Viernes 7 de octubre de 2005
 
Cuba: la 'meriendita' del doctor
Por Aurelio Pedroso (La Habana)
 

Cosa muy propia de los cubanos es tener en máxima estima al médico desde mucho antes de que la salud pública en la isla cambiara radicalmente en 1959 con la llegada de la revolución encabezada por Fidel Castro.

Este profesional de la salud, bien fuera un sonado especialista con consulta privada y a ratos en hospitales públicos o simplemente uno de aquellos que residían en campos o pueblos muy humildes, siempre ha gozado del total agradecimiento de sus pacientes, unos más pudientes que otros, por los siglos de los siglos.

Y es que en muchos casos, como es casi habitual en las relaciones entre cubanos, con el tiempo el enfermo pasa de la categoría de paciente a amigo, a alguien muy cercano. No es que se trate de una virtud innata en los galenos de la isla, sino que se compadreo, esa manera de relacionarse, ese trato sin distancias profesionales, lo lleva la gente que vive y convive en la isla.

Obviamente, con el tiempo y las circunstancias, estas recíprocas actitudes toman las formas y dictámenes del momento. Si de niño pude observar en los años 50 cómo un campesino llegaba a la casa del médico con un guanajo (pavo) vivo, atado con una soga por las patas, ahora, a principios de un nuevo siglo, el pollo llega congelado directamente a la nevera del facultativo.

Las condiciones de vida de los últimos años, los rigores y durezas del día a día han provocado que el enfermo y el propio médico necesiten un tiempo excesivo para llegar como puedan hasta el centro asistencial, y los pacientes han establecido un nuevo gesto de agradecimiento denominado en ese sector como “la meriendita del médico”.

Bien sea un amigo el que te abre rápido las puertas para un turno de especialidades, una placa, un electrocardiograma o ultrasonido o alguien que siga lenta y pacientemente el camino por sus propios pies, la “meriendita” es parte del sistema.

No resulta extraño que algunos médicos almuercen bien gracias a lo que generosamente le llevan sus pacientes porque en ocasiones un buen bocadito y un jugo de frutas bien vale saltarse el turno del comedor hospitalario.

Naturalmente, no todos los enfermos tienen esa posibilidad porque dicho sea a propósito, el bolsillo tampoco anda muy bien de salud. Pero ahí está, con la mayor modestia del mundo, algo de café, un dulce barato o un bolígrafo sólo por tres recetas.

Algunos médicos o paramédicos han caído bajo la mirilla fulminante de las autoridades sanitarias porque los cubanos a veces también nos pasamos de listos. Son los que se lucran lo mismo con la extracción de una muela, que con una interrupción de embarazo y hasta con una necesaria transfusión de sangre. Tal “gracia” les puede invalidar el título. Así de simple.

De cualquier forma, vive y pervive esa condición humana en la inmensa mayoría de todos los trabajadores de la salud. Un activo que nunca desaparecerá. Sea con meriendita o sin meriendita.
Edita Asesores de Publicaciones S.L.