Jueves, 8 de septiembre de 2005

 

DESDE EL MALECON CON...

Llamativo el “entraysale”
del puerto habanero

Por Aurelio Pedroso
(La Habana)


Si aunque fuese por algunos días, la prensa cubana rememorara a sus tatarabuelos, de seguro la gente en la calle estaría un poco más tranquila y con mayor facilidad para formular cálculos y pronósticos en lo que a la economía familiar se refiere..

Resulta que aquellos primeros diarios –habida cuenta de la extrema importancia del puerto capitalino- informaban de cuanta goleta atracaba o partía hacia otros mares con una minuciosa relación de lo que llevaban en sus bodegas.

El tiempo ha pasado y ahora son otras las razones para que nadie se entere de qué viene en esos contenedores y hacia qué destino marchan.

Décadas atrás, los estudiosos del idioma ruso, que éramos unos cuantos, practicábamos esa lengua sentados junto a la novia en la Avenida del Puerto. Cuanta chimenea entrara o saliese llevaba la franja roja y la famosa hoz y el martillo en dorado y, algo más abajo y por popa, el nombre en escritura digamos que en versos de Pushkin.

Se fueron los soviéticos a otra vida (la capitalista a lo salvaje) y la entrada del puerto estuvo a punto de que un grupo de arañas anfibias emprendedoras bloquearan su acceso. Pero el tiempo continuó su paso y en los últimos meses no sale una motonave y entra la otra. Tanto, que en ocasiones deben fondear mar afuera hasta tres buques a la espera del práctico.

Y esto no lo asegura ninguna autoridad portuaria, ni mucho menos de Comercio Exterior. Lo certifican cada día esos vecinos cuyos balcones y ventanas se abren hacia la entrada de la bahía. Algunos, sin jamás haber puesto un pie encima de un barco, ya son todos unos expertos. “Ese es un petrolero porque no trae grúas”, “Este descarga los contenedores por popa”, “Aquel, es más viejo, precisa de grúas”. “Ojo con la línea de flotación que este viene cargado a tope y aquel sale vacío”.

La curiosidad se agiganta cuando en la actualidad el desabastecimiento en las tiendas de venta en divisas es notorio. La mercadería china es aún insuficiente, mientras que de Venezuela, lo más visible son unas sillas plásticas modelo “Marbella tropical” a casi 10 pesos convertibles (unos 12 dólares).

Esta ocurrencia de mercado puede tener varias razones. A saber, el proceso de centralización de compras con una caja única para tales fines, mercancías adquiridas no precisamente para la red de tiendas, sino para otros grandes empeños en la salud, la educación, etc., y ya casi al final de la cola, ese rumor popular de que “se está estudiando la forma de distribución”, o lo que es igual, qué va a divisa, a moneda nacional y hasta un tanto gratis en razón del camino abierto con Venezuela y China.

Mientras un supermercado como el conocido como “la Diplotienda de 70” se ve en la necesidad de cubrir con cervezas todo un estante de casi diez metros de largo, su homólogo de Palco, perteneciente al Consejo de Estado, mantiene un surtido de élite. Y no mencionemos las bodegas donde el Estado subvenciona la oferta por cartilla de racionamiento y no pasan de diez los productos para un mes.

Hijos de una isla, al fin y al cabo, los cubanos siempre han mirado al mar. Alguien con suma potestad ha dicho que todo lo bueno y lo malo de este país ha venido a través de las aguas. Por tanto, a nadie debe sorprender esa curiosidad tan marinera de indagar qué traen los tantísimos buques que están arribando a puertos nacionales.

Después de todo, es preferible que aguarden entrada mar afuera, a que las arañas anfibias les dé por emplear hormigón fundido.

 

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