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Viernes
15 de abril de 2005
Cinco
sacerdortes han sido asesinados en El Salvador, seguidores de la
Teología de la Liberación
Con
el Imperio, contra la Iglesia de los pobres
Por
Augusto Zamora*
Entre 1977 y 1979 fueron asesinados cinco sacerdotes en El Salvador,
seguidores de la Teología de la Liberación y miembros
activos de la Iglesia de los Pobres, que trabajaban con las comunidades
y sectores más oprimidos y reprimidos del país. Monseñor
Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo de El Salvador, viajó a El
Vaticano en agosto de ese año, con un dossier minucioso sobre
la brutal represión que venían sufriendo la Iglesia
y el pueblo salvadoreños. El Papa Juan Pablo II se negó
a ver el dossier y a hablar del tema. Monseñor Romero regresó
abatido, pues había creído, hasta su entrevista, que
al Papa le ocultaban información. En marzo de 1980, Monseñor
Romero era asesinado mientras celebraba misa. Ese mismo año,
cuatro religiosas norteamericanas morían también asesinadas,
tras ser torturadas y violadas por el Ejército salvadoreño.
El Vaticano condenó los crímenes pero no emitió
condena alguna contra el régimen que los propiciaba. El silencio
se hizo norma.
Entre enero
de 1980 y febrero de 1985, 23 religiosos fueron asesinados en Guatemala.
Con ellos, decenas de miles de civiles, en el mayor baño
de sangre sufrido por la región en las últimas décadas.
Se repetía el guión. Condena opaca y formal, y silencio
ante la dictadura criminal. La Jerarquía departía
con generales y oligarcas, mientras sacerdotes, religiosos y comunidades
cristianas de base eran sistemáticamente perseguidas o asesinadas.
En Nicaragua
había triunfado en julio de 1979 la revolución sandinista.
Con ella llegó al poder, por vez primera en la historia latinoamericana,
la Iglesia de los Pobres. Cuatro sacerdotes fueron designados ministros:
el padre Miguel D´Escoto, ministro del Exterior; Ernesto Cardenal,
ministro de Cultura; Fernando Cardenal, ministro de Educación;
y Edgar Parrales, ministro de Bienestar Social. El Vaticano se revolvió
indignado. Todo lo que era silencio en El Salvador y Guatemala,
se hizo estridencia contra la revolución sandinista y sus
curas ministros. El Papa exigió a los sacerdotes que abandonaran
los cargos y empezó una persecución sistemática
contra los que apoyaban a la revolución. Curas y monjas progresistas
eran obligadas a abandonar Nicaragua para ser sustituidos por otros
reaccionarios. Cuando Juan Pablo II visita Nicaragua en 1983, el
padre Ernesto Cardenal se arrodilla ante el Papa, quien responde
agitando una mano condenatoria. La foto da la vuelta al mundo. En
la misa pública, el Papa se niega a orar por los asesinados
por la contra. Sus actos se tornan políticos y la visita,
preparada con tal celo por el gobierno sandinista que había
construido una plaza especial para la misa papal, deriva en una
completa ruptura.
En una reunión
con el presidente Ronald Reagan, según relata el periodista
Bob Woodward, se oficializa una alianza informal entre el Vaticano
y EEUU, para combatir la “amenaza comunista”
en Centroamérica. En Nicaragua, las iglesias se convierten
en nidos de la contrarrevolución y los obispos en dirigentes
políticos. La cruzada anticomunista del Papa barrerá
Centroamérica y la Iglesia Católica se dividirá
en dos sectores irreconciliables: la iglesia oficial y la popular.
Ganará la oficial, a un costo estremecedor en vidas y bienes.
La Iglesia de los Pobres es barrida por la suma de las purgas vaticanas
y la represión de las dictaduras. El epílogo será
el asesinato de siete jesuitas en la Universidad Centroamericana
de El Salvador, en 1989. La Iglesia Católica cae en grave
descrédito y el vacío espiritual es llenado por la
más peligrosa y destructora arma de que dispone EEUU:
las sectas religiosas.
Promovidas por
EEUU y protegidas por las oligarquías y las fuerzas armadas,
como arma de combate ideológico contra la Teología
de la Liberación, las sectas protestantes se propagan como
hongos por la geografía centroamericana. Su difusión
es más avasalladora en los países donde los movimientos
progresistas y populares eran más fuertes: Guatemala, El
Salvador y, tras la derrota electoral del sandinismo, Nicaragua.
Las sectas enraízan en las zonas más pobres y entre
la población más analfabeta, convirtiéndose
en una calamidad. Su fanatismo religioso embrutece a sus seguidores,
agudizando el atraso y subdesarrollo, y haciéndolos presa
fácil de políticos ultraderechistas, tanto o más
fanáticos que ellos.
El resultado
ha sido un descenso dramático del número de católicos
que, como sucede en Guatemala, son hoy la mitad de la población.
Nicaragua se acerca vertiginosamente a esa cifra, en tanto los católicos
comprometidos siguen condenados a las catacumbas. Como Papa llegado
del frío, Juan Pablo II no fue capaz de comprender la tragedia
que afligía a la región centroamericana ni al resto
de Latinoamérica.
La cruzada contra
la Iglesia de los Pobres le llevó a someter en 1984 al padre
Leonardo Boff al ex Santo Oficio, que le condenó en 1985
al silencio y a la privación de todos sus cargos. Gustavo
Gutiérrez fue obligado a “revisar” sus obras,
en un proceso similar al sufrido por Galileo. Los obispos defensores
de la Teología de la Liberación eran recluidos en
diócesis minúsculas y excluidos de facto de la Iglesia
oficial, como los obispos brasileños Helder Cámara
y Pedro Casaldáliga. La Diócesis de Río de
Janeiro, a cargo de Paulo Evaristo Arns, fue dividida en cinco.
Y así. Alrededor de 500 teólogos fueron represaliados
por defender una teología que situaba a Dios al lado de los
oprimidos.
La cruzada anticomunista
tuvo éxito, al precio de derrumbar a la propia Iglesia Católica
y de privar de esperanza a unos pueblos necesitados perentoriamente
de ella. En la alianza fraguada en los 80, sólo EEUU
ganó. Centroamérica sigue condenada.
*
Agencia de Información Solidaria
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