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Viernes
11 de febrero de 2005
El
Tribunal Constitucional ha adoptado la resolución más
cómoda
El
experimento europeo
Por
Daniel Innerarity
Los temerosos
suelen tener más clarividencia que los valientes. El miedo
no les da la razón, pero les proporciona un sensor especial
para detectar situaciones novedosas y les invita a buscar el refugio
de lo ya conocido. La razón está repartida entre unos
y otros de una curiosa manera. Los miedosos la tienen cuando afirman
que determinados cambios son irreversibles y radicales, que arruinan
las categorías con las que nos habíamos conducido
hasta entonces, por lo que recomiendan hacer los experimentos con
gaseosa; los intrépidos saben que en las situaciones novedosas
ya no valen las fórmulas tradicionales, aunque tampoco sepan
muy bien qué es lo que puede sustituirlas, y por eso acostumbran
a proponer huidas hacia delante. Lo mejor es aceptar el diagnóstico
de los primeros y hacer lo que recomiendan los segundos.
Porque es verdad
que el Tratado Constitucional europeo va a cambiar radicalmente
muchas cosas. Aunque el Tribunal Constitucional haya adoptado la
resolución más cómoda al declarar que no hay
contradicción entre la prevalencia normativa que se atribuye
la Constitución europea y el principio de supremacía
establecido en la Constitución española, algo está
cambiando en la lógica con que nos gobernamos los europeos.
Si se me permite una expresión que no es tan exagerada como
parece, el Tratado Constitucional convierte a las constituciones
de los Estados en una especie de estatutos de autonomía,
sin que ello suponga que, como por un movimiento hidráulico,
las comunidades autónomas vayan a recibir lo que los Estados
van a perder.
Es fundamental
entender que entramos en un juego distinto, en una nueva lógica
que a todos nos va a modificar radicalmente, aunque las cosas exijan
su tiempo. Con el avance político que el Tratado Constitucional
supone respecto de los tratados anteriores entramos ya en un horizonte
postsoberanista, en el comienzo del fin de los nacionalismos en
Europa, de todos, también incluso del europeo, igualmente
innecesario para legitimar este experimento.
Un proyecto
diferente. La construcción política de Europa
presenta unas singularidades que la diferencian de todos los proyectos
de construcción nacional. Probablemente sea la primera entidad
política que se configure sin necesidad de un patriotismo
ideológico de esos que exigían un pueblo delimitado
y homogéneo, un origen común, unidad de lengua y cultura,
y algún enemigo exterior que fuera útil para la cohesión
interna. A pesar de que abunde la retórica en esa dirección,
la contraposición con los Estados Unidos trata de conferir
a Europa una legitimidad que no necesita, ya que se asienta en otro
tipo de valores.
El proyecto
europeo no exige, como ha sido habitual en la configuración
de las naciones, dramatizar el peligro exterior para asegurar la
cohesión interior. Frente a la concepción de una Europa
como unidad autárquica claramente separada del resto del
mundo y en competencia con él (una oposición que gusta
especialmente a los neoconservadores americanos, por cierto), el
experimento europeo no tiene otra justificación que representar
el embrión de una verdadera cosmopolítica.
Es cierto que
la Unión Europea surgió en parte para crear un marco
de acción gracias al cual los Estados europeos pudieran hacer
frente a las exigencias de una economía globalizada. La Unión
proporcionaría lo que los Estados nacionales ya no podían
asegurar, y de este modo salvaría a los Estados. Pero esta
salvación no ha podido hacerse más que modificando
radicalmente el cuadro definido por los Estados, que han dejado
de ser actores soberanos. Los Estados nacionales ya no pueden estar
en el centro del análisis para entender lo que significa
Europa.
La radical novedad
de la Unión Europea no es reconocida cuando se divisa desde
el viejo horizonte conceptual, para el que la ampliación
institucional y de espacios de acción es entendida como debilitamiento
de las soberanías. Las categorías nacionales no son
capaces de dar más que una definición negativa de
Europa. La posibilidad de concebir lo nuevo de la Unión Europea
es impedida por el nacionalismo metodológico y su fijación
en el Estado, lo que limita el horizonte y dirige la atención
hacia falsas alternativas, hacia juegos de suma cero. Desde esas
categorías, Europa es entendida o bien como un "super-Estado"
que suprimiría las naciones o como una federación
de Estados nacionales que defenderían celosamente sus respectivas
soberanías.
Más
allá de los Estados. Para
hacerse cargo de su novedad hay que haber comprendido que la integración
europea en su conjunto es un proceso cuya dinámica resulta
de la tensión entre la interestatalidad y la supraestatalidad,
un movimiento que protagonizan los Estados y que al mismo tiempo
los supera. La sucesiva adjudicación de políticas,
competencias y espacios de acción a nivel europeo, la constitución
de procesos de decisión que ya no pueden ser controlados
exclusivamente por los Estados miembros sino que obedecen a su propia
dinámica, todo ello crea una estructura que no es ni una
réplica de los Estados nacionales ni una variante de las
organizaciones internacionales.
Las innovaciones
institucionales y procedimentales del experimento europeo tienen
su origen en una manera de gobernar basada en la coordinación
y en la interdependencia. Corresponde al tipo de organización
propio de una sociedad que ya no tolera ser gobernada desde un centro
rígido, con una jerarquía estricta y en orden a producir
homogeneidad. En ella se cumple a la letra el principio de que la
pluralidad no es el problema sino la solución, o cuando menos
el ámbito fuera del cual no hay solución.
La Unión
Europea, debido a su compleja estructura de gobierno, ha modificado
el modo de concebir y ejercer el poder. El poder como imposición
se ha transformado en poder como negociación. En un sistema
en el que intervienen varios niveles de gobierno, las decisiones
políticas ya no se pueden adoptar jerárquicamente
y sólo en una escasa medida con criterios mayoritarios; hay
que aspirar a decidir por medio del acuerdo general.
Aunque hay en
el seno de Europa muchos deseos de supremacía y no pocos
desequilibrios de poder, también está muy asentada
en su cultura política la idea de voluntariedad y la práctica
del consenso. Conforme esta práctica se generaliza, la misma
idea de soberanía, tradicionalmente absoluta e incompartible,
se transforma, dando lugar a lo que algunos han llamado "soberanía
compleja": la posibilidad paradójica de que pérdidas
de soberanía proporcionen ganancias de soberanía.
Europa es un
juego de cooperación que no deja intactos a quienes intervienen
en él sino que los transforma. Europa disciplina los intereses
y modifica las preferencias en la medida en que los inserta en redes
de interdependencia y los hace objeto de discusión y revisión
permanente.
Si el experimento
europeo fracasa o sale bien es algo que no se decidirá porque
tengamos una idea adecuada de lo que estamos realizando, pero un
proceso de tal envergadura no puede llevarse a cabo sin unas categorías
que interpreten adecuadamente la situación. Nuestro principal
desafío consiste en abandonar los conceptos centrados en
la idea tradicional de Estado y desarrollar una comprensión
alternativa de las relaciones entre los Estados, las naciones y
las sociedades. Al mismo tiempo, el concepto de soberanía
ha de abrirse hacia los espacios de poder de la era global.
Planteadas así
las cosas, tiene razón Ulrich Beck cuando asegura que una
Europa cosmopolita es hoy la última utopía política
efectiva. Al tener que definir un nuevo bien común europeo
frente a los intereses más inmediatos del capital y de los
Estados, los europeos tenemos la oportunidad de descubrir los grandes
fines de la política. Este experimento para la época
global ofrece un cauce concreto para que algunos de los ideales
que animan al perplejo movimiento antiglobalización encuentren
una ilusión más que razonable.
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