Viernes 11 de febrero de 2005


El PT conmemora el 25 aniversario del partido con la presentación de un proyecto de reforma sindical

La transformación de Lula: de sindicalista a defensor de la "productividad"

Por Gema Velasco

A Lula le han bastado dos años en el poder para experimentar una increíble transformación. El sindicalista, que hace ahora 25 años fundó el Partido de los Trabajadores de Brasil (PT) para luchar por el fin de las desigualdades sociales y por la implantación de una ideología de izquierdas, se ha convertido en el líder latinoamericano más mimado por los países ricos y por los mercados financieros. Y por si había alguna duda, en medio de los festejos que se están realizando para conmemorar el aniversario de su partido, ha trascendido que el Gobierno prepara una reforma sindical, un proyecto que otros ejecutivos anteriores intentaron imponer pero sin éxito por la férrea oposición del PT.

Es curioso que un aguerrido (ex) sindicalista como Lula se convierta de repente en el propulsor de una reforma que él mismo echó para atrás en varias ocasiones cuando otros gobiernos pretendieron sacarla adelante. La propuesta será presentada en el Congreso el 2 de marzo y, entre otras cosas, prevé reducir el número de sindicatos y endurecer los requisitos para declarar una huelga. Los cambios tienen poco que ver con la ideología de izquierdas que Lula representa, o al menos eso pretendía, no sólo en Brasil sino en toda Latinoamérica.

Basta recordar la reacción de los inversores internacionales y los mercados cuando Lula ganó las elecciones en octubre de 2002. El dinero comenzó a fugarse del país y muchas empresas empezaron a vender a toda prisa sus activos, como el banco español BBVA. La prima de riesgo comenzó a subir a marchas forzadas y en ese mes de octubre se situó en el entorno de los 2.300 puntos básicos (23 puntos porcentuales).

El miedo que generaba Lula en el exterior contrastaba con el gran apoyo mostrado por sus conciudadanos. El presidente brasileño ganó los comicios presidenciales con el apoyo del 62,2% de la población. Recibió 52 millones de votos, el mayor apoyo a un dirigente elegido democráticamente desde el triunfo de Ronald Reagan (EEUU) en la década de los 80.

Qué diferente es la situación ahora. Los países ricos y los inversores extranjeros, que tan asustados estaban por la llegada de un hombre de izquierdas a la Presidencia de Brasil, ahora le adoran. Una muestra de ello es la impresionante caída de la prima de riesgo, ahora situada por debajo de los 400 puntos básicos y se espera que a lo largo de este año rompa a la baja la barrera de los 300 puntos básicos.

Y en el interior del país la situación de Lula también ha cambiado mucho desde que llegó al poder en enero de 2003. Estos dos años han desgastado al partido y al propio mandatario.

Aunque Lula sigue siendo uno de los líderes más carismáticos de Latinoamérica y el que más interés despierta en el mundo desarrollado, de puertas adentro las cosas no van tan bien. La economía da alegrías, es cierto, pero no del tipo que esperaban sus electores. Los ingresos de los trabajadores siguen reduciéndose (un 27% en 2004), la tasa de desempleo parece anclada en el 12% y los tipos de interés (18,25%) aumentan mes a mes desde hace ya unos cuantos.

Pero quizá lo que más irrita a sus electores y a los miembros más radicales del PT es ese giro que ha dado su política hacia el neoliberalismo y sus continuos coqueteos con todo aquello que representa el capitalismo. Hay un ejemplo muy reciente. En el mes de enero el presidente brasileño estuvo en el Foro Social Mundial (FSM) que se celebra en Porto Alegre (Brasil). Y también en el Foro Económico Mundial (FEM) que tiene lugar en Davos (Suiza).

Lo que es paradójico no es que Lula haya estado en estos dos eventos que se celebran simultáneamente, si no el hecho de que el FSM nació como una respuesta de los movimientos antiglobalización y anticapitalistas al FEM, que, según decían, representaba todo lo contrario: al poder de Wall Street y los países ricos. El mandatario brasileño tuvo que dar explicaciones sobre esta doble vida. Lula aseguró que "no basta con quedarse aquí constatando que la situación es mala, sino que debe irse a decirlo a los países ricos y hacerles comprender que no habrá paz en el mundo si no se acaba con la miseria".

El mandatario brasileño respondía de esta manera a las críticas que recibió por su presencia en Davos. Desde los sectores más radicales se considera que su participación en el FEM traiciona los ideales que le llevaron al poder y los que han hecho de él todo un personaje, seguido y respetado, en Latinoamérica.

Ese mismo día se conoció que Lula está preparando su primera gran privatización. El Gobierno, según publicó el Financial Times está a punto de presentar una propuesta al Congreso para poner a la venta una participación mayoritaria de la compañía reaseguradora Instituto Reasegurador de Brasil (IRB). Esta decisión contrasta con el hecho de que la ideología de izquierdas, en principio, es contraria a las privatizaciones.

Todas estás cosas son las que han generado tensión en el seno del PT. La división interna quedó patente cuando hace ya casi un año el partido decidió expulsar a cuatro de sus miembros por criticar abiertamente a Lula. Aseguraban que había traicionado a los brasileños.

Lula también ha tenido problemas con sus socios en el Gobierno. A finales de diciembre, los socios de Lula en el Congreso y en el Senado abandonaron al presidente brasileño. El Partido del Movimiento Democrático de Brasil (PMDB) y el Partido Popular Socialista (PPS) dejaron la coalición para ir por su cuenta. Pero el presidente brasileño salió indemne de esta estratagema política porque ni los ministros del PMDB ni el del PPS estuvieron dispuestos a acatar las nuevas consignas de sus respectivos partidos.

Los escándalos. El Gobierno de Lula también ha tenido que enfrentarse a varios escándalos. Hace ahora más o menos un año la Administración brasileña tuvo que hacer frente a dos crisis. En ambos casos los protagonistas fueron amigos personales de Lula, amistades que mancharon su imagen de político intachable y que provocaron un serio deterioro de las relaciones entre el Gobierno y la oposición y una enorme inquietud en los mercados.

Su superministro, José Dirceu, se tambaleó en el cargo tras conocerse que su principal asesor y amigo personal, Waldomiro Diniz, pidió al jefe de la mafia del juego ilegal brasileño, Carlos Augusto Ramos, dinero para financiar la campaña electoral de Geraldo Magela, ex diputado y candidato (derrotado) del Partido de los Trabajadores (PT) al Gobierno del Distrito Federal de Brasilia en 2002.

El descubrimiento de este caso de corrupción ha conmocionó a los mercados. Pero entre la población brasileña fue mucho mayor el impacto de la crisis que estalló en el Ministerio de Cultura. El titular de esta cartera, Gilberto Gil, se ha quedado solo. Y Gil no es un ministro cualquiera. Es músico, cantante, muy popular y casi un símbolo de la lucha de izquierdas en Brasil. También fue una apuesta personal de Lula. Pero las cosas no han salido bien.

Gil despidió de forma fulminante al secretario de Programas y Proyectos, Roberto Pinho, tras descubrirse que había adjudicado sin licitación previa a la empresa de unos amigos suyos, el Instituto Brasil Cultura (Ibrac), la construcción de centros de cultura en barrios pobres del país. El valor del contrato, financiado por el Ministerio de Cultura y Petrobrás, no era demasiado, 21,5 millones de reales (5,7 millones de euros), pero la salida de Pinho del Gobierno, un amigo personal de Gil y hasta el padrino de su hija, sí que ha tenido graves repercusiones.

La primera de ellas es que el ministro de Cultura se quedó sin apoyos. En solidaridad con Pinho dimitieron otros tres asesores de Gil, el presidente del Instituto de Patrimonio Histórico y Artístico Nacional, Antonio Riseiro; el coordinador general del Programa Monumento, Marcelo Ferraz, y la arquitecta Maria Elisa Costa, hija de Lucio Costa, el hombre que diseño Brasilia, la capital del país, en la década de los 50. Todos ellos eran amigos de Gil y compartían desde la juventud los mismos ideales de izquierdas.

La derrota. Las divisiones internas en el PT, los problemas con los aliados y los escándalos han provocado que Lula, que sigue siendo el niño mimado de los mercados, empiece a tener problemas. Entre otras cosas, la oposición es cada vez más fuerte. Una muestra de ello es el hecho de que en las últimas elecciones municipales el PT fue derrotado en Porto Alegre y Sao Paulo, las dos principales ciudades del país.

Lula también pierde puntos entre sus conciudadanos latinoamericanos. Según la encuesta anual que realiza la consultora Mitofski, Lula ha perdido el privilegio de ser el presidente con mayor aceptación en el subcontinente. Ahora, ese puesto lo ocupa el mandatario panameño, Martín Torrijos, y Lula es el segundo. El tercer puesto es para el presidente argentino, Néstor Kirchner.

El mandatario brasileño y su partido tendrán que trabajar duro este año para conseguir salir victoriosa de su próxima cita electoral: las elecciones presidenciales de 2006. Los actos de conmemoración del 25 aniversario del PT, que se prolongarán durante meses, servirán de escenario al presidente y su partido para intentar reconciliarse con su electorado.

El presidente del PT, José Genoino, ha anunciado que en este aniversario quieren volver a repactar con los afiliados los valores originales del partido. Estos valores son la defensa radical de la democracia, el pluralismo interno y "el rescate de la tradición generosa y humanista de la izquierda". Sobre la política económica, ni una palabra.

BSL PLT MCR

   

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