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Las
autoridades de las confesiones protestantes con feligreses en Cuba
han denunciado la inminente aplicación del decreto aprobado
en abril de 2005, que impide el uso de casas particulares para la
celebración del culto, como un deliberado intento del Gobieno
cubano de impedirles realizar su labor y de paralizar su crecimiento
en la Isla.
Según
sus estimaciones, en estos momentos habría entre 10.000 y
15.000 casas particulares que sirven como iglesias, la mayor parte
de ellas como centro de concentración de grupos de hasta
200 fieles.
Los luteranos, junto a los Testigos de Jehová serían
las comunidades más afectadas por está disposición,
en la que se fijan multas de hasta 1.000 dólares y cierres
cautelares de las instalaciones para quienes violen las normas.
Sin embargo, la Iglesia Católica, la de mayor implantación
en Cuba, no parece verse afectada por esta regulación, que
fue publicada poco después y ha declinado hacer cualquier
comentario sobre este asunto.
Los ministros protestantes hablan de “represalia directa”
contra la decisión de los representantes de las iglesias
Baptista y Asamblea de Dios, las principales confesiones luteranas
de la isla de no integrarse en el Consejo Ecuménico de Cuba,
un organismo creado por el gobierno para la interrelación
Iglesia-Estado, al que califican como poco o nada representativo.
Según ellos, la celebración de los ritos religiosos
en el interior de las casas sería la única alternativa
real que tienen las confesiones que, a pesar de haber aumentado
el número de sus miembros en la década de los noventa
no poseen suficientes espacios específicos para el culto.
También aseguran que los edificios públicos de los
que disponen tienen en su mayoría una antigüedad superior
a los cien años y necesitan una rehabilitación urgente,
aunque los permisos oficiales para iniciar las obras no siempre
serían fáciles de conseguir. Sin embargo, las iglesias
con poder financiero suficiente suelen iniciar los trabajos en la
semilegalidad, siempre que no hayan recibido una prohibición
expresa del Gobierno al respecto.
Para los líderes eclesiásticos de esta confesionalidad
la directiva de abril es un paso más en la intolerancia del
gobierno cubano y un intento velado de poner en peligro la libertad
religiosa, asegurada por el artículo 55 de la Constitución
Cubana, que confirma el paulatino regreso de la Isla a las prácticas
de los sistemas totalitarios.
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