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Jueves
8 de septiembre de 2005
Todas
las alcaldías locales de la capital colombiana están
ocupadas por mujeres
Bogotá,
el último bastión de la política de género
Por
Beatriz Osa *
La
foto de familia de la plana mayor de Bogotá es el retrato
de una aspiración social: 20 mujeres ostentan, desde hace
un mes, un espacio de poder local en el país. Son las representantes
directas del 56% de la población bogotana; algo más
de tres millones y medio de féminas que pueden al fin echar
cuentas con la historia al contar con un pleno consistorial copado
por rostros de mujer.
En Colombia
han sido los últimos en sumarse a esta aparente necesidad
política: la inclusión de mujeres en cargos municipales.
Su núcleo triunfalista, una veintena de recién nombradas
alcaldesas, corrobora sin embargo, con su consiguiente notoriedad
mediática, el hecho de que aún persiste la invisibilidad
de género.
Vivimos en un
tiempo en el que el anuncio de un gobierno paritario en Occidente
sigue generando alborozo en la clase política; en el que
repartir las carteras ministeriales en un ‘fifty-fifty’
se vende como un garante de lo políticamente correcto; y
donde se entiende el feminismo como un concepto manido, mientras
se vende como asimilada la igualdad de sexos a todos los niveles.
Es en este marco donde sorprende la necesaria imposición
de una ‘ley de cuotas’, como la colombiana.
Visibilidad.
En la capital, Bogotá, Luis Eduardo Garzón,
alcalde de la ciudad por el Polo Democrático Independiente,
y autodefinido en su momento como “candidato anti sistema”
y “anti uribista” de la nueva izquierda, ha ido mucho
más allá dando forma a lo que se ha dado en llamar
el ‘Matriarcado de Lucho’. Nunca, desde que fueron creadas
con la Constitución de 1991, las Juntas Administradoras Locales
habían tenido tanta visibilidad.
El 31 de julio,
los informativos de las cadenas colombianas daban paso al reality
show. Ante las cámaras de televisión, Lucho Garzón
cumplía con el sistema de cuotas al elegir a 20 mujeres para
representar su correspondiente número de alcaldías
menores. El proceso de selección iniciado en abril, con un
cupo que superaba el millar de aspirantes de ambos sexos, terminaba
así con una apuesta clara por la discriminación positiva
y la declaración del alcalde: “No violé la meritocracia,
sino el machismo”.
Si hasta ese
momento nunca se había cuestionado la evidente hegemonía
masculina en la designación de cargos públicos, el
viraje al extremo opuesto causó estragos entre los círculos
más conservadores; algunos incluso se lanzaron al mensaje-protesta
vía e-mail, mientras voces feministas enfriaban el ambiente
con profecías desalentadoras: "¡Tranquilícense!
Eso no va a cambiar la cultura política de este país",
espetaba a cámara una airada Florence Thomas, coordinadora
del grupo Mujer y Sociedad.
Frentes
abiertos. Y
es que el Movimiento de Mujeres de Colombia tiene abiertos varios
frentes. El pasado mes de agosto celebraban el 50 aniversario de
la consagración del voto femenino en su país, donde
todavía persisten dificultades para gozar de una ciudadanía
plena (el Congreso sólo cuenta con 26 parlamentarias de un
cómputo de 350; una situación similar a la de las
alcaldías, con sólo un 10% en manos de mujeres). Por
si esto fuera poco, a las que consiguen el cargo se les repasa el
currículum para dejar constancia de que, si llegaron tan
lejos, es porque ellas lo valen. Al menos, en cuestión de
méritos, las 20 alcaldesas bogotanas están avaladas:
hay ocho abogadas, tres contables, una ingeniera industrial, una
historiadora, una ingeniera ambiental, una politóloga y una
socióloga.
¿Es posible
contabilizar el poder en porciones? Lo cierto es que existe un llamado
“techo de cristal” que sólo logran atravesar
unas pocas.
En enero de
2000, al empezar su mandato, el entonces alcalde de Bogotá,
Antanas Mockus, nombró a 19 mujeres dentro de su más
cercano equipo de colaboradores. Y dos años y medio después,
el presidente de la República, Álvaro Uribe, sorprendía
a los ‘gabinetólogos’ al incluir en su equipo
titular a seis mujeres, después de dos décadas sin
un gesto similar, desde que el ex presidente Belisario Betancur
(1982-1986) tuviese un elenco de viceministras.
En la actualidad,
mientras las mujeres indígenas continúan en Colombia
su carrera de fondo contra la vulneración de su derecho a
participar y tomar decisiones en las instancias estatales, en las
altas esferas algunas consiguen abrirse paso. Clara Inés
Vargas es la única mujer en la Corte Constitucional y la
primera en ocupar esa alta posición; y Piedad Córdoba
se ha hecho con un respetable 6% de intención de voto a las
presidenciales de 2006. Es precisamente esta cercanía de
elecciones generales lo que ha levantado más ampollas entre
los críticos acérrimos a la medida de Lucho Garzón.
Sus 20 alcaldesas se han convertido de repente en un trozo suculento
del pastel: el ingrediente estrella para captar la atención
mediática y la guinda para hacerse con el fervor popular.
Puestos a atragantarse
los defensores y los detractores del matriarcado bogotano, son ahora
estas 20 mujeres las que ostentan un poder local notorio en el país.
Y son ellas, en última instancia, las que deberán
dejar claro que no son un experimento, ni tan siquiera un proceso
de ‘normalización’. Son el último bastión
en sumarse a la lucha mundial por conseguir una igualdad de sexos
plena para que llegue el día en que “Bogotá,
la ciudad de las mujeres” ya no se considere noticia.
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Periodista de la Agencia de Información Solidaria
(AIS)
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