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Viernes
18 de marzo de 2005
Las
asignaturas pendientes de Bolivia no admiten nuevos plazos para
su aprobación
El
presidente tocado
Por
Luis Méndez Asensio
Carlos Mesa lo tuvo difícil desde el mismo día en
que se hizo con las riendas de Bolivia, un país de mayoría
indígena, desestructurado, donde el racismo se sigue ejerciendo
a espuertas y cuya miseria es equiparable a la de Honduras o Haití,
que son las naciones más desabastecidas de un continente
ya de por sí empobrecido. Pero también las circunstancias
en las que Mesa tomó posesión de su cargo han influido,
y mucho, en su progresivo desgaste, más allá de la
fecha en que se produzca su cese definitivo.
El historiador y periodista, de verbo fácil y brillante,
se volvió presidenciable una vez que el mandatario de marras,
Gonzalo Sánchez de Lozada, abandonó apresuradamente
el país dejando atrás a una sociedad convulsionada
por las violentas jornadas en las que perdieron la vida más
de 60 personas, después de que la policía cargara
contra los manifestantes. Protestas populares que fueron calificadas
de desmedidas por las autoridades y que probablemente lo fueron
si nos atenemos a las causas más inmediatas de las mismas.
Sin embargo, sólo hay que revisar unas cuantas páginas
de la historia reciente o pasada de ese país para llegar
a la conclusión de que cualquier protesta ciudadana, por
desproporcionada que parezca, está más que justificada
a la luz de las carencias que mantienen a Bolivia en la cuarentena.
El entonces vicepresidente Mesa buscó desde el principio
la reconciliación con ese importante sector de la población
que, una vez más, se sintió agraviado por los políticos
tradicionales, muchos de ellos testaferros de los finqueros y oligarcas
que desde tiempos inmemoriales manejan el país como si fuera
un cortijo.
El
detonante de la crisis que acabó con Sánchez de Lozada
fue la voracidad de las petroleras internacionales por rentabilizar
cuanto antes su desembarco en el país, que el mandatario
boliviano consintió al otorgarles poco menos que una patente
de corso para moverse en la nación sudamericana. Tal exceso
se vio agravado por la decisión de que fueran los puertos
de Chile (país que privó a Bolivia de su salida al
mar) los que canalizaran los energéticos hacia tierras norteñas.
Con un caldo de cultivo más que predispuesto, las revueltas
populares no se hicieron esperar tras el desplante del presidente
que tuvo que salir del país a la carrera para exiliarse en
EEUU.
"La relación entre la sociedad y el Estado se ha deteriorado
hasta tal punto que el marco global que define nuestra relación
se ha perdido y eso se expresa en que la ley como aspecto fundamental
ordenador de un compromiso social está en entredicho",
subrayó Mesa en el otoño del año pasado, después
de haber asumido la Presidencia, para enfatizar la gravedad de la
situación.
"Mi
compromiso como presidente es cumplir una tarea de transición
histórica, abrir el espacio de una segunda fase de una democracia
en la que la participación y la inclusión sea una
respuesta a la democracia pactada que fue útil, que fue necesaria,
pero que se agotó". Un buen planteamiento político
que hasta ahora no ha podido concretar en sus diecisiete meses de
reinado. Cierto
que Mesa recortó, y mucho, las utilidades de las trasnacionales;
cierto que la oposición del líder cocalero Evo Morales,
al que algunas plumas indocumentadas criminalizan desde el exterior,
ha sido implacable con un presidente que debía haber gozado
de un mayor periodo de gracia; cierto que la política cotidiana
se le queda pequeña al gran pensador que Mesa lleva dentro.
Sin embargo, las asignaturas pendientes del país sudamericano
no admiten nuevos plazos para su aprobación.
Cualquiera
que acceda al poder allí tendrá que vérselas
con necesidades de carne y hueso. Porque entre tanta vida maltrecha,
lo que verdaderamente cuenta en Bolivia es el hambre que se pasó
en la víspera y no los banquetes prometidos. Mesa ha venido
apostando; pero no lo suficiente.
BLV
PLT
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