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Viernes
4 de febrero de 2005
Europa,
relegada a un papel secundario en las iniciativas políticas
respecto al país andino
Colombia,
¿moneda de cambio en las relaciones UE-EEUU?
Por
Mabel González Bustelo*
La
reunión de donantes internacionales hacia Colombia, celebrada
en Cartagena de Indias el 2 y 3 de febrero, es un nuevo reto para
que la Unión Europea (UE) defina una estrategia propia hacia
aquel país, diferenciada de la de EEUU. En estos momentos,
el principal punto de debate es el proceso de desmovilización
de los paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC),
que negocia con el Gobierno de Álvaro Uribe.
Se trata de un elemento clave en la estrategia del presidente colombiano
para movilizar apoyo internacional y ha sido respaldado, con reticencias,
por EEUU, pero ha causado gran preocupación por la posibilidad
que signifique impunidad para grupos e individuos responsables de
graves violaciones de los derechos humanos. La UE mantuvo una postura
distante y no comprometió su apoyo.
Pero algunos Gobiernos europeos sí lo han hecho posteriormente,
y desde algunos sectores se teme que ceda en su posición
tradicional hacia el conflicto colombiano con el fin de buscar un
acercamiento a Washington, tras las tensiones y desacuerdos suscitados
por la invasión de Irak y ante la reelección de George
W. Bush. Desde este punto de vista, Colombia no sería lo
bastante importante como para abrir un nuevo "frente"
en las relaciones trasatlánticas.
La
estrategia de Álvaro Uribe para recabar apoyo internacional
se basa en presentar los éxitos de su política de
"seguridad democrática" y los avances logrados
en la derrota y desmovilización de los grupos armados y en
la construcción del Estado de derecho en Colombia. Dentro
de ello, la desmovilización de los combatientes de las AUC
(3.000 lo hicieron el año pasado) es una baza clave, pues
significaría reintegrar a la vida civil a uno de los actores
del conflicto con más responsabilidades en las violaciones
de los derechos humanos. Sin embargo, organizaciones de derechos
humanos colombianas e internacionales, e instancias como la Corte
Interamericana de Derechos Humanos, han expresado su preocupación
por la ausencia de un marco legal que garantice a las víctimas
el derecho a la verdad, la justicia y la reparación, lo que
puede consagrar la impunidad.
Además los paramilitares no están dispuestos a entregar
los bienes obtenidos durante años de enriquecimiento ilícito
basado en el uso de la fuerza y en la expropiación de bienes,
así como por su participación directa en el negocio
del narcotráfico.
"Guerra
global antiterrorista". Uribe encontró un apoyo
decidido de la Administración estadounidense para sus políticas
de fuerza. Tras el 11-S, Washington enmarcó el conflicto
colombiano en su "guerra global antiterrorista" y éste
pasó a ser considerado un problema de terrorismo, dejando
en un segundo lugar otros factores. Esta estrategia es compartida
por el Gobierno de Uribe que considera que Colombia no sufre un
conflicto armado, sino que se trata de un Gobierno legítimo
que lucha contra narcoterroristas. Colombia es ya el tercer receptor
mundial de ayuda militar estadounidense, tras Israel y Egipto, con
más de 3.500 millones de dólares desde el año
2000. Esta tendencia continuará porque Colombia es un país
clave para Washington y porque es la respuesta al alineamiento de
Uribe con sus posturas (fue el único Gobierno latinoamericano
que apoyó la invasión de Irak y ha eximido a los ciudadanos
estadounidenses de la jurisdicción de la Corte Penal Internacional
en su territorio).
Washington ha
expresado preocupación porque la desmovilización de
los paramilitares, tal como está planteada, puede significar
impunidad para poderosos narcotraficantes y socavaría de
esta forma la legitimidad política de su política
antidrogas. Sin embargo, y aunque no se lograron avances en ese
sentido, en 2004 aportó dos millones de dólares para
este proceso. Este año serán más de tres, condicionados
a un marco legal adecuado y al compromiso de los miembros de las
AUC de respetar el cese de hostilidades y no volver a desarrollar
actividades ilícitas. Estas garantías no están
a la vista y, si esto no se exige con la debida contundencia, los
fondos podrían contribuir a agravar la situación.
Derechos
humanos. Todo esto ha supuesto problemas para la Unión
Europea. Uribe pretende lograr en Europa apoyo político y
económico y que se dejen de cuestionar los efectos de sus
políticas para la situación de los derechos humanos.
La postura de la UE, desde hace años, y así lo manifestó
en numerosos documentos, era que la salida al conflicto colombiano
sólo sería posible mediante el diálogo político
y la negociación. Esto se tradujo, por ejemplo, en un apoyo
decidido al proceso de paz que llevó a cabo el anterior presidente,
Andrés Pastrana, con las Fuerzas Armadas Revolucionarias
de Colombia (FARC).
Sin embargo, las propias contradicciones internas de la UE y la
dificultad de lograr una postura común han restado eficacia
a sus esfuerzos. Mientras el Parlamento Europeo ha sido la instancia
comunitaria más crítica con el Gobierno colombiano,
y el anterior comisario de Relaciones Exteriores, Chris Patten,
mantuvo la postura de exigir respeto de los derechos humanos y cumplimiento
de las recomendaciones del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos
Humanos, la oficina de Javier Solana ha dado más respaldo
a Uribe.
La Declaración de Londres, de julio de 2003, firmada también
por la UE, apoya a Uribe en sus políticas de desarrollo institucional,
lucha contra los grupos armados y el narcotráfico, a la vez
que reclama avanzar en la protección de los derechos humanos
y las recomendaciones de la ONU. La evaluación de esos avances
es la clave para la adopción de nuevos compromisos financieros
en Cartagena o para decidir apoyar el proceso de desmovilización
de las AUC.
Tras
la conjunción de Uribe en Colombia con Bush en Washington,
la UE se ha visto relegada a un papel secundario en las iniciativas
políticas en relación con Colombia. A la vez, y obligada
a un equilibrio que consiga no deteriorar más las relaciones
con Washington, ha adoptado ciertos aspectos del discurso de "terrorismo"
e incluyó a los miembros de las organizaciones armadas colombianas
en su listado de organizaciones terroristas. En cuanto a la desmovilización
paramilitar, algunos documentos y la postura de determinados Estados
miembros han suscitado preocupación porque suponen un cambio
cualitativo. Suecia, Alemania y Holanda decidieron apoyar la Misión
de Verificación de la Organización de Estados Americanos
(OEA) en el proceso e intentan convencer a otros socios comunitarios
de que lo hagan. Esto se debería a que Uribe presenta el
proceso de desmovilización como un hecho consumado, al anuncio
de nuevos apoyos desde la comunidad internacional (incluyendo el
de EEUU), y a los esfuerzos del Gobierno colombiano por persuadir
a los miembros de la UE. La UE sigue condenando la impunidad, pero
ha sugerido que podría dar su apoyo político y económico
si se cumplen algunas condiciones básicas.
El pasado 13
de diciembre, el Consejo de Ministros de la UE adoptó un
texto de conclusiones sobre Colombia que será la pauta de
la PESC en los próximos meses. El texto fue interpretado
desde el Gobierno colombiano como un espaldarazo a sus políticas,
ya que el documento apoya "los esfuerzos por restablecer el
imperio de la ley y su lucha contra el terrorismo y las drogas,
sus esfuerzos por reformar la economía e incrementar la cohesión
social y la búsqueda de una solución negociada al
conflicto armado interno". Sin embargo, también incluye
referencias expresas en cuanto a derechos humanos, Derecho Internacional
Humanitario (DIH) y procesos de paz. Desde sectores de la sociedad
civil colombiana se interpretó como un síntoma de
que la UE carece de una visión de conjunto de la situación
colombiana y de una estrategia frente a la reconfiguración
del modelo de Estado que allí se está produciendo.
La
actual coyuntura internacional no debe llevar a la UE a cambiar
su postura frente a Colombia para contentar a EEUU. La necesidad
de un acercamiento con Washington no debería ser excusa para
respaldar políticas de violencia o antidemocráticas,
especialmente en un país clave en la seguridad andina y con
la crisis humanitaria más grave del continente. Además,
su influencia política crece cuando mantiene una estrategia
diferenciada de la de Washington y la crisis con respecto a Irak
demostró que es posible desmarcarse sin que ello suponga
una ruptura sino un ejercicio de responsabilidad. Esto es válido
también para Colombia.
Por eso desde la UE debe rechazarse cualquier posibilidad de impunidad
y exigir el cumplimiento de las obligaciones internacionales del
Estado colombiano en esta materia, supeditando su ayuda y apoyo
político a las garantías de que el proceso culminará
con la verdad, justicia y reparación. Asimismo, son imprescindibles
estrategias claras para que se respete el alto el fuego y cese de
hostilidades, garantías de que los desmovilizados no vuelvan
a integrarse en grupos armados, devolución de bienes apropiados
de forma ilegal y el fin de los lazos entre elementos del Estado
y grupos paramilitares. Éste sería el primer paso
para comenzar a definir una estrategia global de paz. El Gobierno
español, por su parte, tiene aquí una oportunidad
de poner en práctica su apuesta por políticas de multilateralismo
y paz, defendiendo dentro de la UE una estrategia hacia Colombia
basada en promover el diálogo, la negociación y el
respeto de los derechos humanos.
*Analista
del Centro de Investigación para la Paz (CIP)
Agencia de Información Solidaria (AIS)
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