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Viernes
8 de abril de 2005
La
factura del servicio supone casi la mitad del presupuesto mensual
de las familias más pobres bolivianas
Cuando
se privatiza el agua
Por
Iñigo Herraiz *
En la década de los noventa, Ismael Serageldin, siendo vicepresidente
del Banco Mundial, pronosticó que las guerras del Siglo XXI
serían por el agua, y Bolivia fue uno de los primeros países
en darle la razón. Recién estrenado el nuevo siglo,
en abril de 2000, el denominado 'Oro Azul' desencadenó en
la ciudad de Cochabamba una de las revueltas más sonadas
de la historia reciente del país. Sus habitantes se movilizaron
contra la desproporcionada subida de las tarifas del agua, cuyos
precios llegaron a cuadruplicarse en apenas unas semanas, y lograron
expulsar a la empresa privada, Aguas del Tunari, (un consorcio liderado
por la multinacional Bechtel) que la suministraba. El pago de la
factura del agua había pasado a suponer casi la mitad del
presupuesto mensual de las familias más pobres.
Lo que no habían
logrado otros agravios históricos, lo consiguió el
agua: sacar a los movimientos sociales bolivianos de su letargo.
La revuelta de Cochabamba inauguró un nuevo ciclo de protestas
callejeras que culminó, en octubre de 2003, con la dimisión
y huida del país del anterior presidente Gonzalo Sánchez
de Lozada. Entre los actores que forzaron la renuncia presidencial,
ocuparon un lugar destacado los habitantes de la populosa y depauperada
localidad de El Alto, junto a la capital, La Paz. Los mismos que
ahora pretenden reeditar la exitosa experiencia de Cochabamba. Y
es que los 450 dólares que puede llegar a costar la conexión
a los servicios de suministro de agua y de alcantarillado en El
Alto, están fuera del alcance de buena parte de su población
que sobrevive con el equivalente a menos de un dólar al día.
Las protestas
para echar a la compañía Aguas de Illimani, perteneciente
a la multinacional francesa Lyonnaise des Eaux, estallaron en enero.
En un primer momento, el presidente, Carlos Mesa, se hizo eco de
sus demandas y decidió suspender el contrato con la empresa
por haber incumplido el plan de ampliación del servicio a
200.000 hogares de El Alto y La Paz. Ahora, sin embargo, es partidario
de una solución menos radical.
Cuando todavía
no se ha resuelto el litigio con Aguas del Tunari, que, no habiendo
invertido ni medio millón de dólares en Cochabamba,
exige 25 millones de dólares de indemnización por
los beneficios que habría podido obtener en 40 años,
el Estado boliviano teme tener que afrontar otra cuantiosa compensación
para Aguas de Illimani, que dice haber invertido 63 millones de
dólares desde que en 1997 obtuvo la concesión. La
multinacional gala tiene a su favor la existencia de un convenio
de protección mutua de inversiones sucrito entre La Paz y
París. La compañía dependiente de Bechtel,
viéndolas venir, se las apañó para cambiar
su sede legal de las Islas Caimán a Holanda a finales de
1999, para ampararse en un Tratado Bilateral de Inversiones que
tiene Bolivia con el país europeo.
Atrapado entre
la necesidad de garantizar el acceso de la población a un
derecho básico e imprescindible para la vida como es el agua
y la responsabilidad de ofrecer una seguridad jurídica a
la inversión extranjera, el Estado boliviano se encuentra
en un callejón sin salida que evidencia los problemas que
acarrea la privatización de los servicios de agua. Son tres
los principales factores que, según el Programa de Naciones
Unidas para el Desarrollo (PNUD), han llevado a los países
en vías de desarrollo a adoptar esta fórmula: la falta
de recursos por parte de los gobiernos, la baja calidad del suministro
público y las presiones externas para liberalizar la economía.
Los dos primeros
están relacionados y se ven agravados por la existencia de
tarifas inadecuadas. Por lo general, el precio por el servicio público
no alcanza a recuperar su coste y el impago suele estar bastante
generalizado. La situación beneficia a los que más
tienen, mientras los pobres acaban siendo los más afectados,
en la medida en que el Estado carece de ingresos para ampliar el
servicio a una población en constante crecimiento. Ante la
falta de suministro, los más desfavorecidos se ven obligados
a recurrir a otras alternativas mucho más caras para abastecerse
de agua, como son los camiones cisterna privados.
El tercer impulso
proviene de los países donantes, que presionan para que los
países en vías de desarrollo liberalicen la economía
y abran sus mercados. El Banco Mundial ha sido uno de los abanderados
de la privatización del agua y, en lo que a Bolivia se refiere,
la estableció como condición previa para la concesión
de algunos créditos. La experiencia ha demostrado, sin embargo,
que las empresas privadas no están interesadas en abastecer
a las zonas pobres rurales porque no generan beneficios y han encontrado
también la manera de excluir a los más pobres en las
áreas urbanas. La privatización ha ido acompañada
casi siempre de una subida desproporcionada de las tarifas de agua
e, incluso, allí donde los gobiernos se han cuidado mucho
de imponer contractualmente ciertas limitaciones y obligaciones
a las empresas, el resultado no ha sido el esperado.
De hecho, las
concesiones de La Paz y el Alto se consideran, en muchos sentidos,
ejemplares. La empresa adjudicataria de los suministros de agua
y saneamiento fue aquella que se comprometió a llevar a cabo
una mayor ampliación de la cobertura. Aguas de Illimani se
asoció además con varias ONG y las utilizó
como intermediarias para conocer mejor las necesidades de pobres.
En el momento en el que estalló la protesta, era la compañía
que tenía la puntuación más alta del ranking
de la Superintendencia de Saneamiento del Gobierno boliviano.
La experiencia
boliviana demuestra las limitaciones de la privatización
a la hora de paliar la falta de servicios de agua y saneamiento
en los países en vías de desarrollo. Cuando se presiona
a su favor, se está obviando la experiencia previa de los
países desarrollados, que necesitaron de la intervención
estatal para universalizar estos servicios. El agua es, por encima
de todo, un derecho básico que, como tal, corresponde al
Estado garantizar. De su disponibilidad dependen el sustento, la
salud, la educación y la dignidad de las personas. Demasiado
para dejarlo en manos de mercado.
* Periodista.
Agencia de Información Solidaria
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