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Miércoles
23 de marzo de 2005
La
revuelta popular sigue latente en el país más pobre
de Latinoamérica
Bolivia,
más allá del gas
Por
Iñigo Herráiz*
El problema del gas ha sido
el conflicto más visible de que ha avivado la crisis boliviana,
pero no es el único. Aunque la aprobación de la controvertida
Ley de hidrocarburos puede contribuir a apaciguar los ánimos
de la población durante un tiempo, la amenaza de la inestabilidad
seguirá latente mientras no se superen las hondas divisiones
que suscitan asuntos pendientes como la redefinición del
modelo de Estado o el económico.
Todo ello, sin olvidar que en el país más pobre de
Sudamérica cualquier medida que afecte a las maltrechas economías
familiares, como sucedió recientemente con la subida de los
combustibles o el aumento de las tarifas de agua, puede ser motivo
suficiente para que estalle una nueva revuelta popular.
Si
algo ha puesto de manifiesto la última oleada de movilizaciones
en el país es que, más allá del gas, existen
otras cuestiones, si cabe de mayor calado, que lastran la convivencia
entre los bolivianos. El hecho de que las protestas en las regiones
occidentales andinas, coincidieran en el tiempo, los métodos
y algunas demandas puntuales con las de la región oriental
de Santa Cruz, pudo inducir a pensar que había entre ambas
intereses compartidos. Lejos de ser así, detrás de
unas y otras estaban dos Bolivias con dos visiones opuestas del
país que, aunque urge, va a ser difícil reconciliar.
Las
dos Bolivias.
De
un lado, la Bolivia pobre e indígena, castigada por la historia
y recelosa de las supuestas bondades de las políticas neoliberales
que, dos décadas después de su implantación,
no han supuesto una mejora de las precarias condiciones de vida.
Una Bolivia aymara y quechua que reivindica su
identidad milenaria, el reconocimiento de sus tradiciones y costumbres,
entre ellas el derecho a cultivar la coca, y que reclama una parcela
de poder acorde con su peso demográfico. Del otro, la Bolivia
empresarial, rica y dinámica, que descansa sobre el lecho
del gas, cuya población, predominantemente criolla, defiende
a ultranza el modelo económico actual y exige una mayor autonomía
política para tomar decisiones en el plano económico.
El
distanciamiento entre las tierras altas occidentales y las bajas
orientales no es ninguna novedad, pero se ha hecho más profundo
a medida que los movimientos indígenas han ido adquiriendo
mayor protagonismo. Desde que hicieran oír su voz por primera
vez en abril de 2000 en la ciudad de Cochabamba, donde, como sucede
ahora en la localidad de El Alto, la población se rebeló
contra la subida de tarifas del agua y logró expulsar a la
empresa multinacional que la suministraba: Bechtel Group Inc.
Una empresa fundada en 1898, cabecera visible de uno de los clanes
familiares más adinerados de América que dirige en
estos momentos Riley P. Bechtel, con 40.000 empleados repartidos
por todo el mundo y que siempre ha sacado partido de las campañas
militares del Ejército estadounidense, como muestran su actual
participación en la reconstrucción de Irak y los contratos
conseguidos en Kuwait tras el primer enfrantamiento armado entre
EEUU y Sadam Husein promovido por el padre del actual presidente
estadounidense, George Bush.
Desde
aquella victoria, los indígenas no han dejado de ganar presencia
tanto en las calles como en las instituciones. El Movimiento Al
Socialismo (MAS), del líder cocalero Evo Morales, pasó
a ser la segunda fuerza política del país tras las
legislativas de 2002, y ha sido el partido más votado en
las últimas municipales. En el parlamento el MAS y el Movimiento
Indígena Pachakuti (MIP) suman 41 escaños y han logrado
imponer el uso de las lengua indígenas (aymara, quechua y
guaraní) en los debates de la Cámara.
Además son los partidos con mayor capacidad de movilización
popular como quedó demostrado cuando la presión en
las calles forzó la dimisión del anterior presidente,
Gonzalo Sánchez de Lozada, que pretendía exportar
el gas a través de Chile.
Por
el contrario, las élites empresariales del oriente boliviano
han visto reducido su poder con la desaparición del monopolio
de los partidos tradicionales y de sus políticas neoliberales.
De ahí, su malestar. Aunque el desarrollo de lo que se conoce
como la Media Luna, que tiene su centro en la ciudad de
Santa Cruz, fue potenciado por La Paz, ahora esta región
ve en la capital, dominada cada vez más por el discurso indígena,
un obstáculo para su progreso económico. El sentimiento
autonomista frente al Estado andinocéntrico se ha
ido radicalizado tanto que, como quedó patente durante las
movilizaciones masivas del pasado mes enero, se ha transformado
en independentismo.
En
busca de un modelo de futuro. El futuro de Bolivia pasa
por encontrar un equilibrio entre estas dos corrientes, que no son
precisamente homogéneas. Las fisuras existen en ambos bloques,
donde conviven las demandas corporativas de los productores agropecuarios
orientales o de los cultivadores de coca occidentales con los planteamientos
maximalistas de quienes defienden, basados en criterios étnicos
y económicos, la creación de una nación Colla
en la zona andina y de otra Camba en las tierras bajas.
El actual modelo de estado favorece las diferencias entre unos otros,
pero su reforma podría hacer mucho por limarlas. La adopción
de un modelo menos centralista en el que las regiones tengan más
autonomía a la hora de tomar decisiones parece la fórmula
más adecuada para un país tan diverso como Bolivia.
Con un mayor margen de maniobra, las regiones podrían encontrar
el espacio que necesitan para ver reconocidas sus singularidades
y resolver sus problemas particulares.
Con
tantos actores dispuestos a desestabilizar el país, no faltan,
sin embargo, los que apuestan por el inmovilismo, por dejar que
los acontecimientos sigan su curso con el consiguiente riesgo de
que la situación vuelva a envenenarse. Una opción
que no parece la más apropiada. Ante un nuevo estallido social
el Estado tendría que volver a debatirse entre el uso o no
de la fuerza. El presidente Carlos Mesa no lo ha hecho hasta ahora,
teniendo muy presente que ese fue el motivo que forzó la
renuncia de su predecesor en el cargo. Ahora bien si, por no hacerlo,
se impusiera el caos, sería la excusa perfecta para justificar
un golpe de Estado, que podría devolver al país al
punto en el que se encontraba dos décadas atrás.
* Periodista de Agencia
de Información Solidaria (AIS)
BLV DTC
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