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Todo Wall Street vuelve a estar pendiente de un juicio. Se trata del proceso por
fraude que la Fiscalía General de EEUU, personalizada en Michael García,
el asistente neoyorquino, ha entablado contra Samuel Israel III y Daniel Marino,
presidente y consejero delegado, respectivamente de la gestora de hedge
funds Bayou Group.
Ambos se han declarado culpables
en su primera comparecencia ante un gran jurado que tuvo lugar en la Corte Federal
del Estado de Nueva York de White Plains, más concretamente en la sala
dirigida por el juez George Yanthis. Se les acusa de haber defraudado a sus clientes
un total de 450 millones de dólares (373,6 millones de euros) en cuatro
años, ocultando las pérdidas cosechadas por sus inversiones, o simplemente
desviando el dinero recaudado, gracias a un esquema de contabilidad creativa que
falseaba las cifras y fingía la existencia de altas rentabilidades. La
estrategia se completaba con la existencia de una auditora sin actividad real
(Richmond-Fairfield Associates), creada también por Israel III y Marino
que firmaba los resultados del ejercicio. La ficción
duró seis años justos. Desde julio de 1999 hasta julio de 2005.
Entonces, los financieros se vieron obligados a cerrar el fondo, cuando los rumores
de una posible crisis general del sector, desencadenados por la revisión
a la baja del “rating” de la deuda de General Motors (que descendió
hasta la categoría de los bonos basura), provocaron una oleada de clientes
insatisfechos, en su mayoría pertenecientes a la élite financiera
del estado de Connecticut, que querían retirar sus fondos del Bayou Group.
Pero el dinero ya no estaba. Y los encausados no pudieron, evidentemente, cumplir
su promesa de empezar a devolver el capital en agosto. Una
rápida e inusual reacción. Las autoridades han actuado
esta vez con una rápidez inusual. En una espectacular acción combinada
en la que se han implicado funcionarios de la Comisión de Supervisión
Bancaria de Connecticut, la Comisión de Valores (SEC) y el FBI. Sin embargo,
la velocidad empleada para llevar ante la justicia a los culpables no ha servido
para encontrar el rastro de la riqueza perdida. De momento, sólo se ha
determinado el paradero de 100 millones de dólares (83 millones de euros),
gracias a los esfuerzos de los investigadores del FBI en Arizona. Al
parecer se encuentra en varias cuentas bancarias a nombre de IMG, otra sociedad
fantasma constituida en mayo por Marino e Israel III. Hay
mucho en juego en este caso. Los “hedges” controlan ahora más
de un billón de dólares (830.360 euros) en activos en todo el mundo,
tras haber doblado su volumen durante los últimos cinco años, y
estaban intentando derribar la imagen de juguetes peligrosos y de alto riesgo
para millonarios osados que arrastran casi desde su creación. Más
aún. También parecían a punto de convencer a la concurrencia
de que su simple existencia no suponía un constante peligro de riesgo para
el sistema financieromundial. Una impresión más que fundamentada,
especialmente tras el colapso del LTCM, en 1998, que tuvo que ser resuelto con
un plan de salvamento organizado por el presidente de la Reserva Federal de EEUU
(FED), en el que 14 grandes bancos de todo el mundo desembolsaron 3.600 millones
de dólares (2.989 millones de euros) para evitar el desastre. Tranquilidad
quebrada. Cierto que, desde entonces, la tranquilidad del sector sólo
se ha visto quebrada en otra ocasión. Hace cinco años, en 2000 cuando
Michael Berger tuvo que cerrar su Manhattan Investment Fund tras haber ocultado
unas pérdidas de 400 millones de dólares (332.14 millones de euros)
cosechadas a lo largo de cuatro años. Ahora
se trata de desvincular a Bayou del conjunto de la industria. Una estrategia peligrosa
en cualquier caso, porque la rápidez con que Israel III y Marino han aceptado
declarse culpables, en los blogs financieros se habla de pacto judicial. Y esos
rumores no benefician demasiado a la credibilidad de la operación. Los
cargos incluyen posibles penas de cárcel entre 30 y 50 años y multas
de hasta 250.000 dólares (207.589 euros). Cualquier sentencia que fije
castigos inferiores a éstos despertará suspicacias. También
se intenta demostrar que se trata de un fraude simple, de un vulgar robo y no
de pérdidas ocasionadas por estrategias de inversión de riesgo relacionadas
con el inquietante mundo de los derivados de crédito cuyo volumen, según
las últimas estimaciones, alcanza ya los 8,3 billones de dólares
(6,89 billones de euros), una cantidad que contiene 8,8 veces al PIB español
de un año. Además, el momento es especialmente
delicado para que vuelvan a establecerse en EEUU relaciones entre los derivados
y la solvencia bancaria. En julio de este año, el Comité de Supervisión
Bancaria de Basilea publicó, la segunda parte de las específicaciones
del nuevo acuerdo global de capitales Basilea II. Justamente la que trata de modo
específico lo relativo a las carteras de negocio bancario y estudia con
detenimiento como amortiguar el impacto de las operaciones con derivados en la
solvencia. El texto ha recibido algunas críticas en EEUU. Muchos expertos
creen que la nueva supervisión puede animar a las entidades financieras
a "sacar del balance" las operaciones más peligrosas. Ficción
televisiva . Algunos operadores consultados por este diario consideraban,
sin embargo, que las autoridades estadounidense tendrán éxito y
conseguirán desligar la crisis de este "hedge fund" de la evolución
general del pólemico sector. Eso sería posible por las peculiaridades
que han rodeado al "Caso Bayou", cercanas a las mejores historias policíacas
de las series televisivas. Israel III y Marino eran
famosos por su estilo de vida lujoso. Parecían los perfectos "self
made man" en la más pura tradición de EEUU. El presidente había
sido un broker famoso de varios pequeños brokers bursátiles famoso
por obtener rentabilidades anuales de más del 100% basadas en una cartera
en constante rotación llena de inversiones de riesgo. Su complice, mucho
más oscuro, sólo poseía una Licenciatura en Contabilidad
Empresarial. Cuando en agosto el cerco de la investigación
empezó a cerrarse en torno a ambos, Marino tuvo un momento de debilidad
y, aparentemente quiso suicidarse. O al menos escribió una detallada carta
de despedida de seis páginas, encontrada por los investigadores del FBI
en un registro de sus oficinas, en la que, al parecer el encausado revelaba muchos
detalles de la investigación. Además,
Bayou era un "hedge fund" algo atípico y más popular que
la mayoría de los de su clase. Sus comisiones de gestión eran bajas
(alrededor de un 5% del beneficio, cuando lo habitual es un 20%), permitía
a sus clientes la retirada mensual de parte de lo invertido y la inversión
mínima establecida sólo era de 250.000 dólares (207.589 euros). Pero
las características pintorescas del caso no bastan para evitar que una
potente sombra de sospecha vuelva a extenderse sobre todo el sector. Richard Blumenthal,
Fiscal General del Estado de Connecticut, reclamaba a las autoridades supervisoras
de todo el mundo, “una regulación común y efectiva que sirva
para controlar la actividad de los “hedges”. Y, ciertamente, casi
todos los expertos coinciden en que ése es un asunto pendiente, cuya resolución
no debería demorarse ya por mucho más tiempo. |