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Viernes 14 de enero de 2005
El doctor visita a la anciana cubana Por
Aurelio Pedroso
Así como que no es lo mismo una joven tomando el sereno, que el sereno tomando a la joven, resulta muy difícil poder igualar –en lo que a narrativa se refiere- cuando a un fulano le espantan un gaznatón a que sea la propia víctima la que cuente cómo vio pasar ante sus ojos estrellas y satélites aún no descubiertos. Aún así, diferencias pudieran existir. Lo veremos más adelante. A la casa de la señora de edad muy avanzada llega un nuevo doctor de la policlínica. La viejita, entretanto, no puede sentir mayor felicidad. Le invita a tomar asiento y hasta una taza de café le brinda, en ese gesto tan cubano como permanente aunque la cuota del mes no alcance ni para una semana. De inmediato, al relato de sus males interminables, y el médico al chequeo y aliento. Pues sí que hay inflamación, que hay cuidarse esos pulmones, que si la radiografía, que mire usted la utilidad de un ultrasonido y que no faltaba más porque el amigo de siempre era el director del centro antidiabético que en 15 minutos le atendería el problema. El galeno, en pleno disfrute del cafecillo, y ahora charlando de temas de actualidad económica cotidiana. Lo duro del día a día, el dinero que no alcanza y ese amigo extranjero que compra antigüedades, aunque esta la suya (la que tiene la viejita) está en tan mal estado que a duras penas no pasará de 20 convertibles (pesos). La vieja entonces a sacar cuentas. Veinte de los que más valen se pueden revertir en leche, algo de carne roja, jabones y desodorantes, que el viejo quinqué –viejo, pero en perfecto estado- de su bisabuela pase a mejor vida, que ya había alumbrado todo lo que podía y quería en la Cuba de principios del siglo XIX. Alegría sin límites a la espera de la llegada del hijo para contarle la nueva buena. La gran venta, el diagnóstico, lo atento y solícito del profesional que, además, había prometido adquirir otra antigüedad más donde descansaba, orgulloso, un TV de procedencia china. Personajes por orden de aparición: la anciana, mi santa madre; el doctor, tamaño estafador; el hijo, quien suscribe. Por ello, y vuelvo hacia arriba, que no es lo mismo narrar un accidente, que darle la palabra al accidentado. Indistintamente, siempre habrá quien lo cuente mejor o peor. La verdad. Si lo subastan en Miami, Madrid o Buenos Aires favor de avisar. CBB |
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