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Viernes
15 de julio de 2005 La
disputa judicial entre Donal Trump y sus socios Taiwaneses, conversación
de moda en Wall Street
El
culebrón del verano neoyorquino Por
J. Jameson Es
cierto que los negocios no siempre le han ido bien a Donald Trump y que en más
de una ocasión ha estado cerca de la ruina, pero tanto en las épocas
buenas como en las malas, el brillo y la popularidad de este magnate se han mantenido
siempre en todos los ambientes. No sólo porque es el millonario más
conocido entre las clases populares neoyorquinas, con aparición estelar
en un “reallity show” televisivo propio, también por su infinita
capacidad de producir noticias en todos los sectores conocidos de la prensa, desde
el corazón a las páginas de finanzas. Y, esta semana, ha
vuelto a reaparecer con fuerza en los titulares. De hecho, hace un par de días
que en los ambientes financieros estadounidenses no se habla de otra cosa que
de la pelea judicial que acaba de entablar el magnate más glamouroso de
EEUU contra sus socios taiwaneses. Los mismos que le ayudaron a recuperar su fortuna
a mediados de los noventa. Primero fue un rumor más de Wall Street, pero
luego se confirmó. La batalla legal tiene el morbo añadido
de implicar también al Carlyle Group, el grupo de capital riesgo en el
que, según se dice, la familia Bush tiene invertida buena parte de su fortuna.
Trump ha demandado al Cheng Group, potente empresa inmobiliaria de Taiwan dirigida
por Henry Cheng, hasta ahora su amigo del alma, por haber vendido, sin la menor
consulta previa, una parte del complejo Trump Place, situado en el sur de Manhattan
a Carlyle y Exteell Development por sólo 1.760 millones de dólares,
mucho menos de lo que podían haber obtenido. Trump
asegura que el Chen Group llegó a un acuerdo con Carlyle, un
fondo de capital riesgo muy cercano a los Bush, sin informale del asunto. En el
texto de la demanda presentada por los abogados de Trump se asegura que la compañía
tenía ofertas por más de 3.000 millones de dólares por la
misma “parcelita”, es decir un 60% más de lo que han pagado
los financieros de la familia Bush. Lo que nadie termina de explicarse
es que los taiwaneses hayan podido cerrar la operación sin la firma del
magnate neoyorquino que, al fin y al cabo, es el propietario del 30% del capital
de la compañía Hudson Waterfront que gestiona el complejo inmobiliario.
Los asesores legales del magnate presuntamente estafado aseguran que se han falsificado
firmas en los documentos, afirman que los taiwaneses cometieron el delito con
la esperanza de convencer a Trump para que no les denunciara dada la “conveniencia
política de la operación”. Lo cierto es que en Carlyle
no han perdido el tiempo y ya han vendido por 816 millones de dólares la
gestión de tres edificios de apartamentos a Equity Residencial, otra potente
inmobiliaria estadonunidense, un precio de alquiler que vendría a demostrar
los argumentos de Trump, en el sentido de que era factible sacar mucho más
dinero con la operación del que finalmente se ha conseguido. Aun así,
las cosas no están del todo claras y la batalla judicial puede llegar a
ser apasionante. El neoyorquino planea pedir cerca de 3.000 millones de dólares
a sus antiguos socios en concepto de daños y perjuicios.
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