Viernes 18 de marzo de 2005

 

DESDE EL MALECON CON...

Estos “sabios” cubanos...

Por Aurelio Pedroso
(La Habana)

 

Con la próxima llegada de la olla arrocera eléctrica china llamada Liya, nombre que sugiere el de la amante o pareja formal del tan socorrido nombre del osito Panda que llevan los cientos de miles televisores asiáticos en la isla, nuestros “sabios” de la calle han llegado a la conclusión de que tales equipos reclaman eliminarle no sé qué aditamento para que rindan más.

Tantos años inventando cosas raras y al mismo tiempo útiles e inútiles para sobrevivir al día a día terminarán poniendo a esta especie de inventores frente a un competente psiquiatra, y que conste no me refiero a esos ‘racionalizadores’ e inventores que con sus ardides solucionan más de un problema, como ese hacer ratoneras con latas de refrescos o cervezas o aquel que mantiene intacto un Ford de los años 50.

La voz ha llegado desde la central provincia de Villa Clara, a unos 270 km. al este de la capital. Fue allí donde con la primera entrega por cartilla de racionamiento, aparecieron eruditos locales apuntando que a la famosa olla había que cercenarle un componente. Vaya usted a saber si para que cocinara más rápido o el grano lo elevase 10 veces más del tamaño original y que con poco comiéramos muchos.

Igual sucede con vehículos y equipos de alta tecnología u otra suerte de artículos donde aparece un individuo enfundado en un “overol” de mecánico o fina guayabera (prenda típica) para dictaminar que ingenieros, equipos completos de especialistas del mundo desarrollado se han equivocado, que tal tuerca, tornillo o resistencia está de más.

Y lo peor del caso es que no cambiaremos nunca. Ese papel protagónico y sabiondo del cubano no es asunto de la revolución de Fidel Castro, sino que viene en sangre desde épocas coloniales. Obviamente, en estos tiempos de bloqueo, o embargo, ese germen cobra fuerzas para dejar en la calle, a merced de la buena memoria, decisiones tan insólitas que merecen figurar en una antología de lo real maravilloso.

¿Qué será de la vida de aquel notable administrador de la pizzería de 23 y 12, en El Vedado, en los años 80? Jubilado, muerto u ocupando un alto cargo merece gloria y respeto. Los clientes de esas jornadas culinarias, después de la salvadora pizza y el espagueti no encontraban mejor forma de agradecimiento que cargando para casa con los cubiertos. No porque fueran ladrones, ni los tenedores de plata mexicana, sino porque sencillamente no había en el mercado. Faltaba en el hogar un simple cuchillo de mesa.

En las tiendas no se comercializaban tales implementos y el almacén de la pizzería tampoco daba abasto. Comentan que fue una noche de copas y risas por algún tarro ajeno (infidelidad conyugal) que a nuestro administrador se le ocurrió que el tenedor que le quitaba el sueño podía simular esa seña tan maliciosa y reconocida hasta dentro de los mongoles nómadas. Y ahí estaba la solución. Mandó a suprimir los dos dientes o pinzas interiores y el tenedor servía igual para la pizza que para el espagueti. Nunca para comer arroz, que era el motivo de la sustracción. Jamás fueron robados. Colorín colorao: Un genio.

Así estamos poblados. Huevos gringos en venta libre y revendedores al acecho. Invierten 45 pesos (poco menos de dos dólares) para ofertarlos en el mercado negro por 75. ¿Cómo combatir la mala maña? Pues a pagar justo por pecadores. El empleado no facilita el ondulado estuche para transportarlo, decisión única en el mundo. Uno por uno, los huevos se los entrega para que el cliente los guarde en una bolsa. Los que se rompan en tan lenta, desesperante y complicada operación van a cuenta de la casa.

Parece ser que el mal se pega, como decía la abuela. Una firma extranjera en Zona Franca (que no voy a mencionar porque no es la Citröen) está vendiendo estufas para el “crudo” invierno cubano. Cuidado no sea el nieto de aquel funcionario habanero que compró a principios de la revolución barredoras de nieve en Moscú.

De que los hay los hay. Todo está en saber encontrarlos. Y mucho ojo, porque si sacasen esas estufas en venta de liquidación nadie dude que con esa pieza que le quieren suprimir a la olla Liya, tengamos un reluciente y muy cubano aparato de aire acondicionado, una demoledora trampa-incineradora de ratones o una suerte de microondas para calentar pizzas o espaguetis.

Alguna vez habrá que escribir de los otros sabios, como el doctor Carlos J. Finlay, descubridor de la vacuna contra la fiebre amarilla, o de ese otro erudito de la idiosincrasia cubana, el generalísimo Maximo Gómez, a quien nadie ha podido superar con aquello de que los cubanos o no llegábamos o nos pasábamos.

DTC CBB

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