no signifique que, una vez más, el mundo, infinitamente más democrático que ese territorio que dirige su destino, tenga que aceptar una decisión que le afecta y que puede quedar en manos de sólo nueve personas. Tal vez sea bueno volver a escuchar a Bruce Springteen, que ahora ha puesto su guitarra al servicio del candidato demócrata, y darse cuenta de que ante tal demostración de incredulidad en el sufragio universal, nunca hay que rendirse.

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